Cuando falleció nuestro hijo Avi de seis semanas, grité de una forma que no sabía que existía. Nunca había experimentado semejante angustia y dolor.

Ese debe ser el dolor que Dios siente por nosotros desde que fuimos exiliados. Tishá BeAv es un día en el que guardamos luto por nuestras tragedias nacionales, pero también es un día en el que yo recuerdo mi tragedia personal. Al sentarme en el suelo veo flashes de ese último día, cuando volvimos del hospital sin nuestro Avi. No es que volver a casa sin él fuera extraño, lo habíamos hecho durante casi seis semanas. Lo extraño era saber que él no estaba en el hospital esperando que regresáramos, que nunca lo llevaríamos a casa, que nunca volvería a levantarlo en mis brazos.

Ese día volvimos a casa de luto. Nos sacamos los zapatos, rasgamos nuestra ropa, nos sentamos en el suelo y lloramos. Durante una semana entera esa fue nuestra realidad.

En Tishá BeAv siento que me vuelven a dar permiso para retornar a ese duelo intenso y profundo por mi hijo. Todos se sientan en el suelo, todos se sacan los zapatos, todos guardamos duelo por las tragedias que le ocurrieron a nuestra nación. Es un día en el que no tengo que pretender que estoy bien. Puedo permitirme sentir el dolor y recordar. No tengo que explicarle a nadie por qué estoy de duelo; no soy diferente a ningún otro judío.

En Tishá BeAv le suplico a Dios que me recuerde, tal como yo recuerdo Su dolor. Le suplico que termine nuestro exilio para poder volver a tener una vez más a mi bebé. Me siento en el suelo y lloro.

Antes me costaba sentir el duelo de este día. Ahora ni siquiera necesito esforzarme. Sólo tengo que darme permiso para recordar, para estar triste. En Tishá BeAv no hay nadie que me consuele como durante esa primera semana después de que Avi falleció. Hoy todos se me unen en el duelo.

En Tishá BeAv Dios guarda duelo por la pérdida de Sus hijos. La destrucción de los dos Templos, que provocó que saliéramos al exilio, la inquisición española, las cruzadas, los pogromos, el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y mucho más. Finalmente entiendo el dolor que debe sentir Dios al perder a Sus hijos. Sí, como nación seguimos existiendo, seguimos sirviendo a Dios lo mejor que podemos, pero no es lo mismo.

Finalmente entiendo ese dolor. No tengo que tratar de imaginarlo. Conozco este dolor en carne propia. Dejo fluir las lágrimas, dejo que regresen los recuerdos. Sólo necesito abrazar a mi bebé, pero él no está. En cambio, me siento aquí y me permito llorar. Tishá BeAv es un día en el que no necesito fingir que estoy bien. Me permito derrumbarme y llorar por mi pérdida.