El Mar Mediterráneo se extiende delante de mí, brillando ante el sol poniente. Dos barcos se ubican magistralmente a la distancia. El cielo está oscurecido; la brisa se intensifica.

Entre el agua y yo hay 200 chicos de pie. A la orden entrecortada del oficial comandante, 400 botas se separan dando un zapatazo, 400 botas se unen dando un zapatazo, y una oleada de voces resuena en unísono. La bandera israelí se eleva y se leen versículos de la Torá, entre el estruendo de truenos. Un oficial lideró la ceremonia de juramento, recitando una frase, pausando para el resonante eco de los soldados delante de él. Cada joven prometió proteger al país con su corazón, su alma, y de ser necesario, su vida. Rayos de luz zigzagueaban en el horizonte. Cayó lluvia. Uno por uno, cada soldado fue llamado para su juramento.

¡Aní nishbá!” (Yo juro). Bum. Trueno.

¡Aní matzir!” (Yo declaro).

Las familias abrieron frenéticamente los paraguas y metieron las cámaras en las fundas. Los chicos se quedaron parados atentamente, sin moverse.

Yo miré a mi hijo. Hacía un mes, se negó a que le dijeran lo que tenía que hacer. Mis súplicas para que limpiara su cuarto y sacara la basura eran recibidas con respeto y convenientemente olvidadas. Ahora, una orden de moverse un poquito de una determinada manera, o de no moverse en lo absoluto, era inmediata y completamente honorada.

Los chicos se pararon atentamente, fuertes, robustos, empapados. Si las caras hubiesen sido un borrón inidentificable, yo simplemente hubiese estado asombrada. Hombres y mujeres jóvenes comprometidos con su país, dispuestos a enfrentar poderosas naciones vecinas pidiendo su aniquilación. Pero mi asombro estaba aunado a un miedo personal, porque conocía una cara. Conocía su forma, su hoyuelo, su barba incipiente, su cicatriz.

Nuestro orgullo se cubre con ansiedad. Tratamos de ignorarla, negarla, subyugarla, pero vive como una tenaz hierba, insertando toxicidad en nuestras vidas.

La Aliá nos fuerza a enfrentar una nueva realidad: nuestros hijos en uniforme. Nosotros tratamos de ignorarla, negarla, subyugarla, pero vive como una tenaz hierba, insertando toxicidad en nuestras vidas, como una enfermedad inexplicable.

¿Cómo podemos deleitarnos en la inspiración y la esperanza que nos trajo aquí, en lugar de encogernos ante las peligrosas realidades que estamos forzados a enfrentar?

Una fuerte respuesta ante el miedo es reconocerlo. Está allí. He llegado a conocerlo. ¿Qué tan grande es? ¿Qué tan oscuro? ¿Me ataca de día o ensombrece la tranquilidad de la noche? Trato de no analizar, criticar ni juzgar. Sólo observo. Tan sólo advertir el miedo es suficiente para que difunda su poder sobre mí.

Otra forma de tratar con el miedo es permanecer en el presente. El miedo es sobre algo que puede pasar, no sobre algo que está pasando ahora. Como dijo Mark Twain: "He tenido muchos problemas, pero la mayoría de ellos nunca ocurrieron". Dado que muchos de nosotros gastamos tanta energía revisitando compulsivamente el pasado o preocupándonos por el futuro, vivir en el presente disipa las preocupaciones y trae una sensación de calma y alegría. Puedo aprovechar el poder del ahora en cualquier momento, atrayendo mi atención a la experiencia inmediata. ¿Qué está pasando en este instante? ¿Qué escucho? ¿Qué huelo? ¿Qué cosas siento en mi cuerpo? ¿Cómo se siente la silla sobre la que estoy sentada/el piso sobre el que estoy parada en este momento?

Finalmente encuentro el opuesto del miedo: la fe. El miedo involucra la contracción de los sentidos, mientras que la fe involucra relajarse y confiar en lo desconocido. Para mí, el miedo y la fe no pueden coexistir. Se parece al mito de la multitarea, en donde pareciera que estamos haciendo dos tareas al mismo tiempo cuando en realidad estamos alternando entre ellas a la velocidad de la luz. Paso de estar temerosa a tener fe de un momento a otro. Exploro formas para fortalecer mi creencia en un Ser Superior omnisciente y compasivo. La fe es poderosa. Anidada en este manto de convicción, logro elegir la forma en la que quiero responder ante la vida.

En tres años (o cinco, siete o diez) terminará el servicio militar de nuestro hijo. Como si fuera una vuelta en la montaña rusa, los años pasarán más allá de lo fuerte que cerremos nuestros ojos o lo desesperadamente que nos aferremos al asiento. Podemos atravesar este período llenos de ansiedad y tensión, o podemos vivirlo con ecuanimidad, reviviendo el orgullo y el sentido de pertenencia que inicialmente nos trajeron aquí.

¡Aní matzir!”

Miro a mi hijo, y percibo la sonrisa detrás de la solemnidad. Alejo los pensamientos sobre el futuro – del horror imaginado y la temida tragedia. La fresca brisa del Mediterráneo acaricia mi rostro. El agua gotea del paraguas del vecino sobre mi brazo. Yo respiro. Confío en que todo esto encaja en un Plan Maestro. En este momento, acepto, y estoy en calma.