Fue el verano previo a mi último año de universidad. Después de un agotador año repleto de noches sin dormir en la biblioteca, quería un descanso. Un viaje al aire libre por Israel me venía como anillo al dedo. Hicimos rapel en impresionantes cascadas y buceamos en Eilat. Escalamos escabrosos acantilados al amanecer y dormimos bajo el estrellado cielo del desierto. Al final del programa, una amiga me preguntó si quería unirme a ella en la sesión de tres semanas de Voluntarios del Ejército de Defensa Israelí. La universidad recién empezaba un mes después y el programa sonaba interesante. Cambié la fecha de mi vuelo y en poco tiempo estaba en una base del ejército en el norte de Israel.

Nos dieron uniformes del ejército que nos quedaban demasiado grandes y cantimploras de metal con soportes plásticos verdes. Tomando fotos de los cuarteles de nuestra base nos reímos por lo absurdas que nos veíamos; parecíamos niñas disfrazadas. Comíamos en el mismo comedor que los soldados y nos levantábamos a las 4:30 a.m. con el megáfono del ejército vociferando algún mensaje incomprensible en medio de la aún oscura cima de la montaña. Mientras los soldados rápidamente se metían en jeeps y partían hacia destinos desconocidos, nosotras nos apresurábamos hasta el autobús de los voluntarios que nos llevaba a un sitio en donde construíamos barricadas para el ejército. Atábamos cables para la infraestructura y vertíamos cemento bajo el intenso sol.

Una mañana no bebí suficiente agua y terminé en la clínica del ejército por deshidratación. Recuerdo al doctor del ejército diciendo: "At beséder, ‘estás bien’. Hakol beséder, ‘todo está bien’". Y después de recuperarme durante unos minutos en el edificio con aire acondicionado, salí caminando hacia la radiante calma de la media tarde y sentí como si las palabras me hubieran seguido hasta las barricadas. Hakol beséder.

Llegábamos hambrientas a las comidas. Comía rebanadas y rebanadas de pan con tomate y pepino. Decía las bendiciones tradicionales judías antes y después de las comidas y, en el tercer día del programa, el comandante de la base del ejército se sentó frente a mí.

“¿Eres religiosa?”, me preguntó en hebreo.

Yo asentí, lo cual pareció confundirlo.

“Mis abuelos eran religiosos, yo no lo soy. Pero creo en Dios”, dijo, mirando hacia arriba.

Miré las medallas sobre su camisa. Movió su gorra hacia un lado antes de pararse. “Es bueno que Le digas gracias cuando comes. El ejército necesita una rabanit; tú puedes ser la rabanit del extranjero. Reza por nosotros, ¿beséder?”, y se fue.

Recé en las oscuras mañanas antes de la salida del sol. Encontré la pequeña sinagoga de la base y me paré allí con mi uniforme grande y con mi alma sedienta. Dije las plegarias que estaban tan grabadas en mi memoria que casi no necesitaba el viejo sidur de cuero marrón en mis manos. Pensé en la voz llena de fe del doctor del ejército, hakol beséder, y en los ojos del comandante mientras hablaba de sus abuelos.

Una mañana me encontré con el comandante cuando salía del shul. “¿Dijiste Shemá Israel?”, me preguntó. “Porque eso es lo que sé, el Shemá. ¿Sabes qué es lo que más asusta de estar en el ejército?”.

Me aferré a mi sidur ante la feroz luz que se filtraba hacia nosotros desde el horizonte. No sabía, pero podía imaginarlo. Temer ser herido, temer morir. Meneé mi cabeza.

“No es el miedo a morir”, dijo como si hubiera leído mi mente, “sino que es el miedo a vivir después que otros han muerto. Es temer herir a otros para proteger a tus propios hombres. ¿Pero qué puedes hacer? Dios está a cargo; al igual que Él cuida a Israel, también cuida el corazón. ¿Verdad, rabanit del extranjero?”.

Cada mañana yo miraba a los soldados desde la ventana del autobús mientras dejábamos la base. Tenían mi edad. No, de hecho eran aún más jóvenes. Aún no habían tenido la oportunidad de sentarse durante interminables horas en las bibliotecas universitarias. No habían tenido la oportunidad de rezar, de crecer, de aprender a no temer a portar armas y a embarcarse en misiones mucho más pesadas de lo que sus jóvenes hombros deberían estar cargando.

Y en esas últimas semanas de ese verano, pensé en mi vida. En mi último año universitario. En la larga lista de interrogantes que surgiría cuando se acercara la graduación. Hacia dónde ir, qué hacer, quién era yo, quién quería ser. De repente todo parecía tan lejano e ilusorio en la silente acusación de la vida que me rodeaba. ¿Qué es lo que realmente importa? ¿Estaba demasiado atemorizada de vivir?

La sirena llenaba mi corazón al tiempo que escuchaba la voz del comandante: reza por nosotros.

Unos pocos años después me casé e hice aliá. Un día, me encontraba manejando por la autopista en Iom HaZikarón, el día conmemorativo de Israel, cuando las sirenas sonaron por todo el país. Detuve mi auto y me paré bajo el brillo del sol matutino, viendo las filas de autos congelados mientras la gente se paraba con la cabeza hacia el piso o hacia el cielo, con lágrimas cayendo por las mejillas o con expresiones que mantenían todo en el interior, con recuerdos que se desvanecían como la resplandeciente luz en el asfalto negro. Los rostros de los soldados, los rostros de los niños. La sirena llenaba mi corazón al tiempo que escuchaba la voz del comandante de ese verano hace tanto tiempo. Reza por nosotros. Lo hice, construí barricadas de plegaria en mi corazón que se unían a las dolorosas y silentes plegarias que me rodeaban. No podemos temer seguir adelante.

Parecía que la sirena sonaría por siempre antes de desaparecer en las montañas que nos rodeaban. Volví a mi auto, me sequé las lágrimas y confié en que Quien cuida a Israel cuidará nuestros corazones. Shemá Israel. Eso es lo que sabemos, eso es quienes somos mientras encendemos los motores y conducimos hacia nuestros destinos.