Es tarde y estoy cansada. A medida que el día termina y el año llega a su fin, me tomo un momento para reflexionar. Siento el anhelo de estar más cerca de Dios, pero el abismo que nos separa parece ser inmenso. En ocasiones siento que mi falta de entendimiento genera una pérdida de conexión y me siento lejana a Él. ¿Cómo puedo yo, una persona vulnerable, insignificante y pequeña, relacionarme con el increíble poder y bondad de Dios? Quizás debería empezar por encontrar la santidad que hay en mí misma.

Pero cuando eso parece imposible, me recuerdo a mí misma que Dios es nuestro Padre, y como yo soy una madre, me puedo conectar con la idea.

En ocasiones, cuando mis hijos vienen a mí como suelen hacer los niños, quejándose sobre su hermana o su hermano —que es muy molesto, que no escucha, que habla demasiado, que no puede guardar un secreto, etc.— me gustaría decirle a quien se queja: “¡Suficiente! ¡No quiero escuchar más! ¡Él también es mi hijo y no quiero escuchar sobre sus errores! ¿No pueden solucionarlo solos?”.

Y luego pienso que Dios también debe sentir este tipo de frustración cuando nos escucha quejarnos, chismear o albergar tontos rencores sobre los demás.

En ocasiones, cuando llevo a mis hijos a una excursión en un lugar extravagante y gasto mucho dinero, tiempo y energía para satisfacerlos, y luego ellos se quejan por estar sedientos, cansados y demasiado acalorados, me gustaría gritar: ¡Hoy les di todo lo que querían! ¿No pueden agradecer en lugar de quejarse?

Y pienso que esta debe ser la desilusión que siente Dios cuando nos quejamos por tonterías pese a estar sentados en nuestros cálidos hogares, con buena salud y llenos de la comida que Él nos proveyó.

En ocasiones, cuando veo a mis hijos desperdiciando su tiempo o haraganeando antes de un examen importante, me gustaría gritar: “¡Vayan a estudiar! Hagan algo con sus vidas. Las respuestas no vendrán solas a sus cabezas sin que se esfuercen”.

Y luego pienso en que esta debe ser la frustración que siente Dios cuando nos ve sentados, esperando a que las cosas mejoren en nuestras vidas, en lugar de intentar solucionarlas, de hacer más mitzvot y de trabajar más duro en nosotros mismos.

La tarea de ser padre es muy difícil. ¡Puede ser sumamente frustrante, desilusionante y preocupante! ¿Cuánto más debe serlo para el Padre de todo el mundo?

Pero sin embargo, hay veces en las que veo a uno de mis hijos consolando a otro que se ha caído o que ha fracasado en algo, y pienso en la satisfacción que debe sentir Dios cuando nos reunimos para rezar por un niño enfermo, para estudiar en su mérito o para consolar a su familia.

En ocasiones, cuando veo que mis niños se elevan por sobre la presión social para hacer lo correcto y me siento orgullosa de ellos, pienso en el orgullo que debe sentir Dios cuando nos ve haciendo nuestro mejor esfuerzo para vivir como buenos judíos en un mundo que quiere derribarnos.

A veces, cuando mis niños se reúnen para jugar o para cantar en la mesa de Shabat y se abrazan los unos a los otros, pienso en el nájat que debe sentir Dios cuando nos ve juntos en las celebraciones judías, acercándonos los unos a los otros en unidad y sintiendo nuestra hermandad.

Y en ocasiones, cuando uno de mis hijos está enfermo y yo lo acurruco en mis brazos y sufro con él, pienso en el dolor que debe sentir Dios cuando ve a sus hijos sufriendo, y que lo único que Él quiere para ellos es que estén bien, física, espiritual y emocionalmente.

Cuando estoy enojada después de un altercado y mis hijos sienten remordimiento, caminan abatidos y prometen que intentarán mejorar, pienso en el alivio del perdón que debe sentir Dios cuando volvemos en teshuvá y Él nos acepta de nuevo.

Y cuando es tarde por la noche y miro a mis hijos dormir profundamente en sus camas y respirar pacíficamente mientras las hermosas sombras de sus pestañas adornan sus mejillas, pienso en las esperanzas que tengo para el próximo día y en las esperanzas que debe tener Dios cuando cada noche toma nuestras almas en sus manos y, gentilmente, las devuelve a nuestros cuerpos.

Ser padre es enriquecedor, gratificante y placentero; no lo cambiaría por nada en el mundo. ¡Cuánto más gratificante debe ser para el Padre de todos nosotros!

Por lo tanto, cuando suene el shofar en Neilá durante el cierre de Iom Kipur y yo sienta escalofríos, me sentiré limpia y perdonada, querida y amada, cabizbaja y determinada, humilde y orgullosa. En ese momento podré creer en la bondad de la humanidad y también en la mía. Y luego, pensaré en lo que debe sentir Dios cuando mira Su mundo, el cual está lleno de criaturas hermosas e imperfectas, y decide una y otra vez amarnos, perdonarnos y bendecirnos.

Porque somos Sus hijos.