Pasé un año estudiando en la Universidad Hebrea de Jerusalem en 1964. Casi 50 años después, el país ha atravesado muchos cambios, y como buena canadiense residiendo es su país, he observado desde lejos con interés. Uno de los cambios que he observado es que Israel ha sido objeto de una agresiva campaña de deslegitimación internacional, alegando que Israel es en cierto modo una entidad ilegítima.

Es difícil leer entre líneas de los comentarios mediáticos y llegar a la verdad, así que decidí poner mi negocio en Vancouver en espera, alquilar un apartamento en Israel durante dos meses, y responder la pregunta por mi propia cuenta: ¿Cuál es el verdadero Israel? Estas son mis conclusiones.

En ninguna parte del mundo un país contiene tanta diversidad en un espacio tan reducido. En ningún otro lugar del mundo un país se ha atrevido exitosamente a lograr tanto con tan poco.

No existe una sensación predominante de pánico o peligro.

Durante los dos meses de mi estadía, fue difícil para mí creer que Israel es un lugar que está en serio peligro de extinción a manos de enemigos determinados. Parece que la gente va por la vida muy normal. No existe una sensación predominante de pánico o peligro. No hay un corte en las actividades. Si es que existe algo, es una amplia evidencia de gente disfrutando de la vida. Por ejemplo, un día estaba de excursión con un amigo que sugirió que buscáramos flores silvestres de primavera, amapolas y lirios. No estábamos solos. Las colinas estaban repletas de gente, había casi tantas personas como flores, señalando emocionadas hacia donde se podían encontrar los mayores conglomerados de flores. El viento llevaba los sonidos de "uhs" y "ahs" arriba y abajo de las colinas.

Si bien los militares y los guardias de seguridad son una parte importante de la vida en Israel, nunca lo percibí como una presencia intimidante o amenazadora. Por una parte, los soldados son muy jóvenes. Y a excepción de los uniformes y rifles (que cargan en todo momento), ellos no se destacan. Se comportan como los jóvenes en todas partes, caminando con auriculares, o simplemente pasando el tiempo en grupos, tendidos sobre sus bolsos de lona a la espera de los autobuses. La población en general muestra una gran deferencia ante ellos, y los tratan como si fueran hijos, y por supuesto, lo son.

Es una maravillosa paradoja de la vida israelí que un país en peligro de aniquilación, y con una gran presencia militar, no sólo se siente seguro, sino normal.

Yo estaba cortándome el pelo en una peluquería en un día frío y lluvioso en Tel Aviv cuando de pronto llegó el cartero al salón para entregar el correo. "Usted debe estar empapado y helado", dijo Liz, la propietaria de la tienda. "Venga. Siéntese por un momento y déjeme prepararle una taza de té". Agradecido por el gesto, el cartero no se hizo de rogar. "He tomado un montón de té de hoy", dijo con una amplia sonrisa, implicando que ésta no era la primera vez que le brindaban este gesto de amabilidad.

Vivir con Propósito

No, no me he llevado la impresión de que la vida en Israel es ideal. Está lejos de ello. Hay una brecha muy grande entre los que tienen y los que no tienen. La economía diaria es una lucha para muchas personas. Una y otra vez, personas de clase media me dijeron que trabajaban muy duro para ganarse la vida. "¿Por qué se quedan?", les preguntaba yo. Zehavit me dio una respuesta especial:

Treinta y dos años de edad y comprometida para casarse, ella es propietaria de un salón de uñas en el centro de Jerusalem, trabaja 60 horas a la semana, vive austeramente, y se queja de que ella y su novio no pueden ahorrar dinero al final del mes. Anteriormente vivió en los Estados Unidos por tres años, pero volvió a Israel. "La vida en Estados Unidos es mucho más fácil", dijo. "Pero las personas se preocupan por los demás aquí en Israel".

La mayoría de las personas que viven en Israel lo hacen porque aquí es donde quieren estar. Podrían vivir en otro lugar, y a menudo lo han hecho. Pero al final escogen Israel. Quieren construir un país, hacer una diferencia, pertenecer, ser parte de la historia, del destino judío, o tal vez abrazar la maldición china de “vivir en tiempos interesantes”. Hay un sentido muy convincente de propósito en este país. Es más que patriotismo. Y no se trata sólo de sobrevivir. Se trata de vivir con un propósito. Se trata de sentir una reverencia por la vida. Tratar de ponerlo en palabras lo hace sonar sentimental y trivial.

Hay una escultura en Sderot, que para mí ejemplifica lo que las palabras no pueden transmitir. Durante muchos años, Sderot ha sido la ciudad más vulnerable de Israel. Después de que Israel se retiró de Gaza, los palestinos comenzaron a lanzar cohetes Qassam contra Sderot – más de 6.000 – que han hecho mucho daño, tanto económica como psicológicamente. Eventualmente, las incursiones de Israel en Gaza y el uso de equipos sofisticados que interceptan cohetes han disminuido un poco el terror.

En una intersección de caminos en Sderot, hay una escultura de un hombre tocando una batería. Lo que es inusual de ella es que fue hecha con metal de cohetes Qassam. Para mí, la escultura y el espíritu detrás de su creación, habla acerca de la supervivencia con gracia, de tomar algo que tiene intenciones letales y casi perversamente, convertirlo en algo bello. Es una poderosa forma israelí de decir: "No nos van a derrotar".

En mi última noche en Israel, mi amigo y yo fuimos a un restaurante local de pescado. Nos sentamos cerca de la cocina, y me di cuenta que los dos chefs eran asiáticos, pero no podía identificar su origen étnico. Entonces, le pregunté a la joven camarera, una estudiante de la Universidad de Tel Aviv. "Son birmanos", respondió ella. "Ellos vinieron aquí como refugiados políticos".

"¿Cuántos birmanos hay en Israel y cómo llegaron hasta aquí?", le pregunté. Fue a la cocina y regresó un momento después con la respuesta. "Hay alrededor de 200 en Israel y vinieron aquí a través de Tailandia. Oyeron que Israel era un buen lugar para los refugiados".

Mis dos meses en Israel me abrieron los ojos. Israel no era el país que yo recordaba hace casi 50 años atrás, cuando yo estaba allí como estudiante universitaria. Ahora, es mucho mejor.