Hace unos veinte años, cuando nació nuestro segundo hijo, vivíamos en un complejo habitacional en Baltimore con muchas otras familias judías ortodoxas jóvenes. Siempre que una familia era bendecida con un hijo, las otras le preparaban cenas para dos semanas. En aquella ocasión, agradecimos mucho por haber sido receptores de esa bondad, que también habíamos hecho muchas veces antes y muchas después.

Una noche, durante esas dos extenuantes semanas, la cena no llegó. Resultó ser que la mujer que se había ofrecido para prepararnos la cena esa noche lo olvidó. Por supuesto, cuando se le pidió que preparara la cena ella aceptó, pero apenas colgó el teléfono se olvidó por completo.

La verdad, en ese momento no nos importó mucho. Descubrimos que, al cocinar para los demás, las personas tienden a cocinar de más para no correr riesgos. Como resultado, durante esas dos semanas básicamente nos inundaron con una cantidad tal de comida que ya no sabíamos qué hacer con ella. Al final, no recibir otra olla llena de pollo y arroz fue un alivio que nos permitió atacar nuestra creciente colección de sobras.

Sin embargo, la pobre mujer que se olvidó de nosotros no encontraba consuelo. Estaba mortificada por haber decepcionado a una familia judía en un momento de necesidad. Desde ese momento, durante todos los años que nos quedamos en Baltimore, mi esposa notó algo extraño en ella. La mujer básicamente comenzó a evitar a mi esposa, asegurándose de no volver jamás a estar cara a cara con ella. Estaba demasiado avergonzada (en su mente) por habernos defraudado tanto.

Ahora bien, estoy bastante seguro de que esa mujer nunca repitió el error. Sin lugar a dudas, ella compró una agenda y comenzó a atar hilos en sus dedos, comenzó a escribir notas en el refrigerador, etc. ¿Quién quiere volver a pasar semejante vergüenza?

Pero ella no logró hacer una cosa: confesarse ante las personas que había defraudado (o, al menos, que creyó haber defraudado). En lugar de hacerlo, simplemente evitó a mi esposa, sin siquiera darle la oportunidad para que le explicara lo intrascendente que había sido todo el asunto para nosotros. Ellas se habrían reído juntas y habrían continuado sus vidas felices. Sin embargo, esta mujer se alejó y mi esposa, por su parte, tampoco se sintió cómoda como para acercarse a ella.

Tendemos a pensar que el arrepentimiento es el equivalente a las resoluciones de año nuevo: una oportunidad para corregir nuestros errores del pasado y comenzar desde cero. Este año será mejor, será distinto. No repetiremos los mismos errores e indiscreciones del año pasado. Y nunca tendremos que volver a tolerar la incomodidad de vivir con las consecuencias de nuestros errores.

Lo que hacemos en Iom Kipur no es arrepentirnos, sino disculparnos.

Pero eso es sólo una parte de ello. El arrepentimiento no sólo implica introspección y crecimiento, implica también reparar. Significa enfrentar a quien has defraudado (y esto incluye también a Dios) para pedirle perdón y enmendar la relación. Maimónides describe la obligación de confesar de la siguiente manera: “[La persona debe decir] ‘por favor, Dios, he pecado, transgredido, y me rebelé ante Ti haciendo tal y cual cosa…’” (Leyes de arrepentimiento 1:1). Tienes que erguirte y hablar con Dios, así como con todas las personas que hayas defraudado. Debes retornar a Él y pedirle perdón. Arreglarás tu futuro también, pero primero tienes que arreglar tu pasado.

Lo que hacemos en Iom Kipur no es arrepentirnos, sino disculparnos. En la sinagoga recitamos la confesión (vidui) diez veces durante el día. Nos paramos ante Dios y decimos: “Lo siento, esto es lo que he hecho…”. Por supuesto, disculparnos sin intentar mejorar a futuro no sirve de mucho, pero debemos comenzar pidiendo disculpas, parados frente a Dios. El arrepentimiento es sólo la demostración de que tu disculpa fue sincera.

Al comienzo de sus Leyes de arrepentimiento, Maimónides escribe:

Todos los mandamientos de la Torá —tanto los positivos como los negativos—, si una persona transgrede uno de ellos, consciente o inconscientemente, cuando se arrepiente y desea enmendar su pecado, está obligada a confesarse ante Dios, bendito sea Él.

La esencia de Iom Kipur no son las resoluciones personales ni la introspección, sino hablar con Dios.

En una obra supuestamente sobre arrepentimiento, ¡Maimónides no menciona en ningún lugar el arrepentimiento en sí! Prácticamente lo pasa por alto, enfocándose por completo en nuestra obligación de confesar. De nuevo, la razón es que la esencia de Iom Kipur no son las resoluciones personales ni la introspección, sino pararse y hablar con nuestro Creador. Debemos decirle a Dios quiénes somos, en dónde estamos en la vida y las cosas que necesitamos mejorar. Y, naturalmente, debemos efectivamente mejorar, asumiendo que nuestras palabras son sinceras.

Todos sabemos lo difícil que es estar cara a cara con una persona que hemos defraudado. ¿Cómo rompemos el hielo? ¿Quién sabe cómo reaccionará? Preferiríamos pasar el resto de la vida evitando a nuestras víctimas en lugar de volverlas a ver.

Felizmente, con Dios es distinto. Dios es amoroso y paciente y espera ansiosamente nuestra disculpa. “Dios no avergonzará a un corazón roto y humillado” (Salmos 51:19). A diferencia de lo que ocurre con las personas que hemos defraudado, disculparnos ante Dios es bastante fácil y la disculpa es bien recibida. Además, Él de todas maneras sabe lo que hicimos. El arrepentimiento comienza con la disculpa. Habla con la persona que has defraudado, discúlpate por tus errores y la mejora vendrá a continuación.