Aunque crecí en una familia religiosa, nunca pude terminar de entender lo relativo a Tishá BeAv y los Nueve Días. Cada vez había más y más restricciones: no comer carne, no nadar y finalmente ayunar, sentarse en el suelo y decir interminables kinot en un hebreo inentendible. ¿Cuál era el propósito de todo eso?

¿Acaso el único propósito es que nos sintamos tristes e incómodos, que no tengamos derecho a estar felices sin un Templo? ¿Acaso Tishá BeAv sólo se trata de estar tristes, o podemos verlo como una experiencia positiva que nos transmite un mensaje positivo?

Creo que el Libro de las Lamentaciones (Eijá) nos provee una pista importante. El versículo 1:15 dice:

"Dios hizo que fueran rechazados todos mis valientes en medio de mí; proclamó una festividad para aplastar a mis jóvenes…"

Al relatar las terribles tragedias que ocurrieron en el momento de la destrucción del Templo, el profeta Jeremías se refiere al nueve de av como una festividad (moed). Esta es la última palabra que hubiéramos esperado encontrar en este contexto. El término hebreo moed implica un día festivo, de celebración. ¿Acaso Jeremías quiso hacernos una broma?

No. En ciertos aspectos, Tishá BeAv se considera una festividad menor y, en consecuencia, se omiten varias partes tristes de las plegarias (Por ejemplo, ver Shulján Aruj, Oraj Jaim 559:1-4). Por lo tanto, Tishá BeAv no es sólo un momento triste. ¡Es una festividad triste! ¿Cómo tenemos que relacionarnos con esto?

Hace un poco más de diez años, experimenté algunos de los días más tristes de mi vida. Uno tras otro, me ocurrieron varios eventos difíciles. Un domingo, mi esposa, que estaba embarazada, fue al médico para un examen de rutina y descubrieron que no había más latidos. El lunes (un buen día dentro de todo) se descompuso mi computadora. Después descubrimos que no se perdió la información, se trató sólo de un gasto monetario. Ojalá esos fueran mis peores problemas en la vida, pero no fue así.

El martes, cuando todavía no nos habíamos recuperado de los días previos, mi hijo tenía una cita médica para enrolarse en el ejército de Israel. Hasta donde sabíamos, él gozaba de perfecta salud.

El médico que lo examinó nos llamó directamente desde la oficina de enrolamiento. Algo no estaba bien.

El médico encontró síntomas de algo que podía ser una grave enfermedad. Teníamos que actuar de inmediato.

Más tarde recordé ese día, cuando estábamos sentados con el pediatra de nuestro hijo. Él llamó a otro médico, literalmente en un ataque de pánico, para recibir el nombre de un especialista que podría examinar a nuestro hijo. Nunca antes había oído a nuestro tranquilo médico de familia tan agitado.

Gracias a Dios, saltando un poco adelante en el tiempo, una semana más tarde descubrimos que lo que nuestro hijo tenía en verdad era algo relativamente menor. Necesitaría un tratamiento, pero no era en absoluto una grave amenaza a su salud. Pero en el momento nos llevaron a esperar lo peor, a pensar que nuestro hijo sufría de una enfermedad que podía o no llegar a ser curada después de un tratamiento severo e invasivo. (No hace falta dar más detalles. Gracias a Dios todo eso es un recuerdo lejano).

En general me considero a mí mismo bastante valiente, más focalizado en resolver los problemas que en dar vueltas sobre ellos. Pero en ese momento, simplemente fue demasiado… demasiado rápido. No podía manejarlo.

Recuerdo el final de ese martes. Era la noche, muy tarde, después que todos los demás se habían ido a la cama. Yo no estaba listo para irme a dormir. Allí estaba, sentado en el suelo, llorando, abrazado a mi libro de Tehilim, sintiéndome completamente indefenso y abrumado. Le supliqué a Dios que nos ayudara a pasar ese momento, que nos diera fuerza y dirección, que todo marchara lo mejor posible.

Y, ante mi sorpresa, me di cuenta de algo curioso. Nunca me sentí tan cerca de Dios como en ese momento.

Cuando todo marcha mal y la vida gira fuera de control, sabemos que Dios nos está hablando.

Hay momentos en nuestra vida en la que todo parece marchar mal, cuando la vida gira fuera de control. Somos impotentes, no podemos hacer nada al respecto, ni siquiera podemos fingir que tenemos el control.

En esos momentos sabemos que Dios nos está hablando.

Cuando nos snetimso indefensos, instintivamente acudimos a Dios. Sólo Él pudo habernos colocado en esa situación, y sólo Él puede ayudarnos a salir de ella. Dios nos da dificultades en la vida porque desea que acudamos a Él. No podemos ir por la vida esperando que todo marche bien y de acuerdo al plan, con la ilusión de que nosotros dirigimos el show. De vez en cuando Dios nos recuerda que está allí. Él quiere que retornemos a Él, y si no lo hacemos en los buenos momentos, se ocupa de que lo hagamos en los momentos difíciles.

A pesar de lo triste que es el sufrimiento, no es en vano. Dios nos llama para que volvamos a casa.

Cuando guardamos duelo por las tragedias de Tishá BeAv, así como por las más pequeñas que cada uno enfrenta en su vida, esta es una festividad. A pesar de lo triste que es el sufrimiento, no es un momento vacío, miserable. Es un momento en el que Dios nos llama para que volvamos a casa, y podemos sentirlo. Dios quiere que regresemos a Él, que comprendamos que sólo Él puede restaurar nuestra felicidad y traer la redención. Cuando no podemos dar ni un paso más, cuando sólo queremos apoyar la cabeza en nuestras manos y llorar, sabemos que Dios es quien vendrá a buscarnos. Él es nuestro Padre. Y a veces sólo quiere que nos demos por vencidos, que abandonemos la absurda fantasía de que controlamos nuestro destino y volvamos corriendo hacia Él. Él está detrás de todo el sufrimiento que hemos experimentado a través de los años y los milenios. Él es el único que puede salvarnos. Y Él sabe que cuando estamos abajo, y ya no tenemos a dónde ir, retornamos a Él.