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El primer hogar bajo tierra de los Stermer, la cueva turística de Verteba, era, en el mejor de los casos, un refugio temporario. En el peor de los casos, una trampa mortal. La cueva tenía poca ventilación y no tenía una fuente de agua confiable. Y las familias serían casi con seguridad descubiertas en abril, cuando la nieve se derritiera y los campesinos locales (muchos de los cuales habían bienvenido a los alemanes invasores) retornaran a sus campos cerca de la boca de la cueva.

“Nuestra situación en ese momento era realmente mala”, recuerda Shelomó Stermer, el hermano menor. “No teníamos nada de agua, y teníamos que agarrar con vasos las gotas que emanaban de las paredes. Tampoco podíamos cocinar adentro sin ahogarnos con el humo. No teníamos idea sobe cómo íbamos a sobrevivir”.

La gran parte del trabajo duro recayó sobro los hombres Stermer: Shabsy, el padre, a quien todos llamaban Zeide, o Abuelo— y sus tres hijos, Nissel, 25, Shulim, 22, y Shelomó, 13. Ester Stermer y sus hijas adultas Jana y Henia se encargaron de las tareas domesticas con la ayuda de Yetta, 17, la niña más joven de la familia.

Antes de huir con sus familias a la cueva, Zeide, Nissel y el esposo de Henia, Fishel Dodky, habían recibido un permiso especial para recolectar pedazos de metal bajo la protección oficial de la policía local. Era una labor peligrosa y humillante, pero su habilidad para volver a casa, moverse libremente en público, y para comprar provisiones en el mercado negro representaba el único salvavidas de sus familias. Semana tras semana, condujeron sus carros en la oscuridad hasta la cueva, a través de la espesa nieve. En el borde del hueco en la tierra, descendían la gélida pendiente llevando bolsas de harina de 50 kilos, papas, combustible y agua en sus espaldas, y luego las arrastraban por el lodo dentro de la cueva. Durante el invierno de 1942-1943, la supervivencia de las familias dependió del balance precario entre el secreto de su ubicación y la seguridad de sus líneas de aprovisionamiento. Los hombres advirtieron a sus familias que los alemanes estaban intensificando su caza de judíos, y en febrero de 1943 el grupo decidió mudarse a un lugar aún más profundo de la cueva. Se encerraron en un bajo cuarto con forma de hoz a más de 300 metros de la luz del día y comenzaron a buscar una salida secreta, en caso de que la Gestapo intentara bloquearlos adentro. Los hermanos Stermer descubrieron una pequeña fractura en el techo de un pasillo cercano y comenzaron febrilmente a cavar con picos y hachas. Día tras día, los hombres excavaron un túnel hacia arriba, finalmente llegando a la superficie después de cuatro semanas. Era la primera vez que muchos de ellos veían el cielo en meses.

Antes de volver bajo tierra, Shulim disimuló la salida con tierra y leños y colgó una larga cadena hacia abajo hasta el piso de la cueva. Si los nazis descubrían su refugio, la familia podría escapar trepando la cadena dando pequeñas patadas a las paredes para ayudarse. Después de 150 días de vivir en un permanente terror de ser descubiertos, los Stermer y sus vecinos finalmente comenzaron a sentir que tenían una posibilidad de sobrevivir.

* * *

Cuatro semanas después, el optimismo de los judíos fue destrozado por el sonido de pisadas de botas y de crujidos de armas. “¡Los alemanes están aquí!”, gritó alguien súbitamente en idish. “¡Nos han descubierto!”

“¡Los alemanes están aquí!” gritó alguien súbitamente, en idish. “¡Nos han descubierto!”

El joven Shelomó era el que estaba durmiendo más cerca de la entrada de la cámara y fue atrapado indefenso antes de tener la oportunidad de correr. Ante la mirada asesina de las linternas de la Gestapo podía ver que los otros también eran capturados. A la entrada de su refugio, la madre de Shelomó, Ester, estaba hablando de igual a igual con el comandante de la Gestapo. Shelomó podía escucharla hablando en alemán.

“Muy bien, entonces nos han encontrado. ¿Qué creen?”, dijo Ester. “¿Creen que a menos que nos maten el Fuhrer perderá la guerra? Miren cómo vivimos aquí, como ratas. Todo lo que queremos es vivir, sobrevivir los años de la guerra. Déjennos aquí”.

Sesenta años después, Shelomó se levantó de su silla para imitar a su madre mientras la citaba. “¡No podía creer lo que estaba escuchando!”, continuó. “¡Aquí estaba mi madre, en medio de la guerra, enfrentando a los alemanes!”.

Mientras Ester confrontaba a los soldados, ganando tiempo, el resto de los niños y los otros sobrevivientes se escabulleron sin ser advertidos en el oscuro laberinto de pasillos que se bifurcaban desde el campamento. Al final, los alemanes se las ingeniaron para atrapar a sólo ocho de los judíos y comenzaron a marcarles el paso hasta la entrada de la cueva, a punta de pistola. Milagrosamente, seis de los prisioneros, incluyendo a Ester, pudieron escapar y eventualmente retornar a sus familias. Pero Sol Wexler pronto se enteraría que su madre y su hermanito de nueve años habían sido llevados a una fosa abierta y habían sido asesinados.

Para aquellos que permanecieron en la cueva, las tres horas siguientes fueron de terror y confusión. Sólo unos cuantos sobrevivientes habían seguido la pista de qué tan lejos habían huido en la oscuridad, y muchos terminaron fuera del alcance de los otros, perdidos sin fósforos, velas, agua, o una idea de cómo encontrar su camino de vuelta al campamento.

En particular para el hijo del medio, Shulim, el shock de ser descubierto fue catastrófico. Cuando Ester finalmente logró volver al campamento, se horrorizó al ver a su hijo del medio yaciendo paralizado al fondo del hueco de escape que había cavado tan sólo unas cuantas semanas antes.

“Vi que todos habían subido hasta la salida a excepción de Shulim, que estaba sentado en el suelo temblando, con la cabeza hacia atrás”, escribió. “Corrí hacia él, le hablé, pero no contestó. Sus ojos estaban acristalados, sus dientes fuertemente apretados y él estaba babeando”.

En Montreal, Shulim se quedó en silencio cuando salió a flote el tema de su colapso.

“Tuvo un shock total. Fue un milagro que haya sobrevivido”.

“Estaba destruido en la primera cueva”, dijo finalmente. “Tuve un shock total. No podía hablar, no podía caminar, no podía tomar una cuchara y llevarla a mi boca. Fue un milagro que haya sobrevivido”.

Fue el peor momento posible para que Shulim colapsara. Nadie más sabía cómo abrir la puerta de la salida de escape. La hermana de Shulim, Jana, y Sol Wexler fueron los primeros en alcanzar la cima, pero no podían mover los leños que bloqueaban la puerta en su lugar. A medida que los otros sobrevivientes comenzaron a atascarse cerca de la superficie, comenzó el pánico.

Finalmente, con un último esfuerzo, Sol y Jana lograron abrirse paso hasta la superficie, y todos se apuraron en salir. Afuera, el aire era frío y húmedo, y muchos de los sobrevivientes comenzaron a tiritar descontroladamente. Hacia el norte, podían ver a la Gestapo y a sus perros efectuando cuadrillas de búsqueda alrededor del hueco en la tierra buscando una salida secreta. Shulim fue el último en salir, transportado sobre los hombros de sus hermanos. Luego los sobrevivientes se escabulleron en la hierba y huyeron hacia la oscuridad.

* * *

Durante el mes de abril de 1943, los judíos vivieron como criminales en su propia comunidad. Los Stermer se movían en la noche, por los caminos secundarios, entre los restos entablados de su casa en Korolowka y en un búnker escondido en un granero.

Desesperado por encontrar un refugio permanente, el hijo mayor de los Stermer, Nissel, le pidió consejo a su amigo, Munko Lubudzin, un guardabosque que vivía en los bosques cerca de Korolowka. Aunque muchos cristianos ucranianos participaron voluntariamente en el Holocausto –y la policía ucraniana participó activamente con los nazis— Munko Lubudzin ayudó lealmente a los Stermer durante toda la guerra. Munko le dijo a Nissel sobre un hueco en la tierra a unos pocos kilómetros afuera de la ciudad, ubicado en los campos de un párroco local. En la superficie, no había nada destacable sobre el lugar. A diferencia de Verteba, había pocos indicios de que el hueco en la tierra podía contener la entrada a una cueva de un tamaño considerable. Era solamente un pozo en el que los granjeros dejaban a su ganado muerto para que se pudriera.

Nissel sabía que había muchas cuevas en el área que tenían una historia de antiquísima habitación humana. Basado en esta pequeña esperanza, Nissel y su hermano Shulim dejaron Korolowka con la primera luz del día el primero de mayo de 1943, junto con su amigo Karl Kurz y con dos de los hermanos Dodyk. Los hombres corrieron por los campos hacia el norte de la ciudad hasta el borde del hueco en la tierra. “Cuando entramos allí, había un césped muy lindo, como un campo de golf”. Recordó Shulim, con su voz elevándose excitadamente. “Y luego había un gran barranco de unos 15 metros de profundidad, y el agua corría dentro de él”.

Los hombres descendieron por la tierra suelta en la cima utilizando una cuerda vieja, luego bajaron los últimos siete metros utilizando leños como una escalera improvisada. Abajo, el barro les llegaba hasta las rodillas, y el hedor de ganado putrefacto les dio arcadas, pero pudieron ver una pequeña abertura, más o menos del tamaño de una chimenea. Nissel fue el primero en atravesarla. Dentro, estaba completamente oscuro, pero con la tenue luz de sus velas los hombres pudieron ver que había un pequeño cuarto rodeado por grandes rocas. “Después de eso”, dijo Shulim, “la cueva seguía y seguía”.

"La cueva seguía y seguía".

Veinticinco metros más adelante, los hombres gatearon hasta una cámara tan grande que sus velas apenas podían iluminar las paredes o el techo. Después de seis meses en Verteba, ahora eran expertos exploradores de cuevas. Sacaron una bobina de soga, ataron un extremo a una roca, y comenzaron a buscar en la red de pasillos un lugar apropiado para acampar. Tres horas después, desorientados y fatigados, Shulim arrastró su pie sobre una pequeña saliente, desencajando una piedra que rodó hacia abajo y cayó chapoteando en un lago subterráneo. Los hombres se rieron por primera vez en meses: habían encontrado una fuente de agua.

“Para cuando fuimos a la segunda cueva, pensé allí que realmente no había otro lugar al que podíamos ir”, dijo Pepkale. “Era judenfrei. Cualquier judío visto en cualquier lugar podía ser matado por cualquiera. Fue un regalo del cielo que encontráramos este lugar”.

Cuatro días después, el cinco de mayo, los Stermer, sus parientes políticos los Dodyk, y varios otros parientes y amigos empacaron sus últimas provisiones y huyeron a la Gruta del Sacerdote. El grupo contaba ahora con 38 personas. La mayor era una abuela de 75 años; los menores eran la nieta de Ester de cuatro años, Pepkale, y un niño pequeño. Descendieron por el hueco uno por uno en silencio, bajando de la mano en las etapas rocosas y parándose en los resbaladizos leños húmedos para apoyarse. Abajo, la absoluta oscuridad dentro de la angosta entrada era aterradora, y los niños más pequeños comenzaron a llorar mientras gateaban a través de la entrada. Sería la última vez que muchos de ellos verían el cielo por casi un año.

* * *

Para su nuevo hogar, los sobrevivientes eligieron una serie de cuatro cuartos interconectados alejados, hacia la izquierda de los pasillos principales de la cueva. Comparado con el mundo que habían dejado sobre ellos, la seguridad inicial de su nuevo refugio debe haber parecido como el paraíso. Para los niños más pequeños, la Gruta del Sacerdote fue la primera experiencia de libertad verdadera que tuvieron. “Cantábamos y jugábamos en la gruta”, recuerda Pepkale ahora en Montreal. “Era la primera vez en la que me había sentido segura”.

“Hace tiempo”, Ester escribió sobre su refugio, “la gente creía que los espíritus y los fantasmas vivían en ruinas y cavernas. Ahora vemos que no hay ninguno aquí. Los demonios y los espíritus malvados están afuera, no en la gruta”.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que el alivio inicial de los judíos fue opacado por la pregunta de cómo iban a sobrevivir. Basándose en las lecciones de Verteba, las familias encontraros una cámara ventilada para el fuego de la cocina, aislaron sus fuentes de agua, y construyeron camas de tablas de madera. Restablecer las líneas de aprovisionamiento era su próxima prioridad urgente. Los hombres habían perdido su exención para las chatarras de metal, y sólo tenían kerosene, harina, y otras provisiones para dos semanas.

Los tres hermanos Stermer hicieron su primera incursión fuera de la cueva acompañados por muchos otros hombres. En la cima del hueco corrieron velozmente por la hierba alta hasta los bosques a unos trescientos metros, en donde se agacharon y esperaron. En lo alto, una delgada luna creciente yacía escondida detrás de oscuras nubes bajas, y el viento soplaba por las planicies persistentemente. Desde atrás de los árboles, Nissel escaneó el horizonte para ver si alguien los había visto salir del hueco. Pero el paisaje era tranquilo, unos cuantos edificios en llamas eran los únicos indicios de vida.

A la seña de Nissel, los hombres se esparcieron en el bosque y comenzaron a destrozar 20 árboles grandes, trabajando frenéticamente con hachas y sierras casi en absoluta oscuridad. La mitad de los hombres podaron las ramas y cortaron los troncos en pedazos de un metro y medio, mientras que los demás llevaban los maderos a la cueva por los campos abiertos.

“Éste fue un peligro terrible”, exclamó Shulim. “Oyes, escuchas. Y oyes el ruido del corte con el hacha: ‘¡Pow! ¡Bum! ¡Bam!’ ¡Tanto ruido!” Mientras hablaba, Shulim cortaba el aire con las manos, con un tono de desafío presente en su voz.

Su segunda misión secreta tuvo lugar unos pocos días después. Los hombres dejaron la cueva como un grupo y luego se separaron al final del hueco para obtener comida y otras reservas vitales para sus propias familias. Nissel y Shulim corrieron por los campos del oeste, quedándose cerca de los árboles para esconderse. Era un viaje de ida y vuelta de cinco kilómetros desde la Gruta del Sacerdote hasta la casa de su amigo Munko Lubudzin, en donde los hermanos cambiaban unas pocas cosas de valor que les quedaban por aceite de cocina, detergente, fósforos y harina.

“Cuando salíamos, estaba la Osa Mayor”, nos dijo Shulim cuando le preguntaron cómo calculaban el tiempo sin relojes. “La Osa Mayor era como eso” –en el espacio vacío delante de él, circunscribió un gran arco con sus brazos de un lado al otro de la mesa. “Iba girando y girando, y cuando estaba casi horizontal sabíamos que pronto sería de mañana. Sabíamos que teníamos que volver”.

Al día siguiente, los hombres durmieron por 20 horas ininterrumpidamente.

Cuando Nissel, Shulim y los otros hombres finalmente volvían a la cueva, murmuraban una palabra clave a uno de los chicos más jóvenes, apostados a la entrada, que desplazaba una gran piedra para dejarlos entrar.

Al día siguiente, los hombres durmieron por 20 horas ininterrumpidamente, mientras Ester y sus hijas apilaron las raciones de los Stermer prolijamente sobre estantes que habían construido bajo sus literas de madera. En total, los hombres habían obtenido provisiones para otras seis semanas.

Mientras Shulim terminaba su historia, Yetta se dio vuelta para mirarlo. Ella había estado mirando a su hermano mayor atentamente mientras hablaba. “¡No estaríamos vivos hoy si no fuera por ellos!” exclamó finalmente con una oleada de lágrimas. “Cada vez que necesitábamos algo, ellos traían la harina y las papas para que pudiéramos hacer la sopa”.

Shulim le sonrió a su hermana.

“Yetta prepara la mejor sopa del mundo”, dijo suavemente.

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