Pasó justo antes de mi primer examen en la universidad. Abrí el pequeño refrigerador, tomé una botella de agua de la caja que compartía con mi compañera de cuarto y la bebí mientras miraba mis apuntes por última vez. Mientras la bebía, mi compañera entró y mi miró completamente horrorizada.

“¿Estás bebiendo de la botella que tiene una X?”, dijo, arrojándose sobre mí para agarrar la botella.

“¿Qué X? ¿De qué hablas?”, pregunté.

“Puse algo en esa botella que me ayuda a dormir. No tuve la oportunidad de decirte, pero por eso puse esa X grande en ella”, explicó.

Miré a mi compañera, una niña tímida y estudiosa de una ciudad sobre la que jamás había oído. El primer día, mientras estábamos sentadas en nuestro cuarto, me dijo: “Eres la primera judía que conozco”. Siendo yo de Nueva York, el comentario me pareció absurdo, pero ella era la primera católica religiosa que se hacía amiga mía y mi ignorancia también le debe haber extrañado.

Traté de reconciliar sus plegarias nocturnas y sus afiches espirituales con la idea de que había puesto drogas en una botella de agua mineral. Bajé la mirada hacia mis notas y la volví a mirar. Podía escuchar la voz del profesor resonando en mi mente: No hay recuperatorios para este examen.

“Lo siento”, dijo suspirando.

Cerré mi cuaderno y me paré. Me sentía bien, pero estaba empezando a ponerme nerviosa. Y enojada. “¿Cuánta droga pusiste?” pregunté, poniendo la silla en su lugar.

“Te vas a quedar dormida”, dijo con convicción.

“Tengo un examen en diez minutos. Tengo que hacerlo. ¡No puedo creer que hayas hecho algo así!”. Me puse mi chaqueta.

“Marqué la botella, te lo iba a decir”, musitó.

“Sí, pero no me dijiste. Ahora voy a fracasar por tu culpa.

Azoté la puerta detrás de mí mientras escuchaba su última súplica: “Lo siento mucho, pero no deberías ir. Te quedarás dormida allí”.

De alguna manera terminé el examen, luchando para mantenerme despierta. Por fortuna era de selección múltiple y pude aprobar. Después, cuando me acosté y finalmente dormí, sentí la primera llama de resentimiento recorrer todo mi ser. Y me pregunté cómo toleraría el resto del año con una compañera de cuarto como ella. Durante un par de semanas hice lo mejor que pude para ignorarla, más allá de un par de frases aquí y allá. Yo continué con mi vida y ella con la suya. Pasé las botellas de agua a mi escritorio. Me quedé despierta hasta tarde y me levanté temprano.

Hasta la víspera de Iom Kipur. Estaba saliendo del cuarto cuando mi compañera elevó la mirada hacia mí, por sobre sus libros.

“¿Por qué estás bien vestida? No es el Shabat judío aún”.

Me paré con la mano en el picaporte y me miré en el espejo. Me vi con mi cárdigan blanco. Vi el majzor en mi mano y luego vi mi cara, enojada, esquiva, resentida. Miré hacia el piso. Estoy tan avergonzada de mí misma, advertí. Ni siquiera puedo mirarme en el espejo. De repente me di cuenta lo difícil que debe ser vivir conmigo. Mi alarma suena todos los días antes del amanecer. La luz sobre mi cama que mi compañera de cuarto no podía tocar durante Shabat. Mi presumido grupo de amigas que visitaban los sábados por la noche sin siquiera saludarla. Mi naturaleza engreída que se demostraba en mi vestuario de marca y en mi impaciencia. Volví a levantar la mirada, hacia el espejo, y pensé: es difícil vivir conmigo.

“No, esta es otra festividad”.

Es Iom Kipur. Estoy a punto de pedirle perdón a Dios y ni siquiera puedo mirar a mi compañera de cuarto a los ojos. Es Iom Kipur. Estoy a punto de rezar durante horas. A punto de ayunar. A punto de rogar por mi vida. Y ni siquiera puedo mirarme en el espejo.

Apoyé mi majzor en mi escritorio y me senté. Miré a mi compañera de cuarto y abrí la boca para disculparme, pero las palabras no salían. Ni siquiera sabía lo que decir. Nos sentamos por un momento mientras el sol comenzaba a bajar y yo empecé a entrar en pánico. Iom Kipur estaba a punto de comenzar y yo ni siquiera podía hablar.

Pero mi compañera pareció percibir mi lucha. “Está bien”, dijo.

“Lo siento”, le dije finalmente.

“Lo sé, está bien. ¿Tu luz queda prendida para esta festividad también?”, preguntó mirando hacia la lámpara junto a mi cama.

“Sí. Gracias. Gracias por ser una compañera tan buena”. Ella sonrió mientras yo me apuraba a salir.

Es Iom Kipur. Un tiempo para perdonar y aceptar el perdón. Un tiempo para relajarse y dejarse llevar.

He aquí cinco caminos para perdonar:

1. Mírate en el espejo. Reconoce que es difícil vivir contigo, que tienes imperfecciones y limitaciones con las que los demás tienen que lidiar todo el tiempo. Perdona las debilidades de los demás al igual que pasas por alto tus propios errores.

2. Piensa en grande. Piensa en Iom Kipur como un mirador en la cima de una montaña que has escalado durante todo el año. Ve los días y sus momentos desplegados frente a ti. Prepárate para ver esta gran imagen de tu vida. Tus mayores objetivos. Tus creencias. Ve a cada persona en tu vida como parte de esa imagen. ¿Qué lección has aprendido de ella, incluso si aprenderla fue una experiencia dolorosa? ¿Qué mensaje te está enseñando Dios al poner a esta persona en tu vida?

3. Di algo. Pedir perdón no requiere una carta larga ni un discurso planeado con meticulosidad. A menudo con sólo “decir algo” alcanza. Lo que sea. Lo siento. Volvamos a comenzar. Quiero que hablemos. Es ese primer paso lo que socava el resentimiento arraigado.

4. Rompe el ciclo. En ocasiones, la dinámica de nuestra relación con las personas que amamos no es buena. Incluso si sientes que tienes razón, rompe la dinámica. Deja de tener la misma discusión una y otra vez. Ten la valentía para dejar la culpa de lado y decir: comencemos de nuevo. “Locura no es hacer lo mismo una y otra vez esperando un resultado diferente, locura es hacer lo mismo una y otra vez sabiendo muy bien el resultado que obtendrás”. Anónimo.

5. Perdona a la vida. En ocasiones sentimos resentimiento hacia otras personas por circunstancias de nuestra propia vida. Es más fácil culpar a las personas que enfrentar nuestras propias desilusiones. Necesitamos ir un paso más allá. Necesitamos perdonar a Dios por todas nuestras frustraciones y nuestros desafíos. Perdonarlo por ocultar Su rostro cuando más lo necesitamos. Perdonarlo por las ocasiones en que aparentemente nos abandonó por completo. Cambiar nuestra actitud y decir gracias. Por la vida. Por otra oportunidad. Por el mismísimo regalo del perdón. Golpear incesantemente en la puerta que se cierra en Iom Kipur. Dios quiere perdonarnos y que nosotros perdonemos.