¡Mazal Tov! Es un día agridulce en Vernecik, Polonia, 1942. La joven pareja, Tzvi y Pifa Hershman, acaban de convertirse en los orgullosos padres de una hermosa bebé. Con sus pequeños y perfectamente formados rasgos, sus pequeños y delicados pies y manos, y esa profunda pureza e inocencia característica de los recién nacidos, la bebé otorgaba una imagen gloriosa para contemplar. Pero incluso en estos momentos de celebración, los nuevos padres estaban dolorosamente conscientes de la gran sombra que asomaba en el horizonte y se instalaba entre ellos a pesar de no ser deseada.

Las llamas del holocausto arden, y cuando la pequeña cumple tres meses de edad, Tzvi Hershman es citado a los campos de trabajos forzados; Pifa inexplicablemente se une a su destino, siendo enviada a la densa oscuridad de la que no hay retorno: Treblinka. Que sus memorias sean bendecidas y que Dios vengue su martirizada sangre.

Pero Tzvi y Pifa Hershman hicieron todo lo que pudieron para darle a su preciosa niña una posibilidad de vivir. ¿Quién podría describir las emociones que surgían en los corazones de estos desesperados padres en aquellos momentos cruciales? ¿Podría el lápiz del más fino poeta, o la música del pianista más sensible, alguna vez intentar siquiera capturar la mezcla de sentimientos - agonía, angustia, esperanza, desesperanza y fe – que tenían al ser forzados a esta clase de desgarradora elección?

Entregaron al bebé, tiernamente envuelto, en las manos de un policía polaco que vivía en las cercanías, junto con una carta cuidadosamente escrita a mano, que sería sólo para ella.

Nunca sabremos cómo se sentían mientras entregaban su bebé, tiernamente envuelto, en las manos de un policía polaco que vivía en las cercanías, junto con el acceso a todas sus posesiones terrenales y una carta cuidadosamente escrita a mano, que sería sólo para ella.

Puede que tampoco hubiésemos sabido nunca que Tzvi y Pifa Hershman habían nombrado a su pequeña bebé “Lea”, si no fuese por una foto de la recién nacida en cuyo reverso su madre había escrito el nombre de la pequeña, y la cual envió a sus padres como regalo en los tiempos de guerra; una ráfaga de luz en un mundo ennegrecido. Una hermana de Pifa cosió con sumo cuidado esta foto a sus ropas justo antes de ser enviada desde la casa de sus padres a los campos de trabajos forzados, y la cuidó hasta el final de la guerra, reacia a dejar ir este recuerdo de su pequeña sobrina, este pequeño símbolo de esperanza que le daba fuerzas para sobrevivir.

El policía polaco llevó temerosamente a su casa el bulto que había recibido, el cual contenía a la pequeña Lea. Todavía tenía que enfrentar a su esposa, la cual no resultó estar para nada contenta con el giro imprevisto que había habido en el curso de los eventos. No quería ninguna clase de relación con una pequeña niña judía, la cual sólo les traería problemas, por lo que le ordenó a su marido que se deshiciese de aquel problemático bulto; él siguió sus órdenes de inmediato, al tiempo que su cansada consciencia entraba en un profundo letargo. Colocó a la pequeña sobre las frías e inclementes vías de tren, y se retiró velozmente. ¿Quién lo culparía a él o a su esposa si a continuación ocurriera un desafortunado accidente? ¿Quién? ¿Quién, sino él mismo?

Pero su consciencia pronto despertó de su letargo y comenzó a atacarlo. Incómodo y perturbado, corrió hacia el cura local para confesarse, el cual lo relevó de la prueba que casi había fallado, pidiéndole que le trajese el bebé de forma inmediata. Poco tiempo después, la bebé Hershman fue puesta en un orfanato junto a otras pequeñas almas huérfanas o abandonadas, donde esperó pacientemente los siguientes cambios que le depararía el destino.

Una bebé a la cual poder llamar hija

¡Felicitaciones! La familia Yopowicz adoptó una bebé de nueve meses. La Sra. Yopowicz, que se había enfrentado a la conmovedora angustia del no tener hijos, estaba muy agradecida de tener una bebé a la que podría llamar hija, y se encariñó rápidamente con su dulce niñita. No había razón para especular demasiado sobre sus orígenes; esta había sido bautizada al igual que cualquier otro niño que fuese correctamente criado en aquella pequeña ciudad de Polonia. La bebé Basha Cristina Yopowicz había llegado a casa.

Pero Sra. Yopowicz, ¿qué ve en la profundidad de los intensos ojos de su nueva hija?

Pero Sra. Yopowicz, ¿Qué ve en la profundidad de los intensos ojos de su nueva hija? ¿Puede ver las sombras que aluden el ruego secreto de un alma extraviada que pide ser recuperada? ¿Puede sentir la incansable agonía de un alma extraviada, la cual ninguno de sus gentiles cariños pareciera siquiera tocar? ¿Puede sentir la presión agobiante del brillo que es reprimido cuando la sostiene tiernamente en sus brazos y la muestra orgullosa como si fuese suya, para que todos la admiren? ¿Por qué cree que escucha en sus sueños el apaciguador sonido de un distante cuerno de carnero cuando ésta bebé llora?

Ella ahora me pertenece, le dice con crueldad a los sentimientos discrepantes que hay en las profundidades de su corazón. La hemos adoptado y bautizado legítimamente. Nos pertenece a mí, a mi marido y a mi pueblo.

¿Realmente les pertenece, Sra. Yopowicz? ¿Les pertenecerá alguna vez?

Señales de Vida

Desde los incineradores carbonizados y ensangrentados de Auschwitz y Bergen Belsen, Esther Eisenberg y su hija Tzipora emergen frágiles y dolidas, pero aún con vida. ¿Alguien más ha sobrevivido? ¿Quizás su madre, una hermana o un hermano? ¿Un primo, un vecino, un amigo? ¿Alguien? Voces vibrantes llaman esperanzadas y anhelantes, y un silencio responde en un eco ensordecedor. Al igual que tantos otros, Esther se dirige a uno de los improvisados centros para los sobrevivientes de lo que quedaba de la judería europea, y le pregunta ansiosamente a la joven secretaria sobre su hermana Pifa y su cuñado Tzvi, al tiempo que declara su propia supervivencia y paradero, así como el de su hija, en el registro que le presentaban. La agobiada secretaria escucha distraídamente y luego, de pronto, mira hacia arriba, quitando la vista de su sagrado trabajo, y le clava la mirada a Esther.

"¿Vercenik? ¿Dijo usted Vercenik?"; esa también era su ciudad natal.

"Sí, conocí a Pifa y a Tzvi Hershman…" Su voz se fue apagando hasta quedar en silencio por algunos largos momentos, mientras su corazón recordaba. Izkor.

"Tu hermana tuvo un bebé antes de ser llevados… y su paradero está registrado aquí".

El corazón de Esther se detuvo por un momento. Luego, como un torbellino despertando de la nada, la delicada voz de un niño de cinco años se elevó por sobre el estruendo de las tumbas ultrajadas y llegó al atento oído de la hermana de su madre. Una sensación de triunfo momentáneamente se apoderó de ella, y rejuveneció su agotado cuerpo. ¡Vida! ¡Había encontrado vida! ¡La hija de su hermana estaba viva!

¡Vida! ¡Había encontrado vida! ¡La hija de su hermana estaba viva!

Para Esther no había ninguna duda sobre a quién le pertenecía la niña. Se sumergió instantáneamente en la misión de recuperar a la hija de su hermana y traerla a casa. En medio del océano de males que habían sido hechos por el ‘ejército del mal’, los cuales ahora cubrían el duro y gélido paisaje de Europa, se encontraba Esther Eisenberg con el claro cometido de enderezar uno de estos males en particular.

Al tanto de la perversidad de aquellos tiempos, Esther sabía que si iba simplemente a pedir que la niña fuese devuelta, no le prestarían atención. Recurrir al torcido ‘Sistema Legal’ para pedir justicia produciría un resultado incierto y posiblemente irreversible. En consecuencia, Esther Eisenberg, junto a su sobrino Pinjas Einserberg y al Capitán Yeshaiau Drucker (ambos destacados activistas en la salvación de niños judíos sobrevivientes después del Holocausto) se convirtieron en la cabecilla de una pequeña banda de secuestradores. Un día por la madrugada, el trío condujo osadamente un auto hasta el interior del pueblo, intentando ejecutar su misión rápida y definitivamente. Sin embargo, algunos pueblerinos advirtieron el auto extraño y a sus pasajeros, conjeturaron su propósito, e inmediatamente comenzaron a esparcir el rumor. ¡Los judíos habían venido a secuestrar un niño cristiano! ¡Qué horror!

En poco tiempo se juntó una furibunda multitud, con sus armas cargadas, listas para disparar. Con sus vidas en peligro, el trío cambió rápidamente de rumbo y aceleraron el vehículo, esquivando por poco una gran balacera mientras se retiraban a toda prisa.

El primer esfuerzo de rescate había fracasado, pero la determinación de Esther permaneció tan fuerte como siempre. Sin ninguna otra opción, se dirigió a la generalmente corrupta policía y a las contaminadas cortes de justicia. Al final, tomó dos años enteros de juicios, anulaciones de juicios y apelaciones, antes de poder reclamar lo que le pertenecía; fueron innumerables las frías y largas noches que pasó en los duros y estrechos bancos que estaban situados afuera de las estaciones de policía y de las cortes, bajo el estrellado y oscuro, pero siempre vigilante, manto celestial.

Finalmente llegó el día. En ese momento, la providencia divina y la justicia terrenal se unieron para entregar un veredicto favorable, el cual enviaría a Lea, ya de cinco años y medio, a los brazos de su amorosa tía y al regazo de su nación.

Un Largo Viaje a Casa

Para la Sra. Yopowicz, era tiempo de decir adiós. Inventó una historia para la niña, que sólo la conocía a ella como madre, explicando que ya no tenía dinero para encargarse de ella y por lo tanto la estaba poniendo en manos de extraños. Confundida y atormentada por un abrasador sentimiento de abandono, Lea suplicó quedarse con los únicos padres que alguna vez había tenido. Su identidad prestada se había grabado en su corazón tan profundamente como la deshumanizante hilera negra de números grabada sobre quienes habían sido enviados a trabajar para los eternamente esclavizados, y ella simplemente no podía entender el drama que estaba ocurriendo. ¿Por qué estaba siendo sacada de su casa? Con el tiempo, las amables y significativas explicaciones fueron gentilmente haciéndose lugar en su interior, pero como era tan solo una niña, esta pregunta fundamental continuaría sin ser respondida en algún lugar dentro suyo por mucho tiempo, y las cicatrices de este trauma no sanarían fácilmente.

Luego de esto, se dirigieron a la ciudad de Zabrze, en donde Lea fue alojada en un hogar temporario junto con otros niños judíos rescatados, mientras su tía preparaba todo para el eventual viaje a Israel. Allí comenzó el lento proceso de aprender sobre su identidad, su pasado y su pueblo, a medida que los encargados, la mayoría de ellos sobrevivientes y refugiados, intentaban incansablemente educar a los niños que se habían extraviados trágicamente mediante historias de la Tierra de Israel, demostraciones del encendido de las velas de Shabat y espontáneas obras teatrales o sketches que representaban distintos elementos de su legado. Sin embargo, por mucho tiempo, esta pequeña y muchos otros que estaban en su misma condición, se resistirían a cambiar la posición arrodillada y la cruz, por la postura erecta, el brazo elevado y los ojos cubiertos del Shemá, a pesar de que sus almas experimentaron un reconocimiento inmediato y una creciente paz con cada pedacito que les era recordado de su identidad y legado.

Pasaron los días y pronto Esther Eisenberg estuvo lista. Recogió a Lea del hogar de niños como había prometido, y juntas comenzaron el largo y peligroso viaje a su destino: la Tierra de Israel. Cada desafío u obstáculo en el camino era iluminado de alguna manera por el conocimiento de que realmente estaban yendo a casa.

El primer destino de Lea en Israel fue un refugio temporario en Netania para refugiados del Holocausto, en donde se unió a medio millón de sobrevivientes, cada uno de los cuales tenía escondido en su interior sus propios recuerdos desgarradores.

Me parecía obvio que había algo o alguien más grande en escena, guiándome por todo el camino.

Determinada a exponer a Lea no sólo a la Tierra de Israel, sino también al judaísmo que había definido la vida de sus martirizados padres, la tía Esther la envió a una escuela primaria religiosa para mujeres, y luego a un colegio secundario en el Kibutz Jafetz Jaím. Lea atestigua que su decisión final de vivir una vida completamente observante fue propia, a pesar de haber sido influenciada favorablemente por su educación.

"A medida que maduraba, mi fe maduraba conmigo y con el tiempo me parecía obvio que los eventos de mi vida y de quienes me rodeaban no podían ser una coincidencia; que había algo o alguien más grande en escena, guiándome por todo el camino. También vi que los judíos religiosos tenían valor y significado en sus vidas, algo que no vi en el resto del mundo".

Lea Hershman nunca conocería a su madre o a su padre, y tampoco tendría recuerdos del lugar de donde vino; como resultado de esto, su búsqueda de identidad sería larga y dolorosa. Pero a pesar de sus dificultades personales, a pesar de los horrores que sus ojos habían visto y que su corazón recordaba, se uniría victoriosamente a las legiones de personas heroicas que desde tiempos inmemoriales han alcanzado el triunfo máximo sobre el mal al abrazar su opuesto.

De hecho, su vida hoy es un brillante testimonio de la resistencia del pueblo judío y de su fe. Lea (Hershman) Nebenzahl es una reconocida poeta israelí y ha producido dos excelentes libros de poesía que relatan los viajes, tanto el físico como el interior, que la llevaron de vuelta a su pueblo y a su tierra, en una prosa compleja y conmovedora cuyas muchas referencias y citas de la Torá atestiguan la profundidad de su conocimiento y entendimiento de nuestros textos antiguos. Viviendo actualmente en Jerusalem, Lea disfruta de un matrimonio de décadas junto al físico y erudito en Torá, el profesor Shaia Nebenzahl. Son los orgullosos y devotos padres de cinco niños, y los felices abuelos de muchos más, siendo cada uno de ellos un eterno símbolo del triunfo de la fe y una preciosa luz para nuestra nación.

"A veces hay llantos a colores
y a veces en palabras y notas
y a veces frenan
en el umbral"

(Nebenzhal 49:1-4)

Sí, a veces hay llantos a color; en mudas sombras de rojo, negro y gris, en profundas y lúgubres tonalidades de púrpura, o en matices de azul que se asemejan a la medianoche; en sombras cambiantes de luz y de oscuridad.

Algunos llantos tienen palabras que nunca fueron oídas, otros tienen palabras que nunca fueron habladas y otros tienen palabras que nunca serán recordadas.

Algunos llantos son reconfortados, otros reprimidos, algunos son apaciguados y otros enmudecidos, y algunos son consolados hasta la próxima vez.

"Y algunas noches desearía
hilarlos
como perlas
hasta que Tú bajes"

(Nebenzhal 49: 8-12)