La Sra. Klara Jasinski vivía en el apartamento #1 del edificio en Israel donde me crié. Nosotros vivíamos justo encima de ella, en el apartamento #6. Ella sólo hablaba polaco, caminaba con un aire de nobleza, y a mi mente de 6 años de edad le parecía que el moño rubio encima de su cabeza era su corona. Cada vez que la Sra. Jasinski entraba o salía de su apartamento, ella siempre me daba un corto pero respetuoso guiño de reconocimiento.

El interior del apartamento de la Sra. Jasinski era un reflejo de su majestad. Había un antiguo reloj de caoba en la entrada. Lujosas alfombras doradas cubrían el suelo y los muebles antiguos irradiaban el dulce aroma de antaño. Cristales y adornos llenaban las esquinas de los cuartos, y coloridas pinturas románticas cubrían las paredes. Este era su palacio.

En la amplia sala de estar, debajo de una elaborada lámpara de cristal, había un inmaculado piano de cola negro. El piano era el punto focal de toda la casa. Todo lo demás, todos los adornos de cristal, las alfombras lujosas y el mobiliario antiguo, estaban allí para complementar la grandeza del piano.

Esta era mi primera vez, y antes de acercarme al piano, la Sra. Jasinski pidió que me lavara las manos. Así comenzó mi primera clase de piano a los seis años.

Nos sentamos en el banco negro del piano. Sin hablar, la Sra. Jasinski tomó mis manos y comenzó a masajear mis dedos. Sus delicadas manos eran tan blancas como la nieve, sus dedos largos y delgados eran translúcidos, y sus uñas estaban pulidas a la perfección – cada vez que las recuerdo parecen más rojas.

Sus dedos acariciaban sus recuerdos favoritos con nostalgia

Cuando joven, la Sra. Jasinski había sido la pianista titular de la Filarmónica de Varsovia y la propietaria de un famoso conservatorio en Polonia. Al otro lado de su sala de estar, había al menos una docena de fotografías enmarcadas de ella tocando en salas de conciertos en Viena, París y Moscú. Una vez, ella me mostró un álbum con cartas de sus admiradores y recortes de periódicos polacos que describían sus actuaciones europeas. Sus ojos brillaban mientras ella hojeaba lentamente los álbumes, acariciando inconscientemente sus recuerdos favoritos con nostalgia.

Comenzamos nuestra lección. La Sra. Jasinski tocó el teclado lentamente y con gracia, dedo después de dedo, a la derecha luego a la izquierda, tecla tras tecla, en orden perfecto. Mientras tocaba, las mangas de su blusa de seda rodaban hacia arriba. En su brazo, noté un número azul de seis dígitos impreso en su impecable piel. La imagen me impactó. En ese momento, me hubiese gustado poder hablar en polaco y soltar una avalancha de preguntas que instantáneamente aquejaron mi joven mente.

Mis clases de piano duraron sólo unas pocas semanas. Yo no podía entender el polaco de la Sra. Jasinski y ella no podía entender mi imprecisión táctil.

Túnica Andrajosa

Pasaron algunos años y empecé a ver a la Sra. Jasinski cada vez menos. Janek, su marido, un hombre grande pero amable, dejaba el apartamento temprano cada mañana y volvía del trabajo en la noche, ofreciéndome amablemente el mismo guiño característico de su esposa, pero rara vez intercambiando palabras con alguien. Su único hijo, Stephen, era varios años mayor que yo. Él nunca se unió a nosotros, los niños del barrio, para jugar afuera en la calle, y cuando se encontraba con alguien del edificio, rápidamente volteaba su cabeza para evitar el reconocimiento.

La única señal de vida de la Sra. Jasinski era su forma de tocar el piano. Ella tocaba durante horas todos los días. Su música se escapaba a través de las paredes de su apartamento, flotando a través de la escalera del edificio y dentro y fuera de sus pasillos. En las noches de verano, cuando las ventanas de todo el mundo estaban abiertas, la melodiosa música de la Sra. Jasinski era la canción de cuna que ponía a todos los niños dulcemente a dormir.

A medida que pasaban los años, la Sra. Jasinski ya no era una imagen elegante de refinamiento y gracia. Llevaba el pelo suelto, su túnica estaba andrajosa, y sus ojos estaban muy abiertos y saltones. Ella paseaba frenéticamente por los pasillos de nuestro edificio, aterrorizada y sin rumbo. Yo no podía entender qué había sucedido.

Ella gritaba amargamente en polaco: “¡Vienen por mí!”.

Pasó el tiempo y su estado empeoró. Ella paseaba por la calle en frente de nuestro edificio, murmurando incoherencias en polaco, rogando por atención. Los extraños la evadían y se desviaban hacia los costados, tratando de evitar el contacto visual con la mujer angustiada. A veces, ella gritaba amargamente en polaco: "¡Janek, Janek!, ¿dónde estás!? ¡Ellos vienen! ¡Vienen por mí!".

Sus gritos sollozantes me hacían temblar. Escondida detrás de las persianas de la ventana de nuestra casa, yo miraba hacia afuera, preguntándome por qué Janek no venía a ayudarla.

Cuando sus ataques de pánico se hicieron cada vez más frecuentes, su marido se vio obligado a encerrarla dentro de su apartamento cuando salía a trabajar. Sus amargos gritos y peticiones no eran respondidos y escalaban en intensidad. Ella golpeaba con fuerza las puertas, las paredes, pidiendo que la dejaran salir, para escapar de los demonios que la perseguían por segunda vez en su vida. Ella no sabía dónde esconderse.

Eventualmente, su hijo Stephen se unió al ejército y dejó la casa. Janek llegaba tarde a casa cada noche. Ella estaba encerrada sola en su apartamento por días, semanas y meses cada vez.

En raras ocasiones, cuando la Sra. Jasinski estaba en paz por unas cuantas horas, se oía el familiar sonido dulce de su piano. Ella se convertía, por un instante, en la exitosa pianista de Varsovia otra vez. Pero a medida que su calma interior tambaleaba una vez más, sus fuertes y conmovedoras melodías daban paso a notas melancólicas, hasta que la música se desvanecía por completo. Era, por desgracia, una composición autobiográfica en tiempo real.

Un año más tarde, la Sra. Jasinski murió. Su marido vendió el apartamento y se mudó a otra ciudad. Su casa fue desarmada poco a poco. El piano quedó tirado afuera, ladeado, esperando a ser recogido. Una joven familia se mudó y el apartamento de la Sra. Jasinski se llenó con las voces melódicas y alegres de los niños.

A veces, la música de Klara vuelve a mí y puedo escuchar sus melodías en mi corazón.