Me senté tan cerca de mi padre como pude, con papel y bolígrafo en la mano. Mi padre, un prisionero atrapado en un cuerpo que era atacado por una inclemente enfermedad regresiva, sólo podía hablar con un tenso suspiro. La historia que él quería contar era sobre su padre, mi abuelo, una historia sobre el bien y el mal, sobre desesperanza y milagros revelados, las profundidades en las que se puede hundir la humanidad y sobre la simple bondad humana.

Al ver la escuálida figura de mi padre yaciendo impotentemente en su cama de hospital uno pensaría que la enfermedad lo ha vencido, pero todo quien haya visto su hermosa sonrisa sabe la verdad. Tanto la historia de mi padre como la de su padre tratan sobre lucha y triunfo. Le llevó dos horas dictarme esta historia, la cual para mí representa nuestro legado familiar.

“El tío de Zeide era carpintero”, comenzó, “y Zeide aprendía con él. Después estalló la guerra. Zeide era todavía un aprendiz, pero cuando los alemanes pidieron especialistas habilidosos, él levantó la mano. Gracias a su entrenamiento, fue enviado a un campo de trabajo ubicado en Tanapole, Ucrania, en lugar de ser enviado a un campo de exterminio. El proyecto del campo era construir casas de retiro para los oficiales alemanes después de la guerra.

“Si alguna vez sales de este lugar, búscame. Puedo esconderte”.

En el campo había un cuidador al que Zeide le cayó bien. Quizás era porque Zeide encontró una manera de conseguirle cigarrillos. Zeide se dio cuenta de que hacerse amigo del cuidador en un lugar como este sería algo provechoso. Y tenía razón, pero pasaría un tiempo hasta que esta amistad diera frutos.

Un día, mientras Zeide estaba trabajando junto al alambrado que rodeaba el campo, una mujer a quien nunca había visto se acercó furtivamente al otro lado con premeditada despreocupación. En un suspiro, dijo: “Si alguna vez sales de este lugar, búscame. Puedo esconderte. Toma – esta es mi dirección”. Y luego se fue. Todo el intercambio ocurrió con tanta rapidez que fue como un sueño, si no fuese por el papel que tenía en su mano. Memorizó la dirección rápidamente y destruyó el papel.

Un par de días después, cuando Zeide estaba volviendo solo a sus barracas, tarde en la noche, escuchó una discusión entre el comandante del campo y alguien más. Estaban discutiendo los detalles técnicos de su plan para liquidar el campo.

Sin nada para perder, Zeide tomó una decisión instantánea. Sabía que había una parte del alambrado que rodeaba el campo que no era vigilada frecuentemente. También sabía que del otro lado del alambrado había un canal de alcantarillado. En silencio, y sin pensarlo dos veces, Zeide fue a esa parte del alambrado y lo cruzó. Fue derecho al alcantarillado.

Él no estaba seguro sobre cuál sería su siguiente paso, por lo que se sentó allí, en los desperdicios, amordazado por el insoportable olor. Luego escuchó el inconfundible sonido de alguien entrando al alcantarillado. Zeide se quedó helado, con el corazón latiendo a borbotones, mientras alguien chapoteaba al tiempo que se acercaba. Cuando dicha persona se acercó lo suficiente, pudo reconocer que se trataba de otro prisionero que había escapado por la misma ruta.

“¿Qué estás haciendo aquí?” Preguntó Zeide asombrado.

“Te vi saltar el alambrado y meterte en el alcantarillado. No lo pensé dos veces y fui tras de ti”, dijo el hombre.

Los fugitivos escucharon corridas y gritos. La liquidación del campo había comenzado.

Zeide estaba contento tanto por la compañía como por el hecho de que el hombre tenía un reloj – un reloj de oro que había logrado esconder en el campo en contra de todas las posibilidades – lo cual les permitiría saber la hora. Esa noche, se escucharon corridas y gritos. La liquidación del campo había comenzado.

Pasaron un par de días. Se quedaron en el alcantarillado. Zeide quería quedarse ahí por un tiempo, hasta estar seguros de que todo había terminado. Obviamente, era difícil hacer eso. El alcantarillado estaba lleno de desperdicios, y era claustrofóbicamente angosto. Tampoco tenían nada para comer. Finalmente, fue demasiado para el compañero de Zeide. Necesitaba salir. Necesitaba salir en ese momento.

Mi propio corazón latía fuertemente mientras escribía esas palabras, al tiempo que imaginaba el miedo, el no saber qué hacer. “¿Qué pasó? ¿Salió? ¿Salieron los dos?”.

Zeide le rogó que no saliera, pero éste dijo que saldría igual. Tenía que salir. Apenas salió el hombre, Zeide escuchó un grito. ‘¡Achtung!’ y luego la misma voz gritándole a su compañero que se quitase el reloj. Hubo una pausa, quizás mientras el hombre hacía lo que le pedían. Luego un único disparo. Y luego dos voces, discutiendo en alemán quién sería el que se metería en el alcantarillado para ver si había allí más prisioneros fugitivos.

Pero ninguno lo hizo. Ninguno quiso ensuciarse. En cambio, los alemanes dispararon todas sus balas hacia el alcantarillado. Zeide se protegió escondiéndose detrás de un pilar de cemento y escuchó las balas zumbando a su lado, sin dañarlo. Después de una eternidad, escuchó sus pisadas alejándose, y Zeide pensó que lo mejor sería seguir adelante. Caminó pesadamente por el alcantarillado en línea recta, hasta que llegó al final.

Cubierto desde el pelo hasta los pies por desperdicio, Zeide salió a la luz del sol. El paisaje le era desconocido. Deambuló por un rato hasta que vio una niña. Zeide le preguntó si tenía algo para beber y una muda de ropa, pero ella lo miró y comenzó a gritar y a huir. Igualmente asustado, Zeide corrió en la dirección opuesta y casi atropella a un hombre que estaba caminando hacia él. ¡Era el guardia del campo! Ahora que el campo había sido liquidado estaba sin trabajo. Le dio a Zeide algo de comer y de beber, y un cambio de ropa.

Chocarse, de entre toda la gente, con el guardia… ¿cómo pudo ser?” dije en voz baja, casi para mí misma. Mi padre sonrió débilmente.

Y luego, esperando lo inesperable, Zeide le dijo la dirección de la mujer que le había susurrado en el alambrado y le preguntó al guardia si sabía en dónde encontrar la casa. Resultó ser que la casa estaba a sólo unos minutos y la mujer, fiel a su palabra, lo recibió por casi un año, hasta que llegaron los rusos.

Los judíos liberados por los rusos todavía no estaban fuera de peligro. Zeide sabía que tendría que encontrar una manera de ser útil. Conoció a dos hermanos que sabían coser y que habían sido puestos a trabajar cosiendo uniformes rusos. Siendo un oficio fácil de aprender, aprendió de ellos a coser y se puso a trabajar con ellos hasta que fue enviado a un campo de refugiados. Allí, conoció a la hermana de esos dos hermanos. Y apenas pudo conseguir una ketuvá adecuada, se casó con ella. Ella era, por supuesto, tu bobe”.

Escuché decir que si quieres recibir una brajá de un hombre santo, pídele a cualquiera que veas que se pone Tefilín en un brazo que tiene un número tatuado en él. Ese hombre fue mi abuelo. Y mientras miraba a mi hermano poner los Tefilín en el consumido brazo de mi padre, tapé mi bolígrafo, toqué suavemente su mano, y le pedí a mi padre una bendición.

Que toda inspiración derivada de esta historia sea un mérito para la neshamá de mi abuelo, Zev Yehuda ben Baruj, y una refuá shelemá para mi padre, Baruj ben Sara Jasha.