Desde el principio desconfié de la nueva empleada. Ella había dejado un cargo bien pagado en el sector privado, era talentosa, segura de sí misma y deseaba tener una responsabilidad real en nuestra organización judía sin fines de lucro. Yo no estaba preparado para ceder la propiedad de dominios que consideraba propios. Ninguno de los dos era particularmente bueno para escuchar al otro. Comenzaron los roces. Al cabo de unos meses, ya no podíamos hablar.

Cuando nuestro supervisor me informó que, debido a mi antigüedad y algunas otras consideraciones, no veía otra opción más que pedirle a ella que se fuera, la sensación de alivio fue palpable. Ese día entré a la oficina y sentí que desaparecían meses de tensión al saber que ya no necesitaría enfrentarme con su personalidad y preferencias.

Pronto, el alivio se convirtió en una molesta culpa.

“Eres un rabino, cuya meta es enseñar sabiduría judía sobre el desarrollo del carácter y las relaciones armoniosas”, me dije a mí mismo. “Sin embargo no pudiste encontrar una manera de relacionarte con alguien que está dispuesto a recibir menos sueldo para poder ayudar a la comunidad judía”. No tenía una respuesta.

Pasaron algunos meses. Los sentimientos de vergüenza y fracaso pasaron a segundo plano mientras me ocupaba con nuevas tareas y proyectos. Entonces llegó el otoño. Iom Kipur se acercaba; necesitaba actuar. Pero mi mente era un enredo de dolor crudo, miedo y confusión.

Yo no fui el único culpable. ¿No te acuerdas lo que ella dijo e hizo?”, decía furiosa una voz interna.

Sí”, se metió otra voz. “Si te disculpas, ella supondrá que tú aceptas toda la culpa. ¡Eso nunca!”

Recuerda que ella tuvo que mudarse de departamento después de perder su trabajo”, recordó otra voz. “Si te disculpas, ella te hará pagar. ‘Oh, ¿lo sientes tanto? ¿Qué tal si me pagas los costos de la mudanza que tú provocaste?’”

Revisé el código de leyes de Maimónides. Él explica que Iom Kipur y el arrepentimiento ayuda para transgresiones entre la persona y Dios. Pero los actos en contra de nuestros semejantes requieren el paso adicional de hacer las paces: disculparse, expresar remordimiento, encontrar una forma de suavizar el dolor. Nuestro trabajo es hacer un esfuerzo sincero; el trabajo de la otra persona es ser abierta, no negarse con crueldad a perdonar.

Uf. Tenía que acercarme a ella.

¿Qué debía decirle? “¿Lo siento por perder la calma?” Yo sabía que para poder hacer teshuvá debidamente (arrepentirme), debía cavar profundo y entender la raíz de mi error. ¿Qué fue lo que me permitió llegar tan fácilmente al enojo?

Entonces recordé a Adam y Eva. Nuestros Sabios dicen algo fascinante sobre su fracaso. Por lo general conectamos el hecho de que fueran exiliados del Jardín del Edén con que comieran del fruto prohibido. Pero si lo observamos atentamente: ¿cuándo fueron desterrados? No después de comer. Ellos sintieron vergüenza; se vistieron; se escondieron. Pero seguían estando en el Jardín.

Entonces Dios confrontó a Adam: “¿Acaso comiste del árbol que te dije que no comieras?”

“La mujer que Tú me diste, ella me dio de comer”, respondió Adam.

“La serpiente me dio de comer”, dijo Eva.

Entonces… ¡Pum! – son desterrados. Sí, su desobediencia fue un problema. Pero peor fue su fracaso en aceptar su responsabilidad, el hecho de culpar a otros por su lapsus. Eso fue lo que causó que fueran exilados.

Ahora me vi a mí mismo. Yo consideraba que su conducta era la causa de mi enojo. Si ella mostraba honor y deferencia, me sentía respetado. De lo contrario, me sentía insultado. Comprendí que detrás de mi enojo se ocultaba mi falta de responsabilidad por mi enojo y mi autoestima.

Resolví hacer la llamada. Mientras iba a agarrar el teléfono, podía escuchar una voz interna gritando: “¡No lo hagas! ¡Te vas a morir de vergüenza!” Pero también podía sentir cómo me estaba alejando del ego y me acercaba a algo Divino.

El teléfono sonó. Y sonó. Y finalmente pasó al contestador automático. No, pensé, quiero hablar con ella. La resolución era firme.

Horas después volví a llamar y nuevamente atendió el contestador automático. Esta vez decidí que no iba a esperar. Como dicen nuestros Sabios: “Cuando se presenta la oportunidad de cumplir una mitzvá, no dejes que fermente”.

“Hola, habla Henry Harris. Estoy llamando para disculparme por todo lo que hice en nuestra discusión. Te culpé de cosas de las que tú no fuiste responsable. Me gustaría tener la oportunidad de decirte esto en persona. Por favor llama cuando sea un buen momento para ti”.

Me sentí limpio. Me sentí increíble. Me sentí nervioso. Honestamente no sabía cómo iba a responderme. Pero sentí profundamente que eso no importaba. Yo estaba tomando responsabilidad por mi parte.

Al día siguiente fui a trabajar. Hice algunas llamadas, respondí correos electrónicos y luego sonó el teléfono.

“Hola”, comenzó ella con indecisión. “Recibí tu mensaje. Yo… te agradezco mucho tu llamada”. Ella hizo una pausa. Podía sentir que estaba emocionada. “Honestamente, me avergüenzo de no haberte llamado antes. Quiero disculparme contigo”.

Hablamos unos cuantos minutos más, expresamos nuestro perdón y nos deseamos mutuamente un buen año. Yo estaba agradecido con Dios por ayudarme a encontrar este camino hacia adelante.

Varios meses después en un evento, ella se acercó para saludarme y me dijo: “Sólo quiero que sepas que me emocionó mucho lo que hiciste. Te agradezco tu valentía”.

Iom Kipur es un regalo. El poder de la teshuvá para borrar nuestros errores del pasado es algo sobrenatural. Yo no entiendo completamente cómo funciona, pero hay algo que sé: si le pedimos ayuda a Dios, Él nos ayudará a encontrar en la teshuvá el regalo de una nueva vida.