Miríadas de judíos de todo Israel, en su mayoría no religiosos, vienen a la Ciudad Vieja de Jerusalem noche tras noche en esta época del año. ¿Qué los atrae? No un concierto de rock, tampoco una venta masiva ni una manifestación política. Vienen a participar en las selijot, las plegarias penitenciales que ruegan por el perdón de Dios.

Estas plegarias son recitadas todas las noches a la medianoche. Los judíos sefaradíes comienzan al principio del mes hebreo de elul y los askenazíes en la noche del sábado previo a Rosh HaShaná. Jóvenes y no tanto, grupos organizados, familias y parejas se dirigen primero al Cuarto Judío de la Ciudad Vieja y luego al Kótel (Muro Occidental) para recitar las selijot. Lo que hace un tiempo era un flujo moderado de gente se ha convertido, en los últimos años, en casi un tsunami de almas judías. En la noche previa a Iom Kipur unas cien mil personas se amontonan en la explanada del Kótel para entonar los tradicionales ruegos por perdón Divino.

Yo resido en el Cuarto Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalem, y un jueves por la noche estaba caminando de regreso a casa. Los pasajes angostos revestidos de piedra dificultaban el paso de la gente, por lo que mientras me escurría para adelantar a una pareja, los saludé con un cordial Shalom. Parecían tener cuarenta y tantos, ella tenía pelo castaño hasta los hombros y él vestía una remera negra. El hombre preguntó si aquel era el camino correcto hacia el Kótel. No lo era, pero ofrecí mostrarles el camino e inicié con ellos una conversación en hebreo.

Eran de Netania, a unos 90 minutos en carro desde Jerusalem. Dijeron que habían venido para las selijot. “Recién son las 20:30”, les dije, “las selijot no comienzan hasta la medianoche”.

El hombre se encogió de hombros: “Está bien, tenemos tiempo. Pasearemos un poco”.

“Alquilamos una habitación de hotel en Jerusalem para esta noche”, explicó la mujer. “Tenemos todo el tiempo necesario”. Por un instante ella dudó, pero luego continuó con un poco de vergüenza: “¿Puedo preguntarte algo? ¿Qué se dice en el servicio de selijot?”.

No podía entenderlo. Estas personas habían venido desde Netania y habían gastado dinero en un cuarto de hotel para acudir al servicio de selijot en el Kótel, pero no tenían idea de qué eran las selijot. Claramente, era su primera vez.

“La esencia de selijot”, expliqué, “son los 13 atributos de misericordia divina, que Dios le reveló a Moshé después del pecado del becerro de oro”.

Ella escuchaba con atención, asintiendo con la cabeza, por lo que continué. “Cuando los judíos recitan esos 13 atributos, ellos evocan la misericordia divina. Eso es lo que prometió Dios cuando se los reveló a Moshé”.

“¿Pero cuáles son las palabras que se recitan?”, quería saber la mujer.

Entonces, parada en la calle Jabad sobre los pilares del Cardo romano, de 1.400 años de antigüedad, comencé a enseñarle los 13 atributos de misericordia divina. “El primero es el nombre de Dios, dos veces. La primera vez se refiere a Dios antes de que pequemos y la segunda después de que pecamos, porque, más allá de lo que hagamos, Dios no cambia.

La mujer estaba ansiosa por escuchar más, por lo que continué, diciéndole cada atributo con su comentario. Repitió cada palabra una y otra vez, tratando de memorizarlas para saber lo que decir en el Kótel. Su marido estaba apoyado sobre el balaustre, contemplando el gigante e iluminado domo que domina el Cuarto judío.

“Esa es la sinagoga Jurvá”, expliqué con el calmo sobrecogimiento que me viene cada vez que la miro. “Los árabes la destruyeron dos veces, pero hace cuatro años fue reconstruida quedando exactamente igual a como era antes de 1948”.

“¿Tiene un minián para arvit? (la plegaria vespertina)”, preguntó él.

Mi sorpresa ante su pregunta —dado que no parecía religioso— debe haberse evidenciado en mi cara porque el hombre se apresuró para explicar: “Quiero recitar kadish”.

La plegaria vespertina en la Jurvá ya había terminado, pero le sugerí que fuera a un minián en el Kótel. Su esposa, por otra parte, quería aprender el resto de los 13 atributos.

Nosé avón, vapeshá vejataá (perdonador de iniquidad, de pecado intencional y de error)”, recité y continué explicando la diferencia entre los tres tipos de pecado y que Dios los perdona todos. Extasiada, la mujer escuchaba atentamente cada palabra.

“No hay más”, concluí. “La última es naké (Que limpia)”.

“¿Naké?”, preguntó pasmada. Sabía que naké significa limpia, como limpiar un piso sucio, pero aparentemente jamás se le había ocurrido que era posible limpiar un alma manchada.

“Sí, naké”, repetí. “Si hacemos teshuvá (arrepentimiento), si realmente hacemos teshuvá, Dios nos limpia”.

“¿Naké?”, preguntó de nuevo asombrada, con los ojos abiertos tan grandes como el gigante domo.

“¡Sí!”, y haciendo gestos desde mi cabeza hasta los pies, exclamé: “Nos deja completamente blancos. Como dice: “Incluso si tus pecados son tan rojos como la escarlata, Él los dejará blancos como la lana.

Se quedó parada en completo asombro. Jamás había oído que un alma manchada por tonterías de la adolescencia y caídas de la adultez podría volver a su pureza prístina.

“Eso es la teshuvá”, clarifiqué. “Deshace el pasado. Es un regalo Divino, un maravilloso regalo Divino”.

Su marido estaba impaciente por seguir. Ella me agradeció una y otra vez, como si le hubiera dado un cheque de un millón de shekels. Naké, continuó repitiendo mientras se apresuraba para llegar al Kótel, uniéndose a las masas de otros judíos que fluían hacia allí para ser perdonados por Dios a medida que Iom Kipur se acercaba.