"¿Y si el Secreto del Éxito Es el Fracaso?".

Ese fue el seductor título del reportaje principal de la revista dominical del periódico “New York Times” hace unas semanas. El artículo nos lleva a reconsiderar una actitud que ha sido aceptada culturalmente como una verdad incuestionable y, más profundamente, sus conclusiones nos alientan a reconocer la sabiduría de la tradición judía y las ideas que ésta nos exige que enfaticemos en nuestra observancia de Iom Kipur.

Iom Kipur es un día dedicado al reconocimiento de nuestros errores.

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Una y otra vez repetimos las palabras: "He pecado". Reconocemos que en muchas formas "le hemos errado al objetivo", la traducción literal de la palabra hebrea para pecado. Admitimos que no fuimos perfectos; si fuésemos calificados por Dios en base a nuestras acciones del año pasado, confesamos que en algunas áreas merecemos un cero.

Y sin embargo, ¿alguien ha visto una calificación como esa en nuestra cultura contemporánea?

Ya hace décadas que los supuestos expertos les vienen diciendo a los padres que lo único que tienen permitido hacer al criar a sus hijos es alabarlos. La crítica siempre es destructiva para la autoestima, y la autoestima es el valor más grande que debemos transmitirle a nuestra progenie. Hazlos sentir bien sobre sí mismos, así se sentirán felices y auto-complacidos. Nunca los cargues con el veredicto de que han fallado en cumplir algún objetivo. Nunca les bajes el ánimo diciéndoles que podrían haberlo hecho mejor. Recompensas, y no críticas ni castigos, son lo que los niños necesitan para convertirse en adultos responsables.

La profesión de maestro fue también lentamente arrastrada por esta filosofía de "alabanza a cualquier precio" sin ningún recuerdo de fracaso. La inflación de las notas convirtió a todo el mundo en erudito porque "hizo lo mejor que pudo, y si no obtuviera una nota excelente se sentiría mal". La mención de honor fue eliminada en muchas escuelas porque quienes no la obtenían sentían una baja de autoestima, y no se veía bien reconocer que algunos no eran tan perfectos como otros. Escuelas más liberales eliminaron los deportes competitivos –o, si los tenían, rechazaron registrar los resultados- para que nadie tenga alguna vez que admitir ser un perdedor.

Si queremos alguna vez mejorar y convertirnos en quienes somos capaces de ser, necesitamos reconocer nuestras debilidades y fallas.

¿Y si el secreto real del éxito es el fracaso?

¿Y si necesitamos llevar el marcador en nuestras propias vidas y reconocer nuestros errores, nuestras debilidades y nuestras fallas para poder mejorar y convertirnos en lo que somos capaces de ser?

El artículo del New York Times es revelador porque nos fuerza a confrontar lo que las generaciones anteriores sabían y eligieron olvidar: reconocer nuestros errores es la única forma de lograr el éxito en la vida.

Paul Tough, el autor del ensayo, concluye su extenso análisis con la siguiente observación:

La mayoría de los estudiantes de Riverdale ven delante de ellos un claro camino hacia cierto tipo de éxito. Irán a la universidad, se graduarán, obtendrán trabajos bien remunerados –y si caen en el camino, sus familias los ayudarán, comúnmente cuando estén bien entrados en sus veinte e incluso en sus treinta si es necesario. Pero, a pesar de sus muchas ventajas, Randolph [el director de esta exclusiva y muy rica escuela] no está del todo convencido de que la educación que están recibiendo en Riverdale, o el apoyo que reciben en casa, les proveerá las habilidades para negociar el camino hacia aquel éxito profundo que Seligman y Peterson sostienen que es el producto máximo del buen carácter: una vida feliz, significativa y productiva. Randolph quiere, por supuesto, que sus estudiantes logren el éxito – sólo que cree que, para lograrlo, primero necesitan aprender a fracasar.

Aprender a fracasar es nada menos que un resumen de tres palabras del confesionario de Iom Kipur. Requiere que seamos lo suficientemente maduros para enfrentarnos con los fracasos personales que nuestros padres, maestros y amigos bien intencionados trataron de protegernos de reconocer. Nos exige admitir que no somos perfectos, precisamente porque estamos dispuestos a asumir el desafío de perfeccionarnos.

En Iom Kipur tenemos que definirnos a nosotros mismos bajo la luz de un concepto que Benjamin Barber, un cientista político de la Universidad Rutgers, cree que es una verdad absoluta sobre el comportamiento humano. Amamos categorizar a la gente, usualmente etiquetándola con una de dos características muy distintivas y diferentes. La gente es flaca o gorda, introvertida u extrovertida, optimista o pesimista, seria o divertida. Esta actitud lleva a estereotipos y generalizaciones que no son del todo precisas. Pero hay una división de personas que Barber afirma que es la forma más crucial y correcta de diferenciar entre ellas. Él dice:

No divido el mundo entre el débil y el fuerte, ni entre los éxitos y los fracasos, quienes lo logran y quienes no. Divido el mundo entre los que aprenden y los que no – aquellos que reconocen sus fracasos, aprenden de ellos y siguen adelante, en contraste a quienes no pueden admitir haber alguna vez hecho algo equivocado, nunca aprenden de sus errores y se condenan a revivir los errores de su vida.

Es por eso que en Iom Kipur, cuando se nos pide que reflexionemos sobre si nuestras vidas pueden ser consideradas un éxito, somos juzgados en base a si hemos tenido el coraje suficiente para confesar nuestros pecados y admitir nuestros fracasos.

Reconocer, ante Dios y ante nosotros mismos, en donde nos hemos equivocado en nuestra vida no nos disminuye, sino que por el contrario, nos da la sabiduría y fortaleza para poder crecer y mejorar.

Samuel Hayakawa, ex-senador estadounidense del estado de California y especialista en semántica, nos alertó sobre una importantísima distinción entre dos palabras que la mayoría de nosotros asume como idénticas: "Nota la diferencia entre lo que pasa cuando un hombre se dice: 'He fracasado tres veces', y cuando dice: 'Soy un fracaso'". Considerarte un fracaso es crear una auto-imagen perpetua de perdedor. Pero si aprendes de tu experiencia, si tu fracaso te inspira a superarte y a obrar mejor la próxima vez, si entiendes que ese fracaso es meramente un evento momentáneo y que no te define en absoluto –entonces eres un alumno de la mejor escuela del mundo, y tu fracaso fue la matrícula que pagaste para tu eventual éxito.

En Iom Kipur nos evaluamos a nosotros mismos. En Iom Kipur somos los críticos de nuestros fracasos. En Iom Kipur no negamos nuestros pecados, sino que construimos sobre su memoria para crecer espiritualmente.

En Iom Kipur nos damos cuenta de la verdad: que el fracaso – al reconocerlo, aprender de él y elevarnos por sobre él – es realmente el secreto del éxito.