Cuando yo tenía 11 años, mis padres, a pesar de un largo historial familiar de ineptitudes atléticas, me inscribieron en clases de tenis. El profesor me daba instrucciones como: "¡Párate así! ¡Pon tu cabeza de ésta forma! ¡Toma la raqueta así! ¡Mueve la raqueta de esta forma!".

Yo hice mi mayor esfuerzo (¡Realmente lo hice!), pero cada vez que la pelota venía hacia mí, podía recordar tan sólo una o dos de las instrucciones. Esto no era suficiente para hacer que la pelota pasara la red y caiga al otro lado de la cancha. Nunca logré ser una jugadora de tenis.

Un par de décadas más tarde, un libro llamado El Juego Interno de Tenis se hizo muy popular en el mundo New Age en que yo estaba viviendo. La premisa del autor era que una persona no aprende a jugar tenis – o cualquier habilidad- haciendo caso a un montón de reglas e indicaciones, sino que viendo jugar a un experto. Mientras más uno observa a un experto, algún mecanismo inconciente del cerebro va interiorizando cada vez más todos los movimientos correctos. Luego en la cancha, sin siquiera pensarlo, uno simplemente reproduce dichos movimientos como un profesional.

Seguir las huellas de un gigante no requiere usar sus mismos zapatos, tan sólo caminar en su misma dirección.

Identificar expertos en el arte de vivir, observarlos e imitarlos, es un método judío de crecimiento espiritual dos milenios más antiguo que El Juego Interno de Tenis. El Talmud está repleto de anécdotas de los sabios, para que así las generaciones siguientes puedan guiar su comportamiento gracias a ellos. La idea no es imitar a personajes sagrados, ya que lo Divino no se puede calcar, sino el reconocer un ideal claro y luchar por alcanzarlo. Seguir las huellas de un gigante no requiere usar sus mismos zapatos, requiere tan sólo caminar en su misma dirección.

Por ejemplo, Rabi Yojanan Ben Zakai, el sabio más grande de su época, era tan humilde que siempre saludaba a toda la gente que pasaba a su lado, sin esperar ser saludado antes. Dos mil años después, mientras estamos caminando por la entrada de nuestro edificio o paseando durante el descanso en un seminario de nuestra compañía, debemos tener en cuenta el ejemplo de Rabi Yojanan e intentar aplicarlo. Si no podemos lograr saludar a todas las personas, por lo menos podemos sonreírles. Si no podemos llegar a sonreírles a todos, quizás sólo a las caras conocidas.

Tal vez no lleguemos a ser Lindsay Davenport o Venus Williams, pero por lo menos podemos llegar a pasar la pelota por encima de la red.

La Persona que Podrías Haber Sido

Durante "Los Diez Días de Teshuvá", partiendo en Rosh Hashaná y culminando en Iom Kipur, cada judío debería reflexionar en quién fue el año pasado y contrastarlo con la imagen de la persona que podría haber sido: más amable, menos prejuicioso, más sincero, etc. Lo importante para hacer Teshuvá, para arrepentirse, significa: Convertirse en la persona que podrías haber sido.

Este es el método para hacer Teshuvá recomendado por Maimónides. Él nos recomienda visualizar nuestro ideal de persona, y luego formularnos pasos específicos de cómo lograr llegar desde aquí hasta allá.

Puedes utilizar tu tiempo libre (en el automóvil, caminando) para imaginarte situaciones desafiantes. Luego visualizar a tu "Yo ideal" actuando heroicamente en esos escenarios.

Por ejemplo, digamos que saliste de tu casa 45 minutos tarde hacia el trabajo debido a una situación ineludible: Tu madre está en las etapas iniciales de Alzheimer, y justo cuando te estabas yendo a trabajar, te llama desde el teléfono celular que tú le diste y te dice que está en la esquina de alguna calle que no conoce y no sabe como volver a casa.

Ahora, habiéndote encargado ya de esa crisis, estás yendo al trabajo en el tren, atrasada. Sabes que cuando entres a la oficina, tu odioso supervisor te lanzará alguna burla sarcástica sobre tu tardanza. También sabes, por tu experiencia pasada, que le responderás con una respuesta igualmente maliciosa. Luego tu supervisor comenzará a gritar, e incapaz de contener tu temperamento, incluso arriesgando tu trabajo, le gritarás de vuelta.

Para implementar este método, visualiza a tu Yo ideal: calmada, imperturbable, en control de tu temperamento, tan segura de ti misma que no necesitas probarle nada a nadie. Ahora imagina tu Yo ideal entrando por la puerta de la oficina. Tu supervisor te lanza una burla sarcástica sobre tu tardanza. Tu calmadamente le dices: "Perdón por llegar tarde. Surgió una emergencia familiar y tuve que lidiar con ella". El supervisor comienza a gritar. Muy tranquila por dentro, al igual que por fuera, silenciosamente te deslizas hacia el escritorio y comienzas a trabajar.

Mientas más emplees tu tiempo en reproducir este video interior, más probable será que cuando realmente entres en la oficina, te asemejes a tu Yo ideal.

Incluso vivir temporalmente en un nivel más elevado le demuestra a una persona lo que es capaz de lograr.

El poder de encontrar tu mejor Yo, se ve encarnado en la recomendación talmúdica de adoptar un comportamiento más elevado durante los "Diez Días de Teshuvá" incluso sabiendo que no podrás mantener ese nivel durante todo el año.

Mientas que algunos podrían considerar este comportamiento como hipócrita, los sabios entendieron que el vivir temporalmente en un nivel más elevado le muestra a una persona lo que es capaz de lograr. El ideal persiste aún después que el comportamiento decaiga. Y el recuerdo del ideal filtrándose hacia el subconsciente, puede tener un efecto transformador.

Héroes y Amigos

Mientras que muchos eruditos lamentan la ausencia de héroes contemporáneos y modelos a seguir, el judaísmo siempre ha tenido, y sigue teniendo, héroes. Ellos son los Tzadikim, los hombres y mujeres elevados espiritualmente, cuyas acciones pueden tener un efecto transformador en cualquiera que se moleste en observarlos e imitarlos. Los cuentos de los Tzadikim han sido un elemento fundamental de la literatura judía desde tiempos inmemorables.

Imitar un ideal, sin embargo, incluye dos posibilidades:

  1. Imitar los grandes actos de la gente normal
  2. Imitar los actos normales de la gente grandiosa.

1-Para realizar lo primero, enfócate en las mejores cualidades de tus amigos y familiares.

Una "persona normal" puede, por ejemplo, demostrar una heroica honestidad o dedicación por sus padres ancianos. La Ética de Nuestros Padres (Pirkei Avot) declara: "¿Quién es sabio? El que aprende de todas las personas".

Los amigos no tienen que ser Tzadikim famosos para que puedas aprender de sus mejores rasgos:

  • De mi amiga Pamela aprendí que es posible amar a los que son completos extraños.
  • De mi amiga Daniela aprendí que es posible poner constantemente a los demás primero.
  • De mi amiga Laura aprendí que es posible dar sin esperar nada a cambio.
  • De mi amiga Abigail aprendí que es posible ser a la vez inteligente y humilde.
  • De mi amiga Sara aprendí que es posible vivir confiando en Dios.
  • De mi suegra aprendí que llamar a la gente "querido/a", incluso a los operadores de El Al por teléfono, les hace sentir más queridos.
  • De mi esposo sigo aprendiendo que es posible pensar antes de reaccionar frente a alguna situación, y mientras más lo piense, mejor será la reacción
  • 2-Para imitar los actos normales de las perdonas grandiosas, debes encontrar un auténtico modelo de conducta judío.

    Puede ser alguien pasado o presente de quien hayas leído, o tu rabino o rebetzin locales.

    Un dato curioso en el mundo judío religioso: si quieres conocer a algún rabino o rebetzin especial, generalmente lo único que tienes que hacer es ¡llamarlos por teléfono o aparecerte en su puerta! Una vez dentro, escucha como hablan con sus hijos, mira como reaccionan frente a situaciones complicadas y observa en que gastan su plata y en que no.

    Otra forma de "conocer" gente grandiosa es leyendo biografías de Tzadikim. Una búsqueda por bibliotecas judías o por páginas Web arrojara docenas de dichas biografías [1].

    Quienquiera que sea nuestro modelo a seguir, debemos permitir que su ejemplo nos afecte no sólo como inspiración, sino también en nuestra motivación. Observar las grandes hazañas y los rasgos personales de otros, debería expandir nuestro panorama sobre quién podemos llegar a ser nosotros también. La Teshuvá es el arte de lo posible.

    Una bellota no es un roble, pero tampoco es una piedra.

    Este método se ve minado por una voz áspera que susurra en nuestro oído: "¿Quién te crees que eres? ¡Qué pretencioso intento de ser como...!".

    La diferencia entre pretensión y aspiración es la misma diferencia entre creer haber logrado una meta y luchar por llegar a ella. El fracaso de reconocer el infinito potencial Divino de cada uno, no es humildad sino ceguera.

    Una bellota no es un roble, pero tampoco es una piedra.

    Expandiendo Nuestra Percepción de lo Posible

    Últimamente he estado inmersa en el ejemplo de una gran mujer judía, de quien estoy escribiendo su biografía. La Rebetzin Haya Sara Kramer, zt´l, (conocida por mis lectores por el seudónimo "Débora Cohen" cuando ella estaba viva) fue la personificación de la generosidad. Aunque ella vivió en absoluta pobreza, su nobleza fluyó hacia todo aquel que se le haya acercado.

    Una de sus vecinas me dijo: "cada vez que venía un invitado, todo lo que había en la casa estaba servido en la mesa". Esto me hizo estremecer mientras pensaba la forma en que yo trato a mis invitados: Les ofrezco un poco de agua con hielo o jugo de manzana, pero me guardo las galletas con chips de chocolate para mí.

    Otra vecina atestiguó sobre la forma en que la Rebetzin Haya Sara concedía generosamente su tiempo. Cada vez que alguien llegaba a verla, incluso durante un ocupado viernes antes de Shabat, ella se sentaba y le prestaba completa atención a esta persona. Esto me hizo estremecer mientras pensaba en lo tacaña que soy con mi preciado tiempo, en la forma en que le respondo a algún intruso que viene a mi casa mientras estoy trabajando.

    Así es como, siguiendo la mejor tradición de El Juego Interno, siento que mientras más me enfoco en la Rebetzin Haya Sara, más voy cambiando. La semana pasada, las galletas con chips de chocolate llegaron estar servidas en un plato frente a mis invitados. Y después llegó la gran prueba del 23 de Agosto...

    Mi hijo más pequeño se fue a un campamento por una semana. Durante seis de esos días, recibimos a unos familiares como huéspedes en nuestra casa; ellos se marcharon el 22 de Agosto. El último día del campamento, el 23 de Agosto, iba a ser un día de descanso completo, sin hijos, un día único para escribir sin interrupciones. Esperaba la llegada de ese día con ansias.

    La tarde del 22 de Agosto, una amiga me llamó por teléfono. Ella vive en el norte de Israel, pero estaba viniendo a Jerusalem el día siguiente, sólo por un día, y quería venir y hablar conmigo sobre algo en particular. Luego el teléfono sonó otra vez. Era una prima que sufre de un terrible dolor de espalda. Yo le había estado insistiendo para que vaya a ver a mi doctor, y luego de mucho aplazarlo, finalmente pidió una cita – para el 23 de Agosto. Ya que ella no tiene auto y no sabía donde quedaba la consulta del doctor, me preguntó si la podía llevar yo.

    Estas eran dos pruebas que yo era incapaz de pasar. Yo estaba segura que estaba por sobre mi nivel espiritual el hecho de renunciar a dos grandes partes de mi preciado día sin interrupciones. Pero mientras esa maliciosa voz gritaba, "¡No! ¡No puedes hacerlo!" una voz casi silenciosa susurraba, "Si la Rebetzin Haya Sara pudo dar todo su tiempo, 24 horas al día, 7 días a la semanas, por los demás, tú eres capaz de entregar unas pocas horas de trabajo".

    Me di cuenta que renunciar a mi día libre de hijos no estaba más allá de mi capacidad, sino que sólo más allá de mi imaginación. Una vez que vi, que lo que creía imposible era realmente posible, fue tan sólo un pequeño salto para llegar allí.

    Ninguno de nosotros es un roble, pero tampoco una piedra.

    1-Dos recomendaciones personales, que se enfocan en héroes contemporáneos: A Tzaddik in Our Time (El Tzadik en Nuestro Tiempo) por Simja Raz, una biografía del Rabino Arieh Levin, y Jewish Tales of Holy Women (Cuentos Judíos de Mujeres Sagradas) por Itzjak Buxbaum.