Miré las imágenes, al igual que ustedes, y me pregunté con total incredulidad.

"¿Eso debajo del agua es un automóvil o es un bote?".

"¿Por cuánto tiempo estuvieron esas personas atrapadas en esos techos?".

"¿No se dieron cuenta que esos diques no eran suficientemente fuertes?".

"Eso no puede ser el SUPERDOME, ¿o si?".

"Por todos los cielos, ¿por qué no salieron cuando pudieron?".

Katrina, quizás el mayor desastre natural que haya ocurrido alguna vez en suelo estadounidense, se ha cobrado innumerables víctimas, ha destruido la vida de todos los afortunados sobrevivientes, y causó estragos en el imaginario nacional estadounidense.

Y mientras los cadáveres estaban aún húmedos y las intersecciones del centro todavía estaban inundadas, el obligatorio dedo acusador no podía esperar. Leer la prensa. Escuchar las noticias. Ver el circo. Hoy es el alcalde, mañana es Bush. "Los ingenieros eran aficionados". "Dios ha hablado". La Agencia Nacional para el Control de Emergencias fue totalmente inepta; el gobernador debería renunciar. Era una ciudad de depravación; Ariel Sharon es la fuente de todas las cosas malas.

Y así siguió. Chivos expiatorios fueron difamados e ignorantes se vieron súbitamente ascendidos a expertos. Y mientras tanto, funerales y entierros se volvieron moneda corriente, mientras cientos de miles se preguntaban cuándo Houston se había convertido en un suburbio de Nueva Orleáns.

Una tormenta infernal ha asolado la ciudad y derrumbó para siempre multitud de vidas. ¿Y cuál es nuestra respuesta principal e inmediata? Recriminación y culpas.

Claro, es importante saber que salió mal en las labores de rescate. Debemos aprender de nuestros errores. Pero, ¿no podía esperar un poco el "Show de Culpas", para poder primero velar, enterrar y organizar? Supongo que es lo que los sentimientos de impotencia a menudo pueden causar.

Por supuesto, la culpa no es un concepto desconocido para los judíos. Más de dos mil años de cruzadas, pogroms, holocaustos y expulsiones pueden hacerle eso a un pueblo.

Pero culpar, con todas sus nefastas consecuencias, también connota responsabilidad -- personal, familiar y comunal. Y los judíos, especialmente en estos Días Terribles, abrazamos este concepto de asumir la responsabilidad de nuestras acciones y nuestra pasividad – incluso nuestros pensamientos y sentimientos. Nos sentimos orgullosos mientras hacemos un balance. Aún siendo el proceso doloroso, disfrutamos la sensación de limpieza que cae sobre nosotros con la puesta de sol, que escolta nuestras peticiones de Iom Kipur, conduciéndonos a la expiación.

A veces transformamos nuestra culpa en un sentimiento indebido de humillación y vergüenza. Nos castigamos de maneras que pueden dañar la apreciación de nuestro propio ser.

A veces, sin embargo, en nuestro afán de lograr la rectificación, distorsionamos este sentido necesario de rendición de cuentas en una manera perjudicial. La culpa puede ser fácilmente transformada en un sentimiento indebido de vergüenza y humillación. Sentimientos de culpa, los del tipo necesario para allanar el camino hacia el mejoramiento de uno mismo, a menudo se convierten en mucho más que eso. Ellos dominan nuestro espíritu. Nos castigamos de maneras que puedan marcar y dañar la apreciación de nuestro propio ser. La perfección es confundida con la purificación. No creo que de eso se trate Iom Kipur.

El venerable sabio del siglo XIX, Rab Israel Salanter, una vez hizo una pregunta obvia y ofreció una respuesta penetrante. "¿Por qué Dios eligió poner a Iom Kipur después de Rosh Hashaná? Iom Kipur es el día de expiación; Rosh Hashaná celebra el dominio de Dios sobre el universo y el rol único que nosotros, su pueblo elegido, jugamos en el cosmos. ¿No sería mucho más lógico entrar en ese estado glorificado después de haber pasado el refinamiento espiritual de Iom Kipur?".

En realidad es todo lo contrario, explicó el sabio rabino. No tenemos que estar totalmente purificados para alcanzar el exaltado estatus de pertenencia al ejército celestial. Alcanzamos ese santo estatus sólo por ser quienes somos -- sí, con todos nuestros defectos e imperfecciones y debilidades. Se llama ser humano.

¿Pero no debemos al menos tratar de perfeccionarnos en la medida de lo posible?

Por supuesto. Es, de hecho, precisamente ese esfuerzo el que nos lleva a niveles cada vez más altos de compasión, entendimiento y santidad. Pero cuando la perfección se convierte en nuestra única meta aceptable, y cuando caer un poco nos causa una culpa insalubre, una culpa paralizadora que nos desanima, hemos claramente ido demasiado lejos.

La vida, tal como ha sido dicho tantas veces, es realmente un viaje. Cuando viajamos en avión, cada uno de nosotros se somete a un intenso escrutinio. Y mientras serpenteamos el camino a través de los puestos de seguridad de los aeropuertos, nos acercamos más y más al gran momento -- cuando debemos enfrentarnos cara a cara con la temida pero imprescindible maquina de rayos X y detector de metales. Se nos pide que pongamos todo lo que tenemos en la cinta transportadora a fin de que todas y cada una de nuestras pertenencias pueda ser examinada cuidadosamente. Sabemos que estamos entrando en un lugar sagrado porque muchas veces tenemos que quitarnos nuestros zapatos.

Incluso si esa campana suena, no quiere decir que no vas a entrar en el avión.

Y luego en una única fila, marchamos a través de la máquina, con la esperanza -- quizás rezando -- que la temida alarma no suene, señalando que hemos sido seleccionados para un examen aún más minucioso.

Pero incluso si esa alarma suena, no quiere decir que no vas a entrar en el avión. Puede que sólo te pidan que dejes un objeto o que expliques porque necesitas llevar algo contigo. Sí, incluso con imperfecciones puedes todavía obtener una tarjeta de embarque.

Y así también es en Iom Kipur. Avanzamos por nuestro camino a través del año y finalmente alcanzamos el gran día, en el que debemos estar cara a cara con Dios. Todo lo que hemos hecho es cuidadosamente analizado y evaluado. Hemos dejado nuestros zapatos en casa.

Y entonces, como decimos en nuestros rezos, toda la humanidad pasa ante Dios, como miembros de una manada que se acerca a un detector de metales espiritual. Así como las ovejas caminan en una sola fila ante su dueño, pasamos por debajo de Su vara y mantenemos nuestro aliento, aguardando su decreto. Cerramos nuestros ojos y rezamos para que la temida alarma permanezca en silencio, y se nos conceda otro año de vida.

Pero no tenemos que ser perfectos para conseguir la tarjeta de embarque -- nadie lo es. Se nos puede pedir que dejemos ciertos pecados o faltas o que expliquemos porque fallamos en alcanzar nuestro potencial este año. Estas son preguntas importantes -- preguntas que nos debemos preguntar a nosotros mismos.

Pero el Dios de la misericordia entiende a cada uno de nosotros. Él ve a través de nuestro equipaje con una de visión rayos X perfecta. Él sabe nuestras intenciones y sabe nuestras pretensiones. Él juzga nuestro nivel de sinceridad y toma totalmente en cuenta nuestra lucha. Y lo único que Él realmente quiere es nuestro máximo esfuerzo -- completo, sincero y sentido.

Sí, Iom Kipur es un día de golpearse el pecho, de lágrimas y reverencias sin paralelos. Pero todo eso es acrecentado cuando tenemos pleno conocimiento del amor incondicional de Dios por sus hijos.

Este año, cuando termines tus embalajes de último minuto, deja el puñal en casa. Lleva un buen libro de oraciones, algunas resoluciones sinceras, y muchos pañuelos.

Y que tengas un buen viaje.

Que todos arribemos seguros.