Ha pasado un año desde que entre al ejercito israelí y nunca pensé que lo iría a disfrutar tanto. Las emociones, la excitación, los altos y bajos, cada día es totalmente diferente al anterior.

Durante la secundaria quería unirme al ejército estadounidense. Yo era un patriota; el himno de Estados Unidos siempre traía lágrimas a mis ojos. Mis padres no estaban muy emocionados con esa idea. Luego de muchas charlas, tuve mi epifanía. Soy un judío y al unirme al ejército israelí, estaría defendiendo a mi gente y a mi hogar. No importa que tipo de judío eres, somos todos parte de la grandiosa nación judía. Somos una familia, compañeros de armas, y esta es verdaderamente la tierra de la libertad y la casa del valiente.

Así que me uní al Ejército de Defensa de Israel en marzo del 2007, y estaba completamente desprevenido. ¿Cómo podría estar preparado? Todas las películas y shows de TV que había visto sobre lo que pasaba en el ejército estadounidense mostraban un estilo de vida bastante intenso y abusivo, así que eso es lo que estaba esperando. Por suerte mi experiencia fue algo lejano a eso.

Con el apoyo de tu compañero puedes hacer mucho; con el apoyo de tus comandantes y oficiales puedes hacer todo.

Nuestros comandantes y oficiales nos sentaron el primer día y nos dijeron a todos que la única forma en que tendríamos éxito era querer y respetarnos unos a los otros. Con el apoyo de tu compañero puedes hacer mucho; saltar el muro, arrastrarte por debajo de alambre de púa, y subir y bajar techos. Pero con el apoyo de tus comandantes y oficiales puedes hacer todo; desbaratar contrabandos, capturar prófugos y arrestar terroristas.

El entrenamiento fue un infierno. Estaba la carrera de obstáculos, las semanas en el campo, aprendiendo a disparar, donde esconderse, donde se esconde el enemigo, aprendes el ejercicio. Estaban los llamados para levantarse a las 3 am, especialmente tortuosos luego de no haber tenido permiso para ir a dormir antes de la 1:30 am. Estaba el ejercicio del gas lacrimógeno, donde estabas forzado a correr medio kilómetro, hacer 30 flexiones con la mascara puesta, luego entrar a un carpa llena de gas lacrimógeno y sacarte la mascara para ver cuanto podías aguantar, mientras eras retenido dentro por un oficial (que llevaba puesta una mascara).

Tuvimos muchas, muchas caminatas. Cubrimos muchos, muchos kilómetros. Pero no eran simples caminatas; caminábamos 20 kilómetros sobre terreno montañoso, para luego sacar tres camillas, y cargar a los afortunados encima (de alguna forma eran siempre los mismos), llevando a un par más encima de nuestros hombros y continuar la marcha. Todo el tiempo bajo los gritos de los comandantes –gritos acerca de nuestra debilidad, y de que tenemos que continuar y no rendirnos.

Pero veamos al apoyo y el amor. Todos estábamos trabajando como un equipo, aunque de vez en cuando teníamos carreras y competiciones para ver quien era el mejor y en las que todos eran muy fuertes. Una de las carreras era completar 86 abdominales seguidas por 75 flexiones, para luego correr 2 kilómetros en menos de nueve minutos. Si no pasabas, eras avergonzado y tenías que hacerlo de nuevo hasta lograrlo.

Durante una de las corridas, presencié uno de los actos más hermosos y desinteresados. Acabábamos de terminar la primera ronda y estábamos comenzando la segunda cuando vi a una pareja de personas quedándose atrás, exhaustos. Pensé para mí mismo, Qué lastima, van a tener que hacerlo de nuevo. Luego vi al corredor que iba a la cabeza y a su mejor amigo parar, darse la vuelta, y comenzar a correr en dirección contraria. Habían vuelto por los que se quedaron atrás y comenzaron a correr junto con ellos, animándolos básicamente para que continúen la carrera. No terminaron pasando la prueba, pero no les importaba – habían logrado algo más: le habían demostrado a todos los demás lo que es realmente importante. Ahí es cuando empezamos a crear una amistad afectuosa entre todos nosotros. Y eso es lo que nos llevó por todo el entrenamiento.

El día anterior a ser liberados para unas pequeñas vacaciones debido a las fiestas de Rosh Hashaná y Iom Kipur, uno de nuestros comandantes llamó a toda nuestra compañía para hablarnos. Esto era en medio del entrenamiento y existe una cierta distancia entre tú y tu comandante. No puedes dirigirle la palabra sin su permiso, e incluso así, con gran respeto, tienes que recordar siempre que eres tan sólo un soldado raso y él es un teniente primero o segundo. Él nos dijo que tengamos unas buenas vacaciones y luego dijo algo que nadie podía creer. En nombre de todos los otros comandantes, nos pidió perdón. No dijo que todas las veces que nos habían gritado o desanimado fue tan sólo por nuestro beneficio y nunca por algo personal. Si alguno de nosotros se había visto insultado el sólo quería pedir perdón y aclarar que venía desde el corazón, por nuestros propio bien. Dejó en claro que en esto estábamos todos juntos – como judíos, como hermanos, como parte de Klal Israel, el pueblo judío. Y luego nos deseo un "Buen Iom Tov".

Estaba empezando a darme cuenta que este es realmente un ejército como ningún otro.