Hace unas semanas, mi hijo Shlomo entró corriendo a casa.

—Mamá, mi bicicleta se rompió. Me dijiste que la llevarías a la tienda el domingo pasado.

Mi hijo de seis años me miró con sus tiernos ojos y yo me derretí.

—Querido, me encantaría poder llevarla ahora pero no tengo auto y no puedo ir y bla, bla, bla.

Pero yo sabía que lo único que Shlomo escuchaba era “no”.

—Mami, entonces hazlo tú.

Me reí.

—¿Yo? Yo no soy mecánica de bicicletas.

—Sí lo eres.

—No, querido, no lo soy.

—Bueno, conviértete en una.

Lo miré a los ojos.

—Querido, no puedes simplemente convertirte en mecánico.

Me miró indignado. Luego giró sobre sus talones y comenzó a correr.

—¡Te voy a traer las herramientas! —gritó mientras se alejaba.

Shlomo volvió con una bomba de aire manual. Luchó con su bicicleta y con la rueda, tratando de llenarla de aire, pero no tuvo éxito.

—Mami, inténtalo tú.

—Bueno —le respondí al tiempo que me agachaba en el piso junto a nuestra puerta de entrada—, lo intentaré.

Probé con la parte que ni siquiera sé cómo se llama y la enganché a la cosa del inflador y, de repente, sentí que la rueda se estaba inflando.

—¡Mírame! ¡Estoy inflando una rueda!

Shlomo bailó de alegría. Cuando terminé, trató de subir a su bici pero el asiento estaba demasiado bajo para él.

—Has crecido mucho —dije—. ¡Qué bueno!

—Si mi bici no me servirá más, prefiero no crecer —se quejó.

—Quizás pueda ajustar el asiento —le dije.

Miré el asiento. Lo único que debía hacer era aflojar unos cuantos tornillos. Las tuercas en esos tornillos estaban oxidadas y no parecían querer moverse. Pero mi vecino tenía un aerosol que se encargaba del oxido, ¿no?

—Ve donde el vecino y pídele prestada una llave inglesa pequeña —le dije a Shlomo—. Y pregúntale si podemos usar su aerosol lubricante. Luego entra a casa y tráeme un martillo, ¿está bien?

Antes de que yo terminara de hablar, él ya estaba corriendo. Unos momentos después había vuelto con todas las herramientas. A esas alturas, yo estaba tirada en el piso junto a la bicicleta en la entrada de la casa.

—Llave inglesa —le dije a Shlomo. Me la pasó.

—Aerosol.

Hizo lo que le pedí.

—Martillo.

Usé el aerosol y desenrosqué y golpeé ese asiento hasta que la bicicleta le quedó perfecta a Shlomo. Estaba muy orgullosa de mí misma.

—Ahora sube a la bicicleta y anda —le dije. Él bailó un poquito más y se subió a la bicicleta. Pero algo seguía estando mal.

—Los pedales no se mueven —dijo.

—Oh.

Después de todo lo que había hecho, estaba devastada.

—Mami, arréglalos, eres una mecánica profesional.

—Lo soy, ¿verdad?

—Sí, lo eres.

Los asientos y las ruedas eran una cosa; cualquier amateur podía arreglarlos. Pero los pedales y las cadenas eran el verdadero desafío; para arreglarlos tenía que ser una súper mecánica.

¿Acaso no me las había ingeniado con las otras cosas? La confianza en mí misma desbordaba.

—Bueno, déjame ver.

Me senté junto a la bicicleta y la volteé, tal como había visto que hacían en los talleres de bicicletas. La cadena estaba salida y definitivamente necesitaba un poco de lubricante. El problema era bastante obvio. Los pedales no pueden hacer andar una cadena oxidada, especialmente si está salida, ¿no?

Aceité la cadena y la puse en su lugar. Y el problema con las ruedas no necesitó de un físico cuántico para arreglarlo.

Cuando vi a Shlomo andando en esa bicicleta, me sentí en las nubes.

También sentí un gran regocijo. ¡Lo logré! Un paso a la vez.

Todo esto me hizo pensar: “¿qué otras fortalezas encubiertas tendré?”.

Últimamente recibí varias llamadas telefónicas interesantes.

"¿Quieres dar una charla en nuestra comunidad?" "¿Te gustaría hablar en la cena de nuestra organización?" "¿Te gustaría hablar en nuestro video de presentación?".

Mi respuesta fue siempre la misma. "¿Yo? Yo no soy una oradora. No puedo dar mensajes inspiradores. Yo debo estar en la audiencia, no en el escenario".

No sabemos lo que somos capaces de lograr sino hasta que aceptamos el desafío y lo intentamos.

Pero las personas que me conocen bien me presionaban. "Sí eres una buena oradora Yael. Deja de defraudar a la gente. Esta es la dirección en la que Dios te está empujando en este momento. Es hora de ir hacia adelante, un paso a la vez".

Por lo tanto, comencé a aceptar sus ofertas y los resultados me inspiraron. Nunca me visualicé en ese rol, pero Dios sabe más que yo. Últimamente he aprendido cosas sobre mí misma que nunca antes imaginé.

Durante los Diez Días de Arrepentimiento, debemos confiar en que podemos salir de nuestra zona de confort y que podemos convertirnos en más de lo que creíamos que éramos hasta ahora. No necesitamos limitarnos con etiquetas; tanto con las que nos hemos puesto nosotros mismos como con las que nos han colocado otros.

Porque no sabremos lo que somos capaces de lograr sino hasta que aceptemos el desafío, un paso a la vez.