El Monte del Templo siempre ha generado intensos sentimientos entre los judíos de todas partes del mundo. Sin embargo, ¿cuál es realmente la importancia de este histórico sitio? ¿Acaso el judaísmo cree —al igual que los paganos— en tierra y rocas sagradas? Es más, si el judaísmo cree en un Dios incorpóreo y evita los íconos y las imágenes pintadas y grabadas, entonces ¿cuál es el sentido de aferrarnos a esta montaña de piedras?

El santuario

En el momento del encuentro con Dios en el Monte Sinaí, el pueblo judío recibió la orden de construir un Mikdash, un santuario, para que Dios pudiera morar entre ellos (Éxodo 25:8). Esta estructura portátil (que contenía el Arca del Pacto) viajó con el pueblo judío durante sus 40 años en el desierto y mientras conquistaban la tierra de Israel. Luego, hace unos 3.000 años, el Rey David construyó un altar en el Monte Moriá en Jerusalem (el sitio de la atadura de Itzjak y del sueño de Yaakov). Y fue precisamente en ese lugar que Shlomó, el hijo de David, construyó el Primer Templo, transformando al Mikdash portátil en algo permanente.

El Templo fue llamado Beit HaMikdash, “la Casa Sagrada”.

El aspecto de “casa” fue enfatizado de muchas formas:

  • Los muebles del Templo eran una mesa y una lámpara (junto a un altar para inciensos).
  • El santuario interior era llamado jéder mitot, que significa “dormitorio” (Reyes II 11:2).
  • El patio exterior cumplía con la misma función que tenían los patios en esos días, como la preparación de comida, el lavado, etc.
  • El Talmud expresa el duelo Divino como: "Oh, Mi casa está destruida”.

¿Qué representa el concepto de “casa” en relación a Dios?

Imagina dos individuos separados, A y B, cada uno de los cuales tiene su propio círculo, los cuales se intersectan en cierta área. El área en que coinciden es la “casa”. Es el área en la cual dos entidades distintas encuentran su denominador común. Bet es la letra hebrea cuyo valor numérico es dos. Su significado literal es casa, porque una casa une a dos elementos e incluye en su interior las cosas que tienen en común.

Asimismo, el hogar de un matrimonio incluye a dos personas con naturalezas y personalidades diferentes. Aquellos rasgos de personalidad que cada integrante de la pareja considera intolerables del otro son dejados afuera, mientras que los comunes a ambos son incluidos y acentuados en el interior del hogar. A medida que el matrimonio progresa, ambos lados se despojan del comportamiento ofensivo y aprenden cada vez más a disfrutar de sus objetivos y sueños en común.

¿Cómo se relaciona esto a Dios, el hombre y el Beit HaMikdash?

Dios y el hombre son elementos absolutamente diferentes. Dios es la esencia espiritual suprema, no tiene materialidad. El hombre es (al menos superficialmente) material y físico, con una aparente falta de espiritualidad.

Para solucionar el problema de la brecha entre la espiritualidad y la materialidad, Dios creó un lugar en el mundo material para que sirviera de casa, en la cual Israel y Dios pudieran unir su característica en común: el alma Divina.

En esencia, este fue el sueño de Yaakov. Mientras huía de su hermano Esav, Yaakov se durmió en la cima de una montaña que, según la tradición, correspondía al Monte Moriá. Soñó con una escalera que descendía desde cielo hasta el lugar en el que estaba durmiendo, por la cual subían y bajaban ángeles. Despertó sobrecogido y dijo:

"¡Qué temible es este lugar! No es sino la Casa de Dios y esta es la puerta del Cielo” (Génesis 28:17).

El Malbim, un comentarista del siglo XIX, destaca sobre este fragmento:

Yaakov entendió que ese lugar era el sitio del futuro Templo… porque el Templo es una escalera en la que se besan el cielo y la tierra. El servicio del hombre asciende, causando el descenso de la Providencia Divina.

¿Cómo se manifestaba la presencia Divina en el Templo?

El Talmud (Avot 5:7) dice que en el Templo había 10 milagros constantes: “La carne de las ofrendas no se descomponía, nunca se vio una mosca en el lugar… las lluvias no extinguían el fuego que había sobre la hoguera del altar, etc.” Maimónides declara que, en general, los milagros no persisten en el tiempo. Sin embargo, en el Templo había un grupo de milagros constantes.

Además del flujo constante de milagros, la cantidad de milagros es en sí misma importante. El número 10, de acuerdo a su uso en los textos judíos, representa la totalidad de un sistema, tal como el número 10 representa la totalidad de los números de un dígito.

De hecho, el Talmud enumera los 10 milagros del Templo en la misma serie que las 10 declaraciones con las que fue creado el mundo. Tal como el mundo, en su completitud, abarca 10 declaraciones de Dios, el Templo consiste de 10 elementos que componen un mundo entero.

En otras palabras, el Templo es llamado un mundo paralelo, físico en esencia pero más refinado y similar a Dios. Es un mundo de carne, pero la carne no se pudre. Es un mundo de lluvia y humedad, pero estas no extinguen la llama del altar. Siendo la manifestación física suprema del espíritu Divino, es como si Dios se hubiese mudado a esta “casa”.

Por otro lado, el hombre debe elevarse a sí mismo para entrar a esta casa. Debe dedicarse al servicio Divino, como hacen los kohanim (sacerdotes), o estar temporalmente en un nivel elevado de espiritualidad, como el estado que alcanzaba el pueblo judío durante las festividades por medio de la purificación y las ofrendas. De esta forma, el hombre entra a la casa Divina después de sacar a relucir en sí mismo la chispa de la santidad, el alma Divina.

El Templo es donde lo humano y lo Divino se intersectan y donde ambos pueden abrazarse y unificarse aunque sólo sea por un momento.

Esta es nuestra memoria colectiva de este lugar asombroso.

Esperamos ansiosamente el día en que tanto Dios como el hombre estén nuevamente listos para esa comunión.

El valor del Monte del Templo

Viendo las rocas y las ruinas desde esta perspectiva, vemos que su valor no es meramente histórico. Pero tampoco es que las rocas tienen poderes mágicos. En realidad, sólo nos recuerdan la época en la que este lugar hacía aflorar lo mejor y más maravilloso del hombre, y lo más comprensible y concreto de Dios.

El Monte del Templo es el lugar en el cual más se ha acercado Dios a revelarse ante la humanidad de forma permanente y tangible, y también es el lugar en el cual el hombre alcanzó la cúspide de su asombroso potencial. Cuando esas dos cosas ocurrieron simultáneamente, el cielo y la tierra se besaron. El hombre y su Creador, por así decirlo, se abrazaron.

La esencia del judaísmo es que somos una nación atada a Dios, representamos Sus designios morales y, por lo tanto, buscamos apegarnos a Él.

Por razones que sólo Él conoce, sólo hay un pequeño pedazo de tierra en donde Dios elige revelar tanto de lo Divino como sea posible y elevar al hombre a la máxima cúspide de la espiritualidad humana. Cuando rezamos, tres veces al día, miramos hacia ese punto reconociendo que es el polo espiritual del planeta tierra.

No se trata sólo de historia y recuerdos; es nuestro presente más esencial y nuestra esperanza más profunda para el futuro. Es quienes somos, nuestro lugar más importante, el alma misma de la nación.

Nuestro recuerdo de lo que fue alguna vez el Monte del Templo debería evocar en nosotros un profundo anhelo y una elevación de nuestro ser. Sí, algún día llegará el momento en que volveremos a “casa”, en que Dios estará dispuesto nuevamente a construir un “hogar para la unión con lo Divino”.

Y ese día no habrá derramamiento de sangre. Porque en ese día, el mundo reconocerá y aceptará la verdad.