Tusia Dabrowska creció en Varsovia sin saber que era judía, un hecho que ella sospechó y luego confirmó en su adolescencia. Durante los últimos 15 años ella divide su tiempo entre Varsovia y Brooklyn.

Mi abuela, una mujer ágil de sesenta y cinco años en ese entonces, se inclinó sobre una pálida bañera con azulejos color rosa y metió su mano detrás de la lavadora que estaba a su lado. Estábamos en el sótano de su casa. Ella era demasiado pequeña y tenía que subirse al borde de la bañera. Agachándose, finalmente alcanzó una bolsa plástica. Era un seco y cálido verano polaco en 1995. Mi abuela se enderezó, sosteniendo con actitud protectora el paquete envuelto firmemente, una colección de fotografías de su familia. La lavadora había dejado de funcionar hace mucho tiempo; era una especie de cofre del tesoro, ocultando recuerdos familiares innombrables. Mi abuela siempre creyó que era mejor que nuestra historia familiar muriera con ella.

Había algo indefinido, sin embargo vergonzoso acerca de nosotros. Los niños decían que mi familia era fea, adultos educados decían que yo tenía rasgos españoles, adultos menos educados decían muchas otras cosas. Yo crecí en Varsovia, lejos del pequeño pueblo del que mi madre escapó tan pronto como pudo, y de la calle en donde mi abuela vivió toda su vida, incluyendo los años que ella se escondió en otro sótano. Esa era la calle a la cual mi abuela —al igual que su madre— pertenecía. Ella perteneció a esa calle cuando era el corazón del barrio judío. Ella había pertenecido a esa calle los 50 años en que fuimos los últimos judíos allí. Incluso antes de que acabara la guerra, mientras seguía escondida, mi abuela fue bautizada. Por el resto de su vida, ella luchó por encontrar su hogar, por pertenecer, por ser aceptada.

Esta obsesiva necesidad de pertenecer moldeó las decisiones de mi abuela, y resonó en la vida de mi madre.

Esta obsesiva necesidad de pertenecer moldeó las decisiones de mi abuela, y resonó en la vida de mi madre. Yo crecí sabiendo que el aspecto más difícil de pertenecer era la amenaza de que en cualquier momento podíamos ser descubiertos. La eliminación de la vida judía en nuestra parte del mundo fue, dicho suavemente, una experiencia desconcertante para aquellos que sobrevivieron. Pero en Polonia, estuvo compuesta por la casi completa demolición de virtualmente todas las estructuras sociales. Más aún, el comunismo no tenía ningún interés en reconstruir vínculos sociales basados en prácticas democráticas. Esto significaba que incluso 40 años después de la guerra, yo aún era vulnerable a las opiniones sobre quién era yo ofrecidas por taxistas, borrachos solitarios, ancianas que necesitaban una razón para ponerse antes que yo en la fila de la tienda, y un vecino que pensaba que yo tocaba música demasiado fuerte. Yo no solamente era susceptible a la opinión de ellos; no tenía otro punto de referencia.

Mi abuela era una católica que se teñía su pelo color rojo henna y que destruyó sus fotografías familiares. Las mismas fotografías que había compartido conmigo solamente una vez en el sótano de su casa. En su lecho de muerte en el año 2006, por primera vez desde la Guerra, ella le dijo a mi madre, en confidencialidad absoluta, que éramos judías. Mi madre se enteró que éramos judías unos 35 años antes cuando un compañero de clase le dijo que él no podía salir con ella. Pero incluso si él no le hubiera dicho eso, había otras señales claras. Como el hecho de que mi abuela guardaba fotografías en la lavadora. Y que el pan jalá era más delicioso los viernes. O que Paul Newman era el único actor de pelo claro que mi abuela consideraba guapo.

A pesar de sus temores más profundos, mi abuela nos transmitió a nosotras una riqueza de cultura, una amalgama de tradiciones polacas y judías. Eso fue lo que guió a mi madre a Varsovia. Ella se mudó ahí a finales de los años 70, aproximadamente una década después de la última ronda de expulsiones de judíos de Polonia. Pero a diferencia de lo que mi madre había vivido anteriormente, la capital rebosaba con vida judía.

La asociación sociocultural de judíos en Polonia, de manera formal e informal, buscaba recolectar los restos de vida judía. Cuando yo era pequeña, casi todos los amigos de mi madre eran judíos. Era una red anónima de personas que guardaban sus historias de vida para conversaciones susurradas tarde por la noche. Eran pocos en número y tenían una conexión positiva muy reducida con su identidad étnica, cultural o religiosa. Pero además de un lazo tácito, ellos también se apoyaban los unos a los otros, incluyendo mujeres como mi madre, una madre soltera de Polonia rural con una niña enfermiza, una hija nacida prematura con problemas de riñón.

Este sentido de pérdida es un sentimiento común entre los jóvenes de Polonia, tanto judíos como no judíos.

He llegado a entender que la parte más difícil de superar la enfermedad que marcó nuestra identidad no es atesorar las tradiciones que me transmitieron, sino llegar al punto en donde puedo comenzar a delinear lo que me quitaron. Este sentido de pérdida es un sentimiento común entre los jóvenes de Polonia, tanto judíos como no judíos. Sin embargo, para mí, las fiestas judías en el shtetl son tan lejanas para mí como los Centros de Jabad que aparecen constantemente en Polonia. En un momento en que la mayoría de los jóvenes, para bien o para mal, escogen y eligen sus identidades para luego llevarlas más allá de los límites aceptados, ser judío en Polonia es como estar eternamente en el escenario del Violinista en el tejado.

Como muchos otros judíos de Varsovia, me sentía insatisfecha. Cuando ostensiblemente me preparaba para escribir una novela, pasé un año investigando las prácticas diarias de las mujeres judías en Varsovia antes de la Segunda Guerra Mundial. En los archivos fotográficos de YIVO busqué fotografías de I.L. Peretz para ver el departamento en que su esposa y compañera en activismo social vivía. En los archivos fotográficos en línea del Museo del Holocausto en Estados Unidos, estudié la moda de las mujeres. Mientras leía una variedad de blogs dedicados a la vieja Varsovia perseguí trivialidades. Aprendí sobre mercados de ideas en donde activistas políticos judíos animaban a otros judíos a unirse a sus partidos. Leí sobre Adria, el restaurante y club nocturno de mala fama, manejado por el compositor Henryk Gold y considerado uno de los centros de vida cultural judía y polaca. Descubrí activistas judías feministas, radicales bilingües y escritores trilingües, soñadoras que poblaban las calles de mi ciudad natal 50 años antes de que yo naciera. Encontré mi hogar.

Después de la guerra, Varsovia fue, al menos arquitectónicamente, reconstruida. El pasado, diverso y lleno de tensiones étnicas y culturales, sin embargo rico y co-habitable, había desaparecido. Los pocos restos del pasado que sobrevivieron cambiaron su función como si quisieran ocultar su propósito. De la Varsovia que sobrevivió, la mayoría, como por ejemplo una sinagoga de madera cerca del departamento de mi madre, fue demolida a principios de los años 70. Se asumía que la arquitectura judía no tenía propósito o uso en el país.

Permitir que las voces de historias borradas hagan eco a través de mí, me ayuda a revelar mi alegría de ser judía.

Y puesto que el comunismo cubrió el país primero con majestuosos edificios de caliza y luego con económico concreto, pareciera como que la una vez vibrante vida judía se convirtió simplemente en un dato geológico. Mi propio departamento en Varsovia, diseñado justo después de la guerra, fue construido a partir de escombros reutilizados. Fantasmas de esa otra Varsovia viven en las paredes de mi casa, y ellos me dan la fuerza y el orgullo de ser judía en Polonia ahora.

Para un judío polaco, el presente debe estar arraigado en el pasado, más allá del dolor y el miedo. Permitir que las voces de historias borradas hagan eco en mí, y a través de mí, me ayuda a revelar mi alegría de ser judía, sin sentir culpa o incomodidad. Mi experiencia de descubrir la historia de mi familia, redefinir mi pertenencia y el rol en mi comunidad es un proceso que refleja el cambio de Polonia hacia un país libre. Quizás este es el reto de ser un judío en Polonia hoy en día, nunca sentirte bien anclado en tu lugar en la historia.