Durante mi infancia solía escuchar que Iom Kipur era descrito como el día más triste del año, pero no sabía bien por qué lloraban las mujeres de mi sinagoga. Quizás sentían un fuerte remordimiento por sus pecados. Quizás lloraban porque estaban pidiéndole a Dios un buen año; sus sinceros deseos para el futuro las hacían llorar.

Cuando cumplí diez años, comencé a pasar el día en el shul con mi mamá. Mientras caminábamos hacia allá ella me decía: “Esta es tu oportunidad para pedir lo que quieras. Lo que sea que vayas a recibir este año será decidido hoy. Es importante que reces con mucha concentración”. Yo trataba de seguir sus instrucciones, pero a medida que las horas pasaban lentamente yo agradecía por mi majzor, el cual tenía muchos comentarios en mi propio idioma.

Mi mamá creía que me estaba ayudando al darme un objetivo para mi día, pero en realidad yo terminaba con parálisis mental por el miedo al fracaso. Me preocupaba que si no hacia bien mi tarea entonces no tendría un buen año.

Después de graduarme de la escuela secundaria y comenzar a tener citas, Iom Kipur se volvió más urgente. Este era el día en que se decidirían las cosas para el año entrante, era cuando Dios decidiría si darme o no un marido antes de las Altas Fiestas del año siguiente. “Tienes mucho por lo que rezar”, decía mi mamá. “¿A qué hora piensas ir al shul mañana?”, preguntaba mi papá.

Yo estaba comenzando a sentirme incómoda en la sinagoga. Las chicas solteras que se sentaban en nuestra mesa ya estaban casadas y yo creía detectar miradas de lástima de algunas de las madres de mis amigas. Era difícil enfocarme en las plegarias con todo el mundo mirándome. El clímax del día era en Neilá. Yo sabía, gracias a las muchas clases sobre el tema que había recibido en la escuela, que esa era la última oportunidad para presentar mis pedidos antes de que se cerraran las puertas del cielo.

“Trata de provocarte el llanto”, decían mis maestras todos los años. “Las puertas del cielo nunca están cerradas a las lágrimas”.

No me resulta fácil llorar. Ver a las mujeres que me rodeaban sollozando dentro de sus majzorim hacía que me preguntara si no habría algo mal conmigo. Enterraba mi cara en el majzor y esperaba que nadie estuviera mirándome de cerca.

Mi relación con Iom Kipur ha evolucionado durante los años. No puedo señalar exactamente cuándo me cambió la perspectiva sobre la festividad, pero lentamente comencé a darme cuenta que Iom Kipur es un regalo. Es una oportunidad para atravesar por el doloroso proceso de enumerar mis errores del año anterior y emerger del otro lado sintiéndome liviana y libre, lista para comenzar de nuevo. Este día no era para sentirme mal conmigo misma, sino que tenía un propósito; necesitaba pedir perdón por los errores de todo un año y dedicarme nuevamente al servicio de Dios. Pedir un marido era parte de eso, pero no lo era todo.

Estaba agradecida por haber podido darme cuenta de que el enfoque indicado para Iom Kipur no incluía llegar al día con una lista mental de compras. Era el día para conectarme conmigo misma y con mi lugar en el mundo, para aceptar lo que Dios me había dado hasta el momento y para pedir la oportunidad de ser parte de Su mundo en el año siguiente.

Si bien sé que Iom Kipur es una importante oportunidad que se presenta sólo una vez al año, puede ser difícil adoptar la actitud adecuada. Me imagino entrando al shul y dirigiéndome a mi lugar de siempre. Habrá mujeres de mi edad o más jóvenes que se casaron o tuvieron hijos en el año anterior, mientras que yo todavía me veo igual. Parte de mí piensa: Aquí voy de nuevo, otro Iom Kipur, y sigo rezando por lo mismo. Dios no respondió mis plegarias el año pasado, ¿qué me hace pensar que esta vez será diferente?

Sería trágico dejar que mi soledad y desesperanza me distraigan de todo lo que podría lograr.

Pero luego recordé. Tengo trabajo que hacer y sería trágico dejar que mi soledad y desesperanza me distraigan de todo lo que podría lograr. Si Dios decide concederme alguno de mis deseos sería genial, pero no juzgaré el día como un éxito o un fracaso basada en eso.

El Iom Kipur recién pasado me di cuenta que quería enseñar en un programa universitario. Me había estado sintiendo frustrada y poco estimulada en mi trabajo, pero no sabía qué otra cosa hacer. Había estado considerando muchas opciones, pero nunca se me ocurrió tratar de enseñarles a adultos. En el momento me pareció un sueño imposible. No conseguía verme frente a una clase y me llevó unos meses reunir el coraje para ofrecerme para el trabajo. Ahora, casi un año después, estoy preparando mi tercer semestre. Disfruté la experiencia mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Ese destello de inspiración, el sentido de dirección, de lo que podría lograr, vino en Iom Kipur.

Iom Kipur es un día en el que es más fácil hacer lo correcto. No como ni bebo, sino que paso la mayoría del día ocupada con los rezos. Lo único que tengo que hacer es abrir mi corazón, hablarle a Dios y dejarlo entrar.