Toda mi vida comencé mis plegarias matutinas con las siguientes inspiradoras palabras:

Dios mío, el alma que pusiste en mí en pura. Tú la creaste, Tú la formaste, Tú la insuflaste en mí y la conservas en mi interior”.

Nuestra tradición afirma que la persona es esencialmente buena. No somos una tabula rasa, un pizarrón en blanco sin ninguna inclinación particular hacia el pecado o la santidad, como proponen algunas filosofías. Tampoco tenemos una inclinación innata hacia el mal que está enraizada en un primitivo pecado original, como dirían otras religiones. Sino que bien profundo en nuestro interior hay una inclinación instintiva hacia lo moral, lo ético y lo honorable.

Reafirmar eso diariamente hizo que me fuera más fácil luchar con las inevitables tentaciones que se ponían en mi camino. Después de todo, si ser bueno significaba simplemente seguir mi naturaleza, entonces no podía ser tan difícil.

Increíblemente, un estudio reciente validó científicamente esta convicción religiosa. No entiendo por qué no recibió mucha más publicidad de la que tuvo. A mi parecer, puede que este sea uno de los descubrimientos teológicos más importantes sobre el comportamiento humano de la historia; una idea que, de ser entendida y asimilada correctamente, tiene el poder de conducir a la humanidad a lugares jamás imaginados.

Las diferentes formas de felicidad estaban asociadas con perfiles de expresión génica muy diferentes.

La fuente es un estudio que fue publicado recientemente en las actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Dado que el estudio proviene del mundo de la ciencia, no habla de almas, ya que el alma no es algo que se pueda identificar o medir. En lugar de eso su foco está en los genes.

Como lo resumió el periódico New York Times en su artículo titulado Ellos saben cuando estás siendo bueno o malo:

Puede que nuestros genes tengan un sentido de moral más elevado que nuestras mentes… Aparentemente, pueden recompensarnos con una saludable actividad genética cuando somos generosos y disciplinarnos, en un nivel microscópico, cuando priorizamos nuestras propias necesidades y deseos”.

Decir que los genes tienen un sentido moral pareciera ser algo casi absurdo. Sin embargo, eso es lo que hicieron los investigadores de la Universidad de Carolina del Norte y de la Universidad de California. Primero hicieron que un gran número de voluntarios llenara un cuestionario en el que les preguntaban si se sentían satisfechos con su vida, si se consideraban felices y, si lo hacían, cuál creían que era la causa de su alegría. Luego se dedicaron a observar los mecanismos celulares que afectan el humor y la salud o, más específicamente, los perfiles de expresión génica de los glóbulos blancos de los voluntarios.

Los genes dirigen la producción de proteínas, algo que dispara otros procesos que controlan gran parte de la respuesta inmune de la persona. Y fue allí donde estuvo la sorpresa: las diferentes formas de felicidad estuvieron asociadas con perfiles de expresión génica muy diferentes.

Tendemos a usar la palabra felicidad indiscriminadamente, sin ninguna referencia al tipo de placer que estamos teniendo ni a la razón de nuestro deleite. Sin embargo, a los investigadores no les llevó mucho tiempo reconocer una clara diferencia fisiológica entre dos tipos de alegría.

Una es la que llamaríamos hedonista. Es el resultado de comer una gran comida, de disfrutar un buen vino o de tener intimidad física. Es la reacción del cuerpo a la auto gratificación.

Pero también hay otra categoría de felicidad absolutamente diferente a la cual denominamos eudemonista. Su raíz no está en recibir, sino en dar. Es la felicidad que viene del sentimiento de satisfacción que acompaña una vida que tiene un propósito elevado y de servir a los demás. A pesar de que le hace exigencias al cuerpo y en ocasiones se interpone al placer físico, tiene éxito en un nivel superior. Es la alegría que siente un cirujano que está agotado físicamente después de una agotadora pero exitosa operación de 12 horas. Es la alegría que siente el rescatista de un niño que se estaba ahogando, quien está exhausto pero abrumado por saber que fue clave para salvar una vida. Es la alegría que siente quien ha hecho una importante contribución económica, incluso mayor que la que permitiría su economía personal, a una causa que personifica sus valores más elevados.

Nuestros genes advierten la diferencia entre una vida llena de sentido y una que está limitada exclusivamente a la auto gratificación.

Los investigadores establecieron cuáles de los voluntarios eran felices como resultado de factores hedonistas o eudemonistas. Para su sorpresa, aquellos cuya felicidad estaba basada principalmente en el consumo de productos y en la gratificación física tenían perfiles sorprendentemente insalubres, con niveles relativamente altos de indicadores biológicos que promueven una mayor inflamación en todo el cuerpo. Dicha inflamación ha sido ligada al desarrollo de cáncer, diabetes y enfermedades cardiovasculares. También tenían niveles relativamente bajos de otros indicadores, aquellos dedicados a aumentar la producción de anticuerpos para mejorar la lucha contra las infecciones.

¿Qué ocurrió con aquellos cuya felicidad emanaba de actos de bondad, servicio comunitario o el compromiso con una causa más elevada? Tuvieron perfiles que expusieron niveles elevados de producción de anticuerpos y niveles bajos de indicadores que promueven la inflamación.

Stephen W. Cole, un profesor de medicina de la UCLA y autor principal del estudio, concluyó sorprendido que nuestros genes pueden distinguir la diferencia entre una vida llena de sentido y una que está limitada exclusivamente al objetivo de la auto gratificación, llegando incluso recompensar lo primero y expresar una desaprobación biológica de lo segundo.

Permítanme expresarlo en términos más espirituales: Dios nos creó a su imagen. Dios nos creó para un propósito. No fuimos puestos en la tierra para ser meramente parásitos. Tenemos una responsabilidad hacia los demás. En nosotros se encuentra implantado un código ético y moral. Nuestros genes saben si somos fieles a nuestra esencia, cuya raíz es la santidad.

Si le prestamos atención a la suave voz del alma prístina que ha implantado Dios en nuestro interior podremos obtener la mayor de las bendiciones al unirnos con nuestra esencia más íntima y con la chispa de santidad que tenemos dentro nuestro.