Yo odiaba Iom Kipur. Cada año, después de escuchar el shofar y de volver rápido a casa para comer, daba secretamente un gran suspiro de alivio. Finalmente había terminado —toda la miseria, el mal humor y el miedo— hasta el año siguiente. Y más adelante, cuando terminaba Pesaj, comenzaba nuevamente con la cuenta regresiva hasta el temido día que se asomaba en el horizonte.

Odiaba Iom Kipur porque me hacía sentir como un fraude. Golpeaba mi pecho durante todo el día enumerando mis pecados y prometiendo arrepentimiento, pero en mi corazón, sabía que apenas terminara el ayuno todo continuaría igual. No creía en la posibilidad de cambiar; sentía que no merecía realmente la vida y que nunca sería capaz de redimirme. Entonces, pasaba el día entero ansiosa esperando a que terminara, odiándome por ser un fraude de tal magnitud.

Pero este año es diferente. Por alguna oscura razón, estoy ansiosa de que llegue Iom Kipur. No me preparé como “debería haberlo hecho, ya que no tengo / no me hice / no encontré / no creé el tiempo para hacer un recuento espiritual y reflexionar. Me dejé estar y no aproveché el poder de los 10 días de teshuvá. Pero por alguna razón, no temo a que llegue el día. ¿Por qué no? Durante este año he recibido muchas bendiciones en mi vida y he sido más proactiva que nunca. Todavía me siento culpable por las muchas horas que desperdicié, pero definitivamente fui más productiva con mi tiempo. Leí más y compré menos, pese a que igualmente dormí demasiado.

Pero lo más importante de todo es que este año sí vi destellos de mi propia gloria. Me vi en algunos momentos siendo compasiva, capaz y poderosa. Me vi siendo una amiga comprensiva, una esposa amorosa y un alma abierta. Me vi conectándome con las personas en momentos de fragilidad y quiebre, de alma a alma. Empujé los límites que yo misma me había fijado en base a mi percepción de lo que era posible, volví a retomar las relaciones que había abandonado y realicé tareas que me creía incapaz de hacer.

También vi mi pequeñez. Vi mi tendencia a ser crítica y fría, así como mi capacidad para ser dura y cruel. He visto el dolor que he causado a otros y a mí misma con esas actitudes; la tristeza, la depresión, la hostilidad. Vi mi aletargamiento, mi desconexión y mi autocompasión.

Pero este año, mi oscuridad está yuxtapuesta con mi luz. Me doy cuenta que el cambio es realmente posible. No estoy destinada al aislamiento, a la maldad y a la insignificancia.

Este Iom Kipur puedo sentir el dolor por no estar en un estado de conexión y puedo asumir responsabilidad por mis decisiones. Puedo decirle a Dios: “Esta no soy yo”, y decirlo en serio. Estoy arrepentida; no por miedo, sino por un deseo genuino de conexión, amor y trascendencia. Ponerme en contacto con mi potencial interno me ha permitido sentir tristeza por mis elecciones pasadas.

El Talmud enseña que en Iom Kipur somos comparados a los ángeles, pero nunca entendí realmente la comparación hasta ahora. En Iom Kipur todas las responsabilidades y tareas diarias son removidas; es un día en el que trascendemos lo físico y vivimos absolutamente concentrados en el objetivo. Como si fuésemos ángeles, en Iom Kipur tenemos una sola misión: rezar, pensar y conectarnos con Dios y nuestra alma.

Con esto viene una sensación de libertad y serenidad, una sensación de alegría producto de cumplir con nuestro propósito más elevado.

Y hay alegría porque, no importa cuán lejanos y desconectados estemos, siempre podemos volver. Independientemente de la cantidad de capas que nos envuelvan y de la cantidad de ira que nos consuma, no estamos atascados. Todavía existe una posibilidad.

Estoy excitada por el año entrante, esperanzada por el crecimiento que me espera y ansiando celebrar durante Sucot el amor y la conexión que ha sido restablecida.