En mi camino al Muro de los Lamentos un viernes por la noche, ya había atravesado la Ciudad Vieja de Jerusalem y bajado la mayoría de las escaleras, cuando me encontré con un pequeño niño que parecía perdido. Sabía que debía tener casi tres años de edad porque tenía el pelo largo, según la costumbre de no cortarlo antes de su tercer cumpleaños, pero ya estaba usando una kipá.

Me acerque al niño y le pregunté en inglés si estaba perdido. Él me ignoró, así que intenté nuevamente en hebreo. Me dio la espalda y empezó a subir por las escaleras. Viendo que no había nadie con este pequeño, comencé a seguirlo mientras que desafiante se abría paso a través del Barrio Judío, pasando entre multitudes de personas, entrando y saliendo de pequeños pasajes.

Luego de un rato, me empecé a preocupar - ¿A dónde nos estaba llevando? ¿Sabía acaso hacia donde estaba yendo? Estaba siguiendo ciegamente a un niño pequeño por la laberíntica Ciudad Vieja, ¡Y ni siquiera había podido sacarle una palabra!

Finalmente, lo paré y le dije que debía hablarme y decirme quién era él y de qué forma lo podía ayudar yo a llegar a su hogar. ¡Mala idea! El niño se echó a llorar e igualmente se negó a decirme una palabra. Continuó con su marcha adelante, y con la culpa de causar que las lágrimas caigan por su cara, lo seguí silenciosamente.

Al final, caminó directo hacia su hogar, y yo lo seguí hacia la bienvenida de su preocupada y agradecida familia.

A pesar de que era un niño pequeño, asustado y perdido, conocía su camino a casa.

Aunque yo ya llevaba viviendo un año en la Ciudad Vieja, nunca había estado en la cuadra en que vivía aquel niño. Ni siquiera sabía que existía. Nunca hubiera creído que una criatura tan pequeña me pudiera haber llevado por todos esos giros y vueltas que nos tomó llegar ahí. A pesar de que era un niño pequeño, asustado y perdido, conocía su camino a casa.

Pensé para mí misma, si él puede encontrar su camino a casa, ¡yo también puedo!

Aunque he tomado decisiones en mi vida que me han apartado de mi verdadera esencia, la persona que quiero ser, siempre tengo la opción de hacer teshuvá, arrepentimiento, que esencialmente me permite encontrar mi camino a casa.

Durante los "diez días de arrepentimiento" entre Rosh Hashaná y Iom Kipur, existen muchas formas de encontrar nuestro camino a casa. Los sabios dicen que primordialmente hay tres maneras de trabajar con el Todopoderoso para hacer del siguiente un gran año: rezar, hacer cambios en el comportamiento y en las acciones, y dar caridad.

Rezo

El rezo es la primera cosa que busco en este momento. Además de usar el Sidur, el libro tradicional de rezos, también aprovecho varias oportunidades durante el día para hablar con Dios en mis propias palabras. (Primero me aseguro que no haya nadie alrededor para escucharme, ¡y pensar que definitivamente me he vuelto loca!) Luego simplemente hablo con Él, diciendo lo primero que se me venga a la mente.

Un día, me encontré a mí misma gritándole a Dios, preguntando por qué no tenía todo lo que había estado pidiendo tantas veces, por qué la respuesta que Él seguía dándome parecía ser "no". Y me empecé a preocupar, ¿acaso me va a caer un rayo? Así que llamé y le pregunté a mi rabino. Él me dijo que no hay ningún problema en comunicarle mis sentimientos a Dios – incluso si en ese momento pueda haber un poco de rabia. Porque esto demuestra que sé que incluso los momentos difíciles en la vida vienen directo de Dios. No le voy a echar la culpa a "mi mala suerte" o a la otra gente por mis problemas, sino que veo directamente a la fuente y Le pregunto con franqueza por qué me está pasando a mí (¡o NO me está pasando!).

En ese punto tengo la oportunidad de ver mi vida y preguntarme qué puedo hacer para que mis rezos se materialicen en la realidad. ¿Qué es lo que puedo cambiar en mi comportamiento y accionar, para que la bendición de salud, éxito, relaciones, etc. – venga a mi vida?

Haciendo Cambios

A pesar de que quiero que Dios me escuche, y oiga lo que tengo para decirle, también tengo que estar abierta a lo que Él tiene para decirme a mí. Yo creo que al ver los eventos de mi vida, la gente que me rodea, y los patrones de comportamiento que he escogido, puedo ganar un montón de entendimiento. Puedo a veces incluso comprender los mensajes escondidos en las "ocurrencias casuales" del día a día, que me dan pistas de lo que puedo hacer para mejorar mi vida.

No me siento a esperar que lleguen los buenos tiempos. Activamente trato de formar parte de mi propio destino, haciendo los cambios necesarios a lo largo de mi vida. Cuando veo que mis decisiones no me han funcionado en el pasado, y que el modo de vida que estaba viviendo no produce los resultados por los que estoy rezando, intento preguntarme a mí misma: ¿Qué puedo hacer para tomar parte activa en la materialización de mis sueños?

Cada cambio pequeño en mi comportamiento y en mis interacciones personales va a ser otra oportunidad para hacer de mi vida una vida mejor, y mejorar las vidas de los que me rodean. E incluso si mis habilidades para "leer las señales" no son perfectas, y no logre captar el mensaje que había ahí, nunca me preocupo. Porque cada cambio para mejor termina perfeccionando mi vida y llevándome hacia delante, más cerca de mis metas.

Caridad

¡Cielos!, no puedo decir que tengo a mi disposición una cantidad abundante de dinero extra para regalar, entonces ¿cómo hago? Poco a poco, soy capaz de ahorrar para una donación a mi organización de beneficencia favorita, dejando a un lado algo de dinero cada vez que me pagan. Si gano un dólar, pongo 10 centavos en una tasa y lo separo hasta tener una gran cantidad para dar.

Pero la caridad no se trata sólo de la plata. También es sobre el tiempo. Hay lugares donde voy como voluntaria y dono mi tiempo y energía, de manera de ayudar a los demás. Es la idea de entrar en la modalidad de dar. En todo caso, ¡estoy agradecida de no estar en la posición contraria esta vez! Prefiero mucho más saber que soy yo la que tiene abundancia para dar, ya sea dinero, tiempo, energía o incluso una sonrisa, a tener que estar en el puesto del recibidor.

Tal como el pequeño que conocía el recorrido para llegar a su hogar, a través de su miedo y su llanto, entrando y saliendo por pequeños pasajes, yo también conozco el mío. Puede ser un camino tormentoso, pero vale la pena cada minuto.