Hasta hace poco, las fotos de la boda de mi hija aún seguían prolijamente apiladas en sus cajas originales. Esto te puede parecer algo normal, excepto por el hecho de que, gracias a Dios, ella ya ha sido bendecida con tres niños. Pero en su último viaje a casa ella finalmente eligió sus fotos, lo cual me incentivó a finalmente yo también elegir las mías.

Me puse una fecha límite para esto, por lo que me quedé despierta una noche hasta las 3 a.m. luego de un largo día de trabajo para finalizar la tarea. Al día siguiente tenía una entrevista en el estudio fotográfico, a la que llevé una carpeta con ambos juegos de fotos. Estaba desvelada y exhausta, pero al mismo tiempo feliz por mi logro. Nos sentamos frente a la computadora por horas, mientras la encargada pasaba meticulosamente por cada foto. Hablamos sobre tamaño, negros y blancos, segundos planos y ubicación. Ni siquiera puedo recordar por cuánto tiempo estuve sentada allí, pero sé que el cielo se puso oscuro mientras estaba adentro.

Unas semanas después recibí un llamado informándome que el álbum de mi hija estaba listo para ser retirado. Estaba muy emocionada, pero pregunté qué pasaba con el mío; yo estaba ansiosa por ver ambos álbumes. Después de ser puesta en espera por unos momentos, me dijeron que sólo había un álbum y un juego de fotos.

¡Debes estar bromeando! Pensé.

"Escucha, esto es imposible", dije. "Me senté en esa oficina por horas. Me quedé despierta la noche anterior hasta el límite de mis fuerzas. ¡Tienes que encontrar mis fotos! No puedo pasar por esto de nuevo, no tengo ni el tiempo ni la energía".

Sentí como esa pequeña semilla de enojo se convertía lentamente en una justificada ira. Estaba furiosa.

La persona del otro lado de la línea dijo que me volvería a llamar. Mientras esperaba a que sonara el teléfono, mi indignación continuó creciendo. Sentí como esa pequeña semilla de enojo se convertía lentamente en una justificada ira con cada minuto que pasaba.

¿Cómo pueden ser tan irresponsables? Pensaba. ¿Cómo pueden perder toda una pila de fotos? ¡Pasé toda la noche con esto! No lo puedo creer. Para cuando recibí la llamada, estaba iracunda.

"Hay un solo set de fotos aquí. La mujer con la que trabajaste revolvió todo su escritorio y chequeó toda su computadora, pero no hay nada allí. ¿Estás segura de que tenías dos juegos de fotos?".

"¿Sí estoy segura de que tenía dos juegos de fotos? ¿Crees que estoy imaginando cosas? ¡Por supuesto que estoy segura!” grité. Y luego mi nivel de decibeles subió. Dije algo sobre responsabilidad y el valor del tiempo, y así continué reclamando sin parar. Me pidieron que fuese a la oficina.

Fui. No con buen humor, por supuesto. Repasamos todo lo que habíamos hecho ese día. Le pedí a la mujer que había trabajado conmigo que recordara cómo nos habíamos sentado juntas por horas y trabajado en ambos álbumes. Ella estaba casi muda. Dijo que en todos los años que llevaba trabajando en el estudio, nunca le había pasado algo como esto. Toda la oficina estaba silente mientras observaban la escena; nosotras seguimos dando vueltas en círculos sin llegar a nada.

Me fui. Decidimos que me imprimirían otro set completo de fotos. Nadie estaba feliz. Esa noche decidí ordenar un poco mi escritorio, y luego la vi: una carpeta que me resultaba familiar estaba escondida entre mis papeles. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Quería simular no haberla visto. Pero sí la había visto. Luego recordé lo que realmente ocurrió: después de ver ambos juegos de fotos, la técnica me había dicho que quería concentrarse en un juego a la vez.

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Mi corazón se detuvo. ¿Qué había dicho? ¿Y mi tono? ¿Cuánta humillación le había causado a esta mujer en su trabajo?

Llamé a mi hija en Israel y le conté toda la historia. Me sentía sumamente avergonzada conmigo misma. Había decidido llamar al estudio temprano en la mañana y disculparme, pero mi hija me convenció de comprar una gran bandeja de chocolates y aparecer en persona. Me daba muchísima vergüenza, pero lo hice. Me disculpé con la técnica y le pedí perdón delante de toda la oficina. La mujer fue extremadamente amable; me dio un abrazo, no me criticó y creo que le encantaron los chocolates.

Las palabras que decimos nos definen como personas.

Ahora es tiempo de algo de introspección. En la noche de Iom Kipur los judíos de todo el mundo se reúnen y la primera plegaria que recitamos es Kol Nidrei. La sinagoga está en silencio. Hablamos sobre juramentos y promesas que no hemos cumplido, hablamos sobre el poder de nuestras palabras. No importa lo religiosos o seculares que seamos; esa noche todos nos paramos y recitamos esta sagrada plegaria, porque después de todo, las palabras que decimos nos definen como personas.

Hace poco escuché una entrevista a un hombre que perdió a su esposa en uno de los aviones del atentado a las Torres Gemelas. Dijo que ella lo había llamado desde el avión pero que su teléfono estaba apagado, por lo que le dejó un mensaje. Había comenzado a decir que lo llamaría después pero se frenó a sí misma. Él sabe que ella no quería dejarlo con una obsesionante promesa incumplida como sus últimas palabras por lo que, en cambio, dijo simplemente: "Te amo muchísimo”, una y otra vez.

Al pararme frente a Dios en estos días sagrados, he decidido en mi corazón cuidar mis palabras. Cómo nos conectamos con las personas, nuestro tono, nuestras expresiones, todo refleja la persona que somos. Pensando un poco antes de hablar podemos crear un legado de bondad y amor.