Un médico del hospital Ijilov de Tel Aviv acababa de decirle a Polina Vallis de 18 años de edad, una de los adolescentes heridos en el atentado terrorista en la discoteca Dolfinarium que dejó un saldo de 21 civiles inocentes asesinados, que sus piernas quedarían deformadas de por vida. Polina se quedo media hora llorando en un banco fuera del hospital.

Ahora estábamos en camino hacia Jerusalem, donde el cirujano plástico más destacado de Israel había acordado dar a Polina una segunda opinión, ese mismo día, sin costo alguno.

Al no estar familiarizada con Tel Aviv, había causado que nos perdiéramos en el camino hacia la autopista Ayalon. Estábamos estancados en un tráfico de parachoques contra parachoques, donde no tenía ni idea hacia que dirección conducir. Bajé mi ventana y le pregunte al conductor del Renault blanco de mi izquierda cómo llegar a Ayalon.

"Gire a la izquierda en este semáforo, la dejare entrar en mi carril. Luego a la derecha en el próximo semáforo. Y luego nuevamente a la derecha", me dijo.

Mientras el coche detrás de mí, un Subaru carmesí, tocó la bocina para hacerme saber que el tráfico se movía nuevamente. Pero yo no había terminado de recibir las instrucciones. Para el momento en que avance, hacia la línea izquierda por delante del Renault, el semáforo se había puesto en rojo.

El Subaru ahora a nuestra derecha, se puso a la par. Su conductor comenzó a gritarnos maldiciones, directamente a la ventana del asiento del acompañante donde estaba Polina, por hacerle perder la luz verde. Yo levanté ambas palmas hacia arriba en un gesto desvalido que pretendía transmitir que no tuve más remedio; no sabía que camino tomar. El conductor, un hombre de pelo grisáceo, continúo maldiciéndonos con gestos agitados.

"Si este hombre supiera que la niña a la que le está descargando su furia es una de los heridos de Dolfinarium, estaría mortificado".

Polina, reprimiendo las lágrimas, se quedó contemplándolo en silencio. Pensé para mí misma, "si este hombre supiera que la niña a la que le esta descargando su furia es una de los heridos de Dolfinarium, estaría mortificado".

Justo entonces tocaron mi ventana. El conductor de mediana edad del Renault salió de su vehículo para darnos direcciones más detalladas. Mientras le agradecía, pensé para mí: "Si este hombre supiera que su amabilidad está beneficiando a una de los heridos del Dolfinarium, se sentiría muy gratificado".

Sólo entonces la luz se puso en verde, y cada uno de nosotros condujo por distintos caminos.

¿Quién Sufre?

La Torá prohíbe oprimir verbalmente a una viuda o a un huérfano. (Éxodo 22:24) Rashi comenta que la prohibición se extiende a herir a cualquiera con palabras; la Torá especifica viudas y huérfanos sólo porque son comúnmente reconocidos como personas que sufren. De hecho, los comentaristas explican, que todas las personas sufren, por lo tanto, debemos tener cuidado en cómo hablamos con todo el mundo.

Esta visión, que debemos abstenernos de hablar severamente a todos porque no sabemos su angustia interior, es aún más relevante hoy, en nuestras anónimas vidas urbanas, que con los habitantes de las pequeñas aldeas bíblicas.

El empleado que actuó impaciente con nosotros puede estar pasando por un divorcio. El vecino de arriba que enciende su reproductor de CD a la medianoche puede que haya regresado de visitar a su madre que sufre una enfermedad terminal y está internada en el hospital. El empleado que cometió un error estúpido puede que haya recibido malas noticias sobre un pariente cercano. El amigo que actúa desconsideradamente puede estar preocupado por problemas financieros de los cuales no tenemos ninguna idea.

Esto no se trata de exonerar a nadie por su mala conducta. Todos los seres humanos son responsables por sus actos incluso bajo coacción. Pero sabiendo que nuestro vecino de arriba acaba de venir del lecho de muerte de su madre debería afectar el tono que utilizamos cuando le pedimos que baje la música o que se ponga los auriculares.

El Día de la Verdad

La mayoría de nuestras interacciones son con personas cuyo dolor está oculto a nuestra vista. Hace varios meses Aish.com saco un artículo de Mara Frei Goldblatt. Mara había hecho aliá desde Estados Unidos y estaba viviendo con su marido Danny y con su hija de dos años Rajel en un pequeño pueblo en el borde del desierto de Judea. Una noche, un terrorista árabe entró en su casa a través de las puertas corredizas de vidrio, le cortó el cuello a Danny, y apuñalo repetidamente a Mara, que estaba embarazada, causando la muerte del niño en su vientre. Mara sobrevivió; una viuda de veintitantos con cicatrices físicas y emocionales que durarán toda la vida.

En el artículo, Mara, ahora casada nuevamente con gemelos, relata un incidente que tuvo lugar en un patio interior en Israel. Un bravucón de seis años había saltado sobre sus bebés. Tal vez reaccionando exageradamente, desde un lugar de vulnerabilidad comprensible, Mara apartó al muchacho bruscamente de sus pequeños niños en llanto. El abuelo del niño, un veterano israelí, censuró su acción, y seguidamente comenzó con su discurso. El abuelo le hizo saber a Mara que ella era una estadounidense consentida, que había contribuido poco a Israel comparado con el sacrificio de su generación, que había drenado los pantanos y luchado en varias guerras.

"Si sólo pudiera ver mis cicatrices".

Como lector, estaba horrorizada con la imagen de este hombre reprendiendo públicamente a Mara, quién, como una viuda mutilada con una hija huérfana, probablemente ha sufrido mucho más que él en la búsqueda del sueño sionista.

"Si sólo pudiera ver mis cicatrices, yo pensaba para mí misma", escribió Mara. "Si sólo tuviéramos la capacidad de ver en los antecedentes de otras personas y por lo tanto ser capaces de apreciar su posición. Eso es lo que realmente le quería decir a este señor y a todos los espectadores".

Mara optó por no decir nada. En los cinco años transcurridos desde que su marido fue asesinado, ella luchó para liberarse a sí misma de auto-definirse como una víctima. Así que, algún tiempo después, ella se acercó al hombre y se disculpó por haber sido dura con su nieto. Él aceptó las disculpas y se alejó, inconsciente de quien había sido realmente el objeto de su calumnia.

Nuestros sabios nos enseñan que nuestra inconsciencia, nuestro desconocimiento de la totalidad de las ramificaciones de cada dura palabra y acción, persiste sólo hasta el día de la muerte. A continuación, cada alma enfrenta su juicio y es testigo, más bien experimenta, el video sin editar de su propia vida.

El abuelo de la historia de Mara va a ver la escena nuevamente, pero esta vez sin la ceguera del espacio y el tiempo de este mundo físico. Él verá a Mara y las heridas de su cuerpo y su corazón con perfecta claridad, y verá cómo sus palabras altaneras esparcen sal en aquellas heridas.

¿Cómo se sentirá? Eso es precisamente lo que es el infierno: el infierno interior del remordimiento cuando nos damos cuenta del alcance de la lesión que hemos forjado. Ningún fuego exterior se puede comparar en intensidad de quemadura al arrepentimiento que cada uno de nosotros sentirá cuando perciba el sufrimiento que ha causado.

Iom Kipur

No tenemos que esperar hasta el día de la muerte para enfrentar y tratar con todas nuestras duras palabras y todas nuestras acciones abusivas. Dios nos ha dado a nosotros el regalo de Iom Kipur, un día que tiene el potencial de limpiar nuestras cuentas.

Durante los días previos a Iom Kipur, debemos examinar nuestra forma de actuar en el año que pasó: para recordar las veces que hablamos con ira, los insultos que parecen tan justificados, las críticas sarcásticas que disparamos, las burlas irónicas que proferimos en contra de víctimas cuya topografía interior se oculta tras el muro opaco de nuestra limitación cognoscitiva.

Lógicamente no debe haber ninguna forma de erradicar los errores hirientes de nuestro pasado. Pero la teshuvá, el arrepentimiento, es un milagro. Si repasamos los pasos del proceso de teshuvá, entonces descubrimos que Dios en Iom Kipur nos concede el increíble don de la expiación. Es como si Dios apretara el botón "eliminar", haciendo desaparecer el sucio desorden en la pantalla de nuestras almas.

Pero el milagroso proceso de teshuvá, de arreglar el pasado así como el futuro, puede venir sólo cuando reconocemos el daño que hemos hecho y sentimos pesar por la magnitud de los daños. Todo pecado, por definición, daña nuestra relación con Dios. Todo pecado, por definición, nos distancia de alcanzar nuestro verdadero potencial. Los pecados interpersonales, además, hieren a otras personas, por lo general mucho más de lo que habíamos tenido intención de lastimar.

Sin Ninguna Señal

En la mañana del gran desastre de Nueva York, mi amiga Amita caminaba de su casa en Greenwich Village a su oficina en Wall Street. Ella comenzó a ver pasar las personas que habían sido evacuadas del World Trade Center.

Las tragedias han dejado a su paso decenas de miles de dolientes en todo el mundo.

En el momento en que la primera torre colapso, para el horror y la angustia de toda persona que lo presencio, una mujer cubierta de cenizas grito en voz alta. Su marido trabajaba en ese edificio. Amita inmediatamente tomó sus manos y habló con ella en tono suave: "Nosotros no sabemos nada aún. Tú trabajas en la otra torre, y fueron evacuados de inmediato. Estas aquí segura. Con la ayuda de Dios, tu marido estará seguro en algún otro lado". La compasión fue la respuesta instintiva e inmediata de Amita.

Las tragedias han dejado a su paso decenas de miles de dolientes en todo el mundo: padres afligidos, cónyuges, hijos, hermanos y amigos. En sus vidas diarias, no son reconocibles ni por un rasgo ni por una señal cuando se sienten en un escritorio cerca o están del otro lado en el mostrador de ventas. ¿Cómo te asegurarás que no estás añadiendo más sufrimiento a su dolor con una palabra dura? Sólo observando los mandamientos de la Torá y absteniéndote totalmente de pronunciar discursos duros sin importar cuán justificados sean.

Si el conductor del Subaru rojo hubiera sabido cuán vulnerable y angustiada estaba la niña en el asiento del acompañante, su corazón sin duda se apretaría de remordimiento por su ataque. La Torá nos enseña que todos los seres humanos son vulnerables. En este nuevo año, luchemos seriamente para no lastimar a nadie con nuestras palabras.