"No me importa como viste la Desconexión políticamente", le grité por el teléfono a mi amiga estadounidense, "¿cómo puedes no estar devastada por el hecho de que 9.000 judíos perdieron sus casa, sus trabajos, toda su forma de vida?".

Habían pasado tres semanas desde que las imágenes de los tristes residentes de Gush Katif siendo llevados – o transportados – fuera de sus casas, me habían llevado a una crisis de pena, pero, como la mayoría de mis amigos israelíes, todavía estaba resentida. Cada día recibía en mi correo electrónico peticiones – de pañales, meriendas, o suéteres para los refugiados por el frío que sentían en Jerusalem, ya que muchos se habían ido sólo con lo puesto. Le colgué indignada el teléfono a mi amiga estadounidense por su apatía ante la apremiante situación.

Me senté frente al computador, hice clic en las noticias de Internet, y leí los terribles reportajes sobre la inundación en Nueva Orleáns debido al Huracán Katrina. Leí sobre familias aisladas en sus techos, el caos en el estadio Superdome, y la ansiedad de los residentes evacuados de Nueva Orleáns, quienes no tenían idea si sus hogares aún estaban en pie. "¡Esto es terrible!", le murmuré a mi esposo, moviendo mi cabeza. Luego me levanté, me preparé un bocado nocturno, y me fui a la cama.

¿Por qué estaba devastada por 1600 familias que perdieron sus hogares y trabajos en Gush Katif, pero no por las decenas de miles de familias que quedaron sin hogar y sin trabajo en la lejana Nueva Orleáns?

¿Dónde estaba mi empatía? ¿Por qué estaba devastada por 1600 familias que perdieron sus hogares y trabajos en Gush Katif, pero no por las decenas de miles de familias que quedaron sin hogar y sin trabajo en la lejana Nueva Orleáns? La distancia física había conspirado con una diferencia existencial entre yo y los residentes de Nueva Orleáns – incluso los residentes judíos – para hacerme sentir preocupada, pero no desconsolada.

El Sufrimiento de Otras Personas

Incluso las personas más compasivas caen en la trampa de la insensibilidad hacia el sufrimiento de otras personas.

Unas cuantas semanas antes de la Desconexión, recibí un artículo en las noticias de mi teléfono celular. Unas 15.000 familias israelíes que no habían podido cumplir con los pagos de su hipoteca, durante el desesperado descenso de la economía israelí, se enfrentaron a una ejecución hipotecaria por parte de sus bancos. En el año 2004, casi 3.000 familias habían recibido cartas de desalojo – casi el doble del número de familias que, a esa altura, se enfrentaban a ser desalojadas de Gush Katif.

¿Dónde estuvo la protesta por esas familias? Su situación apremiante fue similar a la de los residentes de Gush Katif, pero las personas mismas eran tan diferentes – política, religiosa, y socialmente. Mientras muchos de mis amigos estaban haciendo a gritos todo lo que podían por detener el desalojo de las 1.600 familias de Gush Katif, nadie que yo conociera mencionó o le importó la situación de estas 3.000 familias indigentes* quienes similarmente soportaron perder sus hogares, sin el beneficio de una comunidad compasiva y un grupo completo que se reuniría para su ayuda.

Es parte de la naturaleza humana simpatizar con otros sólo cuando nos identificamos con ellos. Si hubiera tenido un pariente anciano en un hogar en alguna parte, los reportajes de cadáveres hinchados en los hogares de ancianos de Nueva Orleáns me hubieran hecho llorar. Faltándome tal identificación, leí mis noticias de Internet, moví mi cabeza, y seguí con lo mío.

Incluso los residentes judíos de Houston, quienes tendieron una generosa mano de ayuda a los judíos refugiados de Nueva Orleáns, permanecieron al otro lado de la línea de empatía hasta que el acercamiento del Huracán Rita los arrojó a la misma posición.

Como Bárbara Raynor, miembro de la Federación Judía de Greater Houston, hablando por su teléfono celular durante el éxodo antes de Rita, le dijo al periódico Jerusalem Post: "Es muy emotivo, empacar tu hogar para lo desconocido y decidir que llevar contigo...Ahora entiendo lo que les ocurrió a ellos [los judíos de Nueva Orleáns]. Hablaron de lo que les ocurrió, pero uno no lo entiende realmente hasta que lo vives por ti mismo".

Los tres años de terror, durante la guerra israelí de Oslo, me comprobaron cuán ligada está la empatía con la identificación. Cuando un bus explotó en Tel-Aviv, sentí el dolor como un corte gigante con papel en mi dedo. Cuando un bus explotó en Jerusalem, donde yo vivo, sentí el dolor como un dedo cortado que necesita decenas de puntos. Cuando las víctimas del atentado suicida eran angloparlantes, sentí el dolor como un dedo amputado. Y cuando las víctimas de un atentado suicida eran niños de la misma edad que mis hijos, sentí el dolor como una navaja en mi corazón; Lloré todo el día.

Rezos en Plural

¿Cómo es posible romper la barrera de la empatía? ¿Sentir el dolor de personas con las que no nos identificamos? ¿Llorar por las lágrimas de otras personas?

Uno de los antídotos que ofrece el judaísmo es: rezos en plural. La mayor parte de la liturgia judía está formulada en primera persona plural. En el rezo judío más importante, el Shemona Esré, pedimos que Dios nos conceda curación, sustento, perdón, redención, etc.

Esto no es una simple convención literaria. De acuerdo al misticismo judío, todos los judíos componen un alma colectiva. La realidad espiritual del pueblo judío es que todos somos células del mismo cuerpo espiritual.

Para hacer un rezo colectivo real, nos ayuda el visualizar una muestra representativa de los judíos por los cuales uno está rezando. Por ejemplo, cuando rezo por la sabiduría Divina, yo visualizo a los doctores cuyo criterio puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte para sus pacientes, a los profesores cuyo enfoque puede educar o destruir a sus estudiantes, a los trabajadores sociales, a los ingenieros, a los padres, a los estudiantes, a los escritores, a los abogados, a los músicos, etc., a todos aquellos quienes necesitan el influjo de sabiduría Divina para cumplir sus tareas adecuadamente.

Mientras más uno reza por todos los tipos de judíos, más uno empatizará con ellos.

El Arizal, el gran cabalista del siglo XVI, recomendaba que cuando uno reza en el Shemona Esré por la completa redención del mundo, antes de recitar las palabras, "por tu salvación esperamos todo el día", uno debe visualizarse a uno mismo rezando junto con todos los judíos de todas partes. Esto incluye: judíos que son mucho mayores/menores que tú; judíos en Australia, Alaska, Hawai, y Hungría; judíos a tu izquierda y derecha políticamente; judíos en cada punto del espectro religioso desde jasídicos hasta agnósticos; y judíos que son despreciablemente pobres y desvergonzadamente ricos.

(Los judíos también rezan por toda la humanidad, especialmente en Rosh Hashaná y Iom Kipur. Pero si no podemos tener éxito en la enorme tarea de identificarnos con los trece millones de judíos en el planeta, con los cuales estamos espiritualmente relacionados, es poco probable que nuestra identificación con los otros seis mil millones de personas sea totalmente real. El amor se mueve en círculos concéntricos, un paso a la vez).

Mientras más uno reza por todos los tipos de judíos, más uno empatizará con ellos. El rezo en plural rompe con la barrera de la empatía.

Los Pecados de Otras Personas

Los rezos en plural son particularmente evidentes en la liturgia de Iom Kipur. En el Shemona Esré de Iom Kipur, la persona se encuentra confesando 44 pecados: menospreciar a padres y maestros, hablar Lashón HaRá (chismes), insultar a otros, romper promesas, actuar de forma arrogante, etc. Mientras la persona menciona cada pecado, golpea su corazón como signo de arrepentimiento. De hecho, confesar pecados sin arrepentirse realmente, es uno de los 44 pecados.

Ahora, puedo sentir remordimiento por 41 de estos pecados, pero siempre hay tres con los que no me relaciono para nada: "acechar a un hermano judío", "decir un juramento en vano" y "participar de una reunión lasciva". Cuando hace años pregunte como podía confesar sinceramente pecados que no había cometido, la Rebetzin Tziporah Heller me explicó que confesamos en plural, "Por el pecado que nosotros hemos cometido ante Ti...". De seguro algún judío en alguna parte del mundo ha cometido ese pecado.

Esta explicación me dejó en una posición insostenible. ¿Algún judío en alguna parte del mundo está participando en reuniones lascivas, y yo tengo que sentir remordimiento por los pecados de esa persona? La liturgia me estaba forzando a una identificación que yo no sentía ni quería.

Quizás el mayor obstáculo a la empatía es nuestra naturaleza crítica. El sentimiento de, "yo nunca haría una cosa así", construye una alta pared entre nosotros y nuestros parientes, vecinos, compañeros de trabajo y amigos, quienes efectivamente manifiestan debilidades que no compartimos.

Piensa en un individuo o en un grupo judío al que juzgas duramente. Luego derriba la pared.

Si, por ejemplo, tú eres tal modelo de honestidad que nunca tendrías conversaciones telefónicas privadas durante el tiempo de trabajo, ¿entonces como podrías identificarte con compañeros de trabajo que hurtan lápices o sobres de la oficina, o ejecutivos que malversan fondos de la corporación? Durante el servicio de Iom Kipur, ¿Cómo puedes pronunciar las palabras, "hemos robado" y permitir que el pronombre plural te agrupe junto con ladronzuelos y malversadores?

La Rebetzin Heller explica nuestra unidad con todos los judíos de la siguiente manera:

Visualiza al ladrón. ¿Cuáles son sus batallas? Posiblemente él está luchando en contra de su crianza, de su educación (o falta de la misma), su ambiente, y su propia pasión por las adquisiciones. ¡Y él está perdiendo! No tengas duda: él está perdiendo sus batallas; la Torá condena su deshonestidad.

Ahora piensa en tus propias batallas internas. ¿Has perdido una batalla alguna vez? Tus batallas no son iguales a sus batallas, pero si alguna vez has perdido alguna de tus batallas, eso es lo que tienes en común con él.

Uno de los pecados que confesamos en Iom Kipur es juzgar a otros duramente. En este Iom Kipur, quizás en tu camino a la sinagoga, tómate el tiempo de pensar en un individuo o en un grupo judío al que juzgas duramente. Luego derriba la pared. Piensa en tus propias batallas perdidas, y en las de ellos, y abre tu corazón a un "nosotros" que los incluya a ellos.

Este Iom Kipur, estemos o no lo suficientemente familiarizados con la liturgia para rezar Shemona Esré, recemos por todos los judíos de todos lados. Lloremos por nuestras propias batallas perdidas y por las batallas perdidas de todos los otros judíos. Lloremos por el sufrimiento de todos nosotros. Como pedimos en la última bendición del Shemona Esré "Bendícenos, Padre nuestro, a todos nosotros como a uno...". Porque somos uno.

Este Iom Kipur, despertemos a nuestra identidad compartida. Entre nosotros no existe tal cosa como las lágrimas de otras personas, solamente nuestras lágrimas colectivas.

* A muchas de estas 3.000 familias les fue perdonado el desalojo a través de los esfuerzos legales de Yedid, una organización benéfica en la cual la mayoría de sus partidarios son de izquierda.