En los últimos días de vida de Lea Rabin, Ariel Sharón llamó a su casa para hablar con ella. Sharón estaba en medio de una de las interminables series de negociaciones con los palestinos. Dalia Rabin, la hija de Itzjak y Lea Rabin, trató de decirle que no era un buen momento para hablar con su madre, pero Lea oyó la conversación e insistió en que le pasaran el teléfono.

—Ariel, ¿Itzjak hubiera devuelto Jerusalem? —le preguntó.

—Por supuesto que no —respondió Sharón.

—Así es —le respondió Lea. Ella falleció dos días más tarde.

La tierra de Israel y en particular Jerusalem, tienen una profunda importancia para el pueblo judío. La tierra está inextricablemente unida a nuestra relación con Dios y con la Torá.

En Jerusalem, Dios no es una teoría sino una presencia tangible.

En Jerusalem, Dios no es una teoría sino una presencia tangible. Su Shejiná (presencia Divina) se siente allí con más intensidad. La conexión es más palpable. En nuestras plegarias diarias, expresamos nuestro anhelo, nuestro enorme deseo de retornar a Jerusalem.

Cuando decimos "retornar", no nos referimos a ir en un viaje de birthright, aunque estos sean maravillosos. Ni siquiera nos referimos a hacer aliá, aunque eso sea algo significativo.

Nos referimos a la Jerusalem de antaño, la Jerusalem donde estaba el Templo, donde brillaba con fuerza la presencia de Dios. Cuando estaba de pie el Templo, esta relación era mucho más accesible que lo que es ahora. Incluso era más real, hasta podías sentir su sabor. Nosotros nunca tuvimos esa experiencia, esa intensa revelación.

Con la destrucción del Templo, parte de esa santidad espiritual desapareció del mundo y nosotros rezamos cada día pidiendo su reconstrucción. Todos saben que cuando se casa una pareja judía, en la jupá el novio rompe una copa de vidrio. La razón es que incluso en medio de esa enorme alegría personal, deseamos recordar nuestra pérdida nacional, nuestra falta de completitud nacional. Mientras el Templo esté en ruinas, nuestra alegría no es completa.

Sin embargo, incluso sin el Templo, Jerusalem sigue proveyendo la oportunidad de mejorar nuestra relación con Dios de formas que no existen fuera de la Tierra. El Talmud dice que el mundo recibió 10 porciones de belleza y nueve las recibió Jerusalem. ¿Cómo es posible? En Jerusalem no hay océano, lagos ni montañas. No es Wengen, París, Praga ni Santorini. Sin embargo, Jerusalem tiene más belleza, porque tiene una belleza material y espiritual combinada. No hay una belleza como la luz en el Kótel a las 10 de la noche, cuando la multitud se ha dispersado y la plaza está en silencio. Es una belleza que casi puedes tocar. Es algo mágico.

Jerusalem es la puerta a través de la cual todas las plegarias de la humanidad se elevan al cielo. El Talmud dice que si los romanos hubieran valorado la oportunidad que tenían, nunca hubieran conquistado Jerusalem ni hubiesen destruido el Templo. Hoy en día, en Jerusalem hay mujeres que se levantan cada mañana antes del alba para rezar en el Kótel con el amanecer. Ellas permanecen allí durante 90 minutos y luego regresan para "comenzar" su rutina diaria. No importa la estación, cuánto frío haga, cuán oscuro esté ni qué temprano sea, ellas asumieron un compromiso. Ellas desean una oportunidad.

Jerusalem personifica nuestros sueños y esperanzas. Ella nos da una visión de lo que podrían ser nuestras vidas, personal, nacional y universalmente. El Rey David escribió en los Salmos: "Si te olvidara, Oh Jerusalem, que se marchite mi mano derecha…", porque si olvidamos a Jerusalem, olvidamos la razón misma de la existencia, olvidamos a lo que aspiramos.

El estado de Israel y su gente son una maravilla. Pero no es por eso que amamos la tierra y la ciudad. No es por eso que estamos conectados. No es porque sea una nación start-up, porque secaron los pantanos o por el ejército de Israel, por más impresionante que todo esto pueda ser. Necesitamos esta tierra, y en particular esta ciudad, para poder experimentar la profunda santidad que hay disponible en este limitado mundo material. La necesitamos para conectarnos. La necesitamos para elevarnos. La necesitamos para focalizarnos.

Dios nos dio la tierra de Israel y la ciudad de Jerusalem sólo por las oportunidades espirituales que ella brinda. Para que podamos experimentar el placer de la cercanía a Dios. Por eso Jerusalem es importante.

Hace muchos años, teníamos unos alumnos que analizaban la posibilidad de mudarse a vivir en nuestra comunidad. Yo les informé que el dúplex vecino a nuestra casa estaba desocupado. Ellos dudaban mucho. "No queremos que observen cada uno de nuestros movimientos", dijeron. Yo traté de calmarlos y les dije: "Yo estoy un poco ocupada. No tengo el tiempo (y francamente tampoco el interés) de observar cada uno de sus movimientos". Pero no es así con Dios. Él siempre nos está observando, y en el lugar que más nos ve es en la Tierra de Israel. "Es una tierra que Hashem tu Dios busca; los ojos de Hashem constantemente están sobre ella, desde el inicio del año hasta el final del año". (Deuteronomio 11:12).

Por eso es un lugar tan intenso. Por eso es un lugar maravilloso. Por eso es un lugar sagrado. Por eso la tierra de Israel y Jerusalem son importantes. Por eso guardamos duelo en Tishá beAv y rezamos por un retorno a una Jerusalem reconstruida.