Nuestros ayudantes (inmigrantes extranjeros) se balanceaban mientras cargaban una caja de plástico de 80 litros llena de libros, bajando las escaleras en medio del calor del verano.

"¡Gracias!" Era la única palabra que conocíamos en su idioma, pero resultaba útil. Ellos sonreían cortésmente, mientras se secaban las gotas de sudor que corrían por sus rostros.

Había que hacerlo. El orden. La selección. Lo que nos quedamos. Lo que dejamos. Tenemos espacio para 10 maletas en el vuelo de Aliá y una pequeña sección dentro de un contenedor para transportar el resto de nuestras pertenencias. Cuando uno se muda desde un barrio a otro, uno puede darse el lujo de transportar las porquerías. Pero a 200 dólares por metro cúbico, ni mi colección de estampillas de 5º grado ni el computador de mi marido, que databa de su primer año de universidad, pudieron llegar a estar en la lista de lo que nos quedamos.

"¡Pero esto representa mi historia!". Mi marido me miraba sosteniendo fuertemente su casco de carreras de autos autografiado.

"No tenemos espacio para sentimentalismos en este momento. ¿Este es un objeto que quieres traspasarle a tu hijo?"

"No tenemos espacio para sentimentalismos en este momento". Negué con la cabeza. "Además, no necesitas esto. ¿Dónde lo pondrás en Israel? ¿Este es un objeto que quieres traspasarle a tu hijo?".

Cuidadosamente puso el casco en el brazo del sillón y dio un paso atrás renunciando oficialmente a su posesión. "Está bien, ponlo en venta, junto con tu plato para dulces", dijo él.

Saqué mi plato para dulces de la caja. "Espera un minuto. Mi profesor me dio esto cuando me gradué de la universidad. Mi nombre está grabado en él. Nadie querrá comprarlo".

"Querida", mi esposo sonrió cruzando sus brazos calmadamente, "entonces ponlo en la basura. Ha estado en una caja por más de 10 años".

"¿¡Y eso qué!? ¿Quién sabía que estaba en una caja hasta ahora? ¡Pensé que se había perdido!" Este plato para dulces representaba un período de mi vida. Me hacía recordar mi época universitaria. Y además, cuando era pequeña, mi abuela solía dejar caramelos duros en un plato de dulces colorido en su mesita de té. Repentinamente me recordó a mi abuela que estaba en un asilo de ancianos. Este plato de dulces estaba cargado de significados.

"Tendré que pensarlo", murmuré, volteando la cara.

Y así siguió. 'Quiero' versus 'Necesito'.

No tenemos espacio para los 'Quiero' en Israel. Las piezas son más pequeñas. No habrá grandes bodegas, patios traseros con enormes cobertizos o armarios gigantescos para almacenar nuestras porquerías. Camas, platos, ropas – esas eran nuestras necesidades. Teníamos que renunciar a las extrañas pilas de cosas que habían definido nuestra vida durante tanto tiempo.

Nuestra "Venta de Aliá" nos llevó al siguiente nivel en este ejercicio. A medida que colocábamos los bienes en el patio enfrente de la casa, los niños del barrio comenzaron a acercarse, cada vez más, observando los camiones y las muñecas, jugando con los centavos en sus bolsillos, sólo contenidos por nuestros hijos que hacían guardia sobre sus juguetes (que no habían visto en tres años).

Pero ni las nubes que se acercaban a la distancia, ni los niños desordenando los objetos en venta causaron que el aire se pusiera tenso. Era la finalidad de todo eso.

"Mira, cariño", mi marido sostenía un contenedor verde. "Echa un vistazo y adivina lo que es". Abrí el contenedor con miedo. Quién sabe por qué tipo de cosa un hombre se pone sentimental y lo guarda para mostrárselo a su mujer. ¡Podría haber sido una cola de gato! Afortunadamente, lo que encontré era un montón de basura seca.

"¿Es tierra de Israel, querido?", me iluminé, sintiéndome orgullosa de su profunda y antigua conexión con la Tierra Santa.

"No. Esto, querida, es tierra de la pista de carreras". Oh, sí. Los últimos remanentes de la pista de carreras. Tenía sentido. No había conexión con Israel en aquel entonces.

La basura fue desechada, junto con una caja de revistas de carreras y con libros sobre tecnología de autos de carreras. Sus dedos apuntaban hacia arriba y abajo, haciendo gestos, despidiéndose de una era en su vida que había sido definida por una pasión diferente. En una esquina oscura de la casa, puede que incluso haya derramado una lágrima o dos.

Fue triste. Pero no tan triste.

No tan triste como el hecho de que mis 6 cajas de libros de la universidad yacían en el pasto sin que nadie les prestara mucha atención; pronto seguirían el camino al montón del reciclaje, después de que una lluvia relámpago empapara todo, causando que las páginas de mis libros se pegaran unas a otras y que la tinta se borrara.

Di vuelta las páginas empapadas, leyendo algunas de mis notas en los márgenes. Alguna vez busqué el sentido de la vida en estos libros de música y teatro. Y ahora me aburrían.

Ciertamente la despedida de mis libros fue triste.

Pero no tan triste. ¡Qué revelación!

Y así siguió el día: lluvia, sol, atardecer, relámpagos, mosquitos, hasta que buena parte de nuestras cosas habían encontrado nuevos hogares.

"¡Todo es gratis! ¡Vamos, vengan todos!". Proclamó mi marido, con su voz retumbando en nuestra calle sin salida, con sus brazos levantados en el aire.

Los niños del vecindario rápidamente vaciaron los contenedores, mientras nuestros niños saltaban alrededor reclamando algunos juguetes para ellos, algunos juguetes de su propio pasado a los que aferrarse.

Mi marido y yo intercambiamos una sonrisa – ahora vamos al siguiente paso, mientras preparamos nuestra mudanza a Eretz Israel. El cargamento de las cosas que "necesitamos" sale en un barco rumbo a Israel en una semana.

Viviremos por un mes sin los trastes y sin los montones de cosas, a medida que hacemos la transición de nuestra niñez americana a nuestra adolescencia israelí.

P.D. El plato para dulces fue introducido en el casco de carreras, que se introdujo apretadamente a su vez en una caja de juguetes que mandamos a Israel.

Me imagino que las despedidas no siempre tienen que ser tan definitivas.