En la Torá aprendemos sobre los tres ángeles que fueron a visitar a Abraham y a Sará (Génesis, capítulo 18). En su apariencia externa, los ángeles parecían tres hombres que estaban viajando y Abraham los recibió como recibía a cualquier huésped mortal. Sólo después se enteró —al igual que nosotros— que los hombres eran realmente mensajeros de Dios; eran tres ángeles.

Una de las muchas cosas que podemos aprender de esta narrativa es que a veces lo que puede parecernos una persona normal es en realidad un ángel. Para ilustrar esta idea con un ejemplo personal te llevaré atrás en el tiempo, alrededor de tres décadas, cuando acababa de comenzar a comer casher. Comer casher era algo muy difícil para mí; ya respetaba Shabat y muchas otras mitzvot desde hacía tiempo, pero comer casher era el mayor de todos los obstáculos.

Me veía constantemente asediada por tentaciones y antojos de comidas que ya no eran parte del menú permitido y finalmente creí que seguiría lo que dice el Talmud respecto a una persona que está poseída por el afán de pecar. Si ya no puede contenerse, que se ponga ropas oscuras, que vaya a otra ciudad en donde no sea reconocida y que peque. Definitivamente esto no es lo que recomiendan los rabinos, ni siquiera lo aprueban, pero si fuera necesario, la Inclinación hacia el Mal pervertirá incluso el significado del Talmud en su campaña para atraparnos. Yo pensaba todo el tiempo: sólo una vez, una última vez, para darle la despedida.

Entonces fui, no a otra ciudad, pero sí a un supermercado grande y desconocido en otro vecindario, en busca del fruto prohibido. Cuando iba camino hacia el mostrador en el que vendían el ítem deseado, de repente vi a dos mujeres judías que conocía las cuales estaban justo en frente del mostrador. Estaban muy concentradas en su conversación y bloqueaban mi camino. Yo era conocida en la comunidad judía de mi ciudad, por lo que de ninguna manera iba a permitir que alguien se enterara de mis vergonzosas inclinaciones culinarias.

Decidí ganar tiempo. Recorrí el lugar, compré unos vegetales y después volví a intentarlo, pero las mujeres no se habían movido de su lugar. Di otra vuelta. ¡Seguían allí! Esta situación se repitió por un rato hasta que, finalmente, ya no hubo moros en la costa. Ahora podía realizar mi compra y dirigirme a casa para abocarme a mis placeres prohibidos.

Pero aún había otro plato que anhelaba con locura, por lo que al día siguiente decidí sacarme también eso de encima con una última indulgencia. Esta vez estaba decidida a ser más inteligente, por lo que fui a un suburbio, a un supermercado en el que jamás compraba, segura de que allí no encontraría ningún rostro familiar.

Mientras estaba sentada en el autobús, camino a mi objetivo ilegal y concentrada en mi propósito, de la nada apareció una mujer en el asiento de al lado. “¡Hola!”, dijo, “¿Cómo estás?”.

¡Qué sorpresa! Era la madre de una de mis estudiantes para bat mitzvá. Hablamos unos minutos y, cuando me bajé del autobús, ella también lo hizo. De repente me di cuenta de que ella vivía en ese barrio. ¡Genial! El destino quiso que ella también estuviera yendo al supermercado. ¡Súper! Recorrimos juntas los pasillos, llenamos nuestras canastas con varios productos (casher) ¡y la mujer no se despegaba de mí! Finalmente, pasamos juntas por la caja y sólo me dejó en paz cuando ya estábamos en la vereda. Se despidió y se fue. Yo volví a la tienda, compré lo que había ido a buscar y me encaminé hacia mi casa para mi festín ilícito.

Y ahí me di cuenta.

Si hubiese vivido en los tiempos bíblicos, probablemente hubiera descrito esos eventos de manera un poco diferente, quizás algo así:

Y ocurrió en esos días que caminé por el camino de la iniquidad. Pero, ¡oh!, he aquí que dos ángeles del Señor aparecieron delante de mí. Y entonces los ángeles me hablaron y dijeron: ‘Ven aquí, aléjate de la abominación y no persigas los deseos de tu corazón’. Pero yo no les oí, y pequé. En el segundo día volví a ir detrás de mis deseos malvados. Y he aquí que El Eterno envió un ángel para que camine conmigo; entonces el ángel me habló y dijo: ‘¡Pobre de ti, que corres detrás de la lujuria de tus ojos! Camina conmigo por el camino de la rectitud’. Pero yo endurecí mi corazón y no oí, y pequé.

En aquellos días las personas, incluso las pecadoras, estaban más en sintonía con los mensajes Divinos y cuando Dios decidía mandar uno o dos ángeles ellos se daban cuenta.

No puedo describir lo devastada que quedé cuando me di cuenta de lo que había ocurrido. Esas tres mujeres se habían interpuesto en mi camino con un objetivo: ser mensajeras de Dios. Las mujeres eran claramente ángeles que Dios me había enviado con el objetivo de evitar que yo transgrediera; su presencia misma me habló con mucha elocuencia. Dios había hecho todos los esfuerzos para que me mantuviera en el camino correcto, pero yo no había sido receptiva. No había oído el mensaje. Lo peor no era que había comido alimentos prohibidos (que igualmente era muy malo), sino que había cerrado mis oídos a Dios y había endurecido mi corazón. Eso era lo que me abatía (¿hace falta que diga que jamás volví a comer taref?).

Entonces, pareciera que todos podemos ser ángeles, en ocasiones por medio de un acto, una palabra o incluso una sonrisa en el momento oportuno. Sin embargo hay veces, como en el caso de mis tres ángeles, que lo único que hace falta es estar en el momento y en el lugar indicados. Si podemos permanecer conscientes de esto entonces será una de las cosas que pueden llenar de significado nuestra vida: saber que incluso cuando realizamos actos no heroicos puede que, en cualquier momento, estemos siendo emisarios de Dios y estemos llevando con nosotros un mensaje que podría mejorarle la vida a otra persona.