He luchado esta gran guerra en mi interior por más de una década. Es una guerra en la que mi cuerpo ataca a mis propias células y causa estragos sin piedad. Mi enemigo es sigiloso y astuto; es una enfermedad autoinmune muy similar al lupus y a la artritis reumatoide. Aparentemente, su malvada progenie se ha apoderado de mi sangre. Yace en mi interior y no me avisa sobre cuándo y dónde acontecerá nuestra próxima batalla. Inevitablemente, las batallas continúan.

Cada año, me paro frente al Rey de reyes en Iom Kipur, vierto mi corazón y ruego por Su misericordia pidiendo vida. No sólo pido vida física, sino que también pido vida espiritual. ¿Cuándo me curaré y lograré tener un respiro de esta enfermedad? ¿Cuándo estaré bien y recuperaré mi buena salud? ¿Cuándo dejará esta enfermedad de causarle dolor a quienes amo? A medida que se acerca Iom Kipur, estos pensamientos corren por mi mente casi 24 horas al día… sí, incluso mientras duermo.

Sin embargo, a medida que este increíble día se acerca, recuerdo también que hasta el momento en que Dios considere adecuado concederme esos deseos, lo cual ocurrirá en el momento que sea correcto (y no cuando yo quiera que ocurra), todavía tendré una guerra que pelear. Y al igual que en toda gran guerra, hay límites que deben ser defendidos con la máxima valentía posible, sin renunciar ni siquiera a un centímetro, ya que incluso un centímetro puede llevar a la muerte. Estoy luchando mi guerra en tres frentes: por salud física, bienestar emocional y crecimiento espiritual.

Esta enfermedad me convierte a veces en una prisionera de guerra y me mantiene por largos períodos en una cama de hospital. Pero trato de seguir los pasos del gran héroe judío Natan Sharansky, quien nunca dejó que el enemigo quebrara su ánimo.

La gente me pregunta a menudo “cómo lo hago”. La respuesta corta es que no tengo otra alternativa. La respuesta larga es que tengo varias estrategias específicas:

1. Mi vida es significativa.

No soy una víctima. Soy una mujer amorosa e inteligente, una creyente que fue bendecida con una familia y amigos maravillosos; esa soy yo. Siempre que mi enfermedad me confina al hospital, encuentro formas de recordar mi humanidad innata. No soy sólo un número en una lista, y tampoco soy un montón de análisis de sangre y otros estudios. No. Yo soy Beth Goldsammler, una mujer pensante, que tiene sentimientos y que tiene la capacidad de afectar al mundo para bien… incluso desde los confines de una cama de hospital.

Mucha gente cruza diariamente mi puerta cuando estoy en el hospital. Gente que es, en su mayoría, invisible; gente que se pierde en el ir y venir de elegantes doctores y especialistas. Me refiero a la gente que limpia mi cuarto, a aquellos que me llevan a los análisis, me sacan sangre, me traen la comida e incluso rellenan mi agua. Gente que hace su trabajo diligentemente pero que casi nunca reciben ni el más mínimo reconocimiento por su esfuerzo. Ellos son mi primera línea de defensa. Trato de asegurarme de aprender sus nombres y, sin importar cómo me sienta, intento agradecerles plena y sinceramente. No es suficiente decir solamente gracias; debo detallarles a la perfección cómo es que cada uno de ellos hace que mi estadía en el hospital sea más placentera y confortable.

Te asombrarías al ver sus caras. Es como si los conceptos de amabilidad y gratitud no fueran algo que hubiesen experimentado antes. Estas maravillosas personas, que realmente se encargan de mis necesidades más básicas, se sorprenden por mi simple muestra de agradecimiento.

Y he aprendido que las muestras de agradecimiento no sólo le traen mucha alegría al personal, sino que también ayudan a mi propio bienestar. Cada vez que puedo mejorar el día de alguien, incluso si es por un breve momento, renuevo mi humanidad y me recuerdo lo mucho que puedo hacer para ayudar al mundo, incluso desde mi asfixiante cama. Mientras puedo ayudar a los demás, me siento mucho más viva en todos los aspectos.

2. El poder de la alegría.

En Iom Kipur, mis pensamientos suelen ser una mezcolanza de recuerdos de mi abuela, Millie Duboff, ya que aquel día se conmemora su doloroso aniversario de muerte; este Iom Kipur se cumplirán 30 años desde que sucumbió a su enfermedad. A ella nunca le faltó una desafinada melodía en sus labios ni una sonrisa que emanase desde su interior y que pudiese penetrar incluso los momentos más oscuros. Me dejó un legado y un mapa para saber cómo luchar contra una enfermedad con alegría.

Aprendí que gracias a la alegría, los otros pacientes pueden ser una gran fuente de energía para mí. Va más allá de la tremenda inspiración y motivación que ellos me proveen respecto a luchar con gracia y dignidad; es la risa que nos contagiamos mutuamente lo que realmente nos está sanando. Algunos pueden considerarlo humor negro, pero estar sentados en una silla reclinable mientras nos llenan de tratamientos es una de las circunstancias más extrañas en las que nos podríamos encontrar. En todo ese tiempo y espacio, no hay diferencia entre nosotros. La raza, la religión, la nacionalidad… nada de eso importa.

Lo que importa es la actitud. Traer una carcajada en una situación que de otra manera sería sombría es un logro maravilloso. Cada vez que comienzo una encuesta para adivinar cuántos pinchazos serán necesarios para comenzar mi transfusión intravenosa, la carcajada que recibo como respuesta me hace ser más fuerte y estar más preparada que nunca para enfrentar a mi enemigo frente a frente. La risa es la mejor medicina; no importa si el paciente soy yo o si es un niño de 7 años que está luchando con un cáncer, la risa siempre logra dejarnos a todos con un ánimo mucho más saludable.

3. Mantén la fe.

Indudablemente, lo más importante es no olvidar jamás de dónde vengo. Dios me puso en este planeta con un objetivo específico. No estoy 100% segura sobre cuál es mi objetivo, pero sí sé que no puedo ignorar la lucha contra esta enfermedad en mis intentos para descifrarlo. Tengo fe en que Dios, incluso cuando estoy sola, envuelta en un capullo de lúgubres colchas blancas de hospital, siempre está sentado a mi lado, cuidándome y protegiéndome del enemigo.

Sí, es cierto que fue Dios quien me trajo a este lugar, pero también será Él quien me libere algún día del mismo.

Lo admito, a veces lloro porque estoy preocupada por cómo habré transgredido y cooperado para terminar en este tortuosa situación. En estos Días de Arrepentimiento —y más aún en Iom Kipur— lucho con esos acosadores pensamientos con particular intensidad.

Las plegarias que recito en Rosh Hashaná y Iom Kipur suelen dejarme temblando y sin aliento, especialmente cuando llevo a mi corazón las palabras de la poderosa plegaria de Unesane Tokef: “Quién vivirá y quién morirá”.

La liturgia nos recuerda también que el arrepentimiento, la plegaria y los actos de benevolencia rompen el decreto severo. Hay acciones que podemos hacer durante los momentos difíciles que pueden marcar una diferencia y traer paz a nuestras vidas. Todo el resto está en manos de Dios.

También recuerdo todas las veces en que me salvé por poco. Cuando recuerdo todos los ‘podría haber pasado’ (y también los ‘debería haber pasado’), rápidamente vuelvo a un lugar en el que dejo de cuestionar o temer a Dios, y comienzo en cambio a agradecerle profundamente por la infinita bondad que ha hecho conmigo.

Todas las enfermedades son difíciles, pero el hecho de recordarme a mí misma quién soy y quién continuaré siendo incluso frente a esta gran adversidad me da a mí, y a muchos como yo, la fortaleza para continuar luchando. Después de todo, soy la única ‘Yo’ que hay, y no voy a renunciar ni siquiera a un centímetro de ello sin dar una buena batalla.