¿Qué significa la Shoá para ti? Tal vez significa el asesinato de seis millones de personas inocentes. Tal vez significa que los seres humanos son capaces de mucha más crueldad de lo que pensabas anteriormente. O, tal vez significa que toda una rama de tu árbol familiar ha sido cortada. Tal vez la Shoá es la historia de tu familia, también.

Mi abuelo, Srulik Ackerman, que sobrevivió al Holocausto en Polonia bajo la ocupación nazi, falleció hace poco más de un año. No es necesario decir que yo estaba devastada. Pero después me di cuenta que la muerte de mi abuelo era mucho más que una pérdida personal.

Los sobrevivientes del Holocausto están muriendo. Aquellos que lograron sobrevivir a lo que la mayoría de nosotros apenas puede imaginar, ahora están muriendo de vejez. Mantener la memoria de lo que les ocurrió está ahora en manos de nosotros: sus hijos, sus nietos, y cualquiera que haya conocido a un sobreviviente o haya leído su historia.

Debemos apreciar cada historia individual. Esta es sobre un niño con el pelo negro rizado y ojos marrones brillantes. Él y su hermano gemelo, Joeye, nacieron en el pueblo polaco de Nowosiolki. Su padre, un vendedor de carne casher llamado Leo Ackerman, y su esposa, Masha, llevaron una vida sencilla pero cómoda.

Muchos años después, Srulik recordó las alegrías simples de la vida cotidiana con gran deleite. Describió detalladamente la comida que comió durante sus primeros años: sopa con bolas de matzá, jalá fresca recién horneada, las bayas que él recogía con sus hermanos en el bosque. Día tras día, corría por los campos, jugaba en el bosque y disfrutaba de un chapuzón en un lago cercano.

Ahora es nuestro turno de llevar la antorcha de este horrible capítulo de nuestra historia.

Mientras un antisemitismo de proporciones sin precedentes se gestaba en Alemania, su familia permaneció ajena al peligro inminente. Sin embargo, la primera tragedia que azotó a los Ackerman llegó antes de que el régimen nazi invadiera Polonia. Un día, Srulik y su hermano gemelo, Joeye, jugaban en el bosque cuando de pronto Joeye cayó y se rasmilló la rodilla. Fue una herida como cualquier otra, una herida bastante frecuente para niños que jugaban constantemente al aire libre. Nadie le dio mucha importancia al principio. Pero la herida pronto se infectó y los médicos no pudieron ayudarlo a tiempo. De esta forma Srulik perdió a su hermano gemelo a la edad de siete años producto de un simple rasguño.

Antes de que los Ackerman tuvieran tiempo para recuperarse de su pérdida, otra tragedia se cernía en el horizonte. Todo comenzó cuando los nazis les arrebataron su único medio de transporte: su caballo. Sin el caballo, el negocio de Papa decayó. De repente, poner comida en la mesa de Shabat se convirtió en una lucha. Pero los Ackerman hicieron todo lo posible para llegar a fin de mes, y continuaron rezando y celebrando las fiestas como siempre lo habían hecho.

Una mañana, cuando Srulik y su hermano Simone regresaban a casa después de jugar en el campo de centeno, ellos notaron un coche negro estacionado frente a la casa. Vieron hombres uniformados, armados, caminando en el patio delantero. Con sus corazones acelerados, los chicos corrieron a toda velocidad de vuelta al campo y se escondieron en el tupido centeno. Mientras estaban sentados allí, Srulik y Simone comenzaron a preguntarse. ¿Hay alguien que nos está buscando? ¿Dónde está mamá y papá? Los niños decidieron echar un vistazo alrededor y Srulik subió a los hombros de Simone para obtener una mejor vista. Fue entonces cuando vio a sus padres. Pero, desafortunadamente, los pequeños no estaban solos. Junto a ellos había un hombre armado con un uniforme negro. Srulik bajó de los hombros de su hermano tan rápido como pudo. Pero era demasiado tarde, el hombre armado ya los había visto.

Todo el pueblo se reunió alrededor de la casa de los Ackerman. La multitud guardó silencio mientras la familia, encabezada por los nazis, se acercaba a la casa. Todo el mundo se quedó mudo mientras un nazi voluminoso empujaba a papá contra la pared de ladrillo de la casa. Después, el nazi hizo lo mismo con mamá, empujándola contra la pared. Cientos de personas quedaron enmudecidas, tenían demasiado miedo como para decir algo, mientras el nazi empujaba a Simone contra la pared, tal como lo había hecho con sus padres. Srulik sabía que él era el siguiente.

Sin pensarlo más, el pequeño de diez años de edad corrió como nunca antes lo había hecho. La multitud se abrió ante él como las espigas de centeno con el viento. Srulik sabía que tenía que correr si quería seguir con vida. En un instante, saltó por sobre la cerca del vecino y se escondió en los espesos arbustos detrás del río, al otro lado de su casa.

Su mamá, papá y su hermano mayor habían sido fusilados y sus cuerpos arrojados a una fosa común.

A la mañana siguiente, aún escondido en los arbustos, Srulik escuchó una conversación entre tres mujeres que lavaban ropa en el río. Fue entonces que se enteró de que la noche anterior, su mamá, papá y su hermano mayor habían sido fusilados y sus cuerpos arrojados a una fosa común.

Devastado y completamente solo, Srulik pasó dos semanas vagando por el bosque. Recibió un rayo de esperanza cuando se reunió con su tío. Pero él no sabía que lo peor aún estaba por venir.

Se escuchó un fuerte golpe en la mitad de la noche. Los nazis irrumpieron en el pequeño apartamento donde Srulik ahora vivía con la familia de su tío. Tomaron a la familia, junto con otros miles de judíos, y los llevaron a la ciudad de Miedzyrzec, la cual estaba rodeada en su gran mayoría por alambre de púas. Ahí Srulik presenció horrores de proporciones inimaginables.

En las calles de la ciudad, a plena luz del día, vio cómo los nazis lanzaban bebés contra las paredes de ladrillo. Observó cómo una madre le suplicó a un nazi para que perdonara la vida de su hija, sólo para unirse a ella en un charco de sangre un momento después. Oyó cómo un nazi le preguntó a un pequeño niño si le gustaría tocar su arma. El rostro del muchacho se iluminó, y mientras su pequeña mano se extendía para tocar el arma, el nazi le disparó al niño con esa misma arma.

Meses más tarde, después de presenciar muchos horrores en el gueto, Srulik se alegró mucho cuando descubrió un gran agujero en el alambre de púas. El fuego que se elevaba un poco más allá de los muros del gueto iluminaba el cielo de la noche y la gente corrió libremente hacia los campos en llamas. Después de más de un año de vagar por los bosques, la guerra había terminado y finalmente Srulik se unió a un batallón ruso, con esto, la pesadilla de Srulik llegó a su fin.

Con una determinación implacable, amabilidad de los extraños y una dosis de buena suerte, mi abuelo logró sobrevivir a los horrores de las atrocidades nazis. ¿Pero sobrevivirá acaso su historia? ¿Sobrevivirán los recuerdos de aquellos que atravesaron este horrible capítulo? Es nuestro deber asegurarnos de que sí lo hagan. Ahora es nuestro turno de llevar la antorcha.