Querido papá:

Durante mucho tiempo llevé conmigo el sentimiento de una tóxica vergüenza y un miedo debilitante. Esos sentimientos tenían sus raíces en mi relación contigo; la relación padre/hija, que debería haber estado llena de amor y confianza, terminó transformándose en una nada que desafiaba el hecho de que tú estuvieras físicamente presente.

A los 31 años me sentía letárgica e inanimada. A pesar de que tenía una vida tranquila con mi marido y con mis dos hijos, había algo pesado en mi corazón que amenazaba con ahogarme. Y ese sentimiento se transformó en una intensa ansiedad y depresión. Apenas podía hacer las tareas básicas de la casa; necesitaba una gran cantidad de energía para hablar con mis hijos y poner cara de que estaba todo bien. No sabía por qué me sentía tan ansiosa y asustada. Los pensamientos de acabar con todo llenaban mi mente; la muerte parecía ser la única salida de esta agonía.

Los pensamientos de acabar con todo llenaban mi mente. “Rabino”, suspiré, “tengo una familia; no puedo renunciar”.

Fue en un helado día de enero que decidí llamar a ECHO, el Instituto Nacional Judío para la Salud. “Mi vida parece estar bien, pero no tengo voluntad para continuar viviendo”, le dije al rabino. Le conté una breve historia sobre los terapeutas y los medicamentos que no habían logrado aliviarme. Luego dije con un suspiro: “Rabino, tengo una familia; no puedo renunciar”.

“Me alegra que hayas llamado”, me respondió él. “Tengo un excelente terapeuta para ti”.

Una semana después, me encontraba sentada en un diván de cuero negro con la persona que impactaría profundamente el resto de mi vida. Antes de entrar a terapia había decidido no hablar sobre mi infancia; desconfiaba del sicoanálisis y me había convencido a mí misma que no tenía sentido. Pero estaba a punto de tener una gran revelación. Mi terapeuta, quien me recordó gentilmente que la terapia anterior no había funcionado, me pidió que aceptara revisitar mi pasado. Acepté presa de la desesperación. A medida que la terapia avanzaba, entré en contacto con mi niña interior, una pequeña cuya voz había sido silenciada pero que ahora comenzaba a hablar.

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Papi, tu tiempo era más valioso que yo. Estabas demasiado ocupado apostando nuestros ahorros como para darte cuenta de mi presencia. Yo pensaba que debía ser mi culpa; sentía que quizás, si era una mejor niña, entonces me verías. Hice todo lo que una pequeña puede hacer para llamar tu atención. Dibujé un hermoso dibujo contigo en él. “¡Papi, mira lo que he dibujado!”, decía. Tú murmurabas algo, acariciabas mi cabeza y te apurabas en salir con el dinero que habías sacado del bolso de mamá.

Mami estaba ocupada y distraída. Por culpa de tu adicción, ella se veía forzada a trabajar todo el día sólo para pagar las cuentas. No quería admitir que había un problema. Culpaba a tu jefe, a tu familia y a la economía por tu incapacidad de conservar un trabajo. Ella eligió proteger tu adicción en lugar de protegerme a mí. Tuve que criarme yo sola.

Después de la escuela el autobús me llevaba a la casa de la tía Myra, tu tía abuela y mi tía bisabuela. Era una anciana gruñona que necesitaba compañía y que probablemente también necesitaba alguien que hiciera los quehaceres de la casa. Yo tenía que hacer todo esto y, a cambio de mis esfuerzos, recibía un ceño fruncido en lugar de una sonrisa. Debía comer lo que fuera que ella hubiese dejado. Todavía tengo un recuerdo agridulce de la pequeña casa de muñecas de cerámica que estaba sobre una bandeja en su salón; tenía un pequeño dormitorio, un salón y un baño, el cual a su vez tenía una pequeña pileta y una bañera. Me fascinaba mirar la casa de muñecas, pero sabía que no podía atreverme a tocarla. Mi recompensa por "comportarme bien y ser obediente" era sentarme cerca de ella. Podía verla, pero no jugar con ella. En la noche pasabas a buscarme y le agradecías por haberme cuidado tan bien. Ella te "prestaba" dinero, el cual prometías devolver con dividendos cuando volvieras del bar o del casino, pero obviamente lo apostabas y perdías.

Te apurabas para llevarme a casa y dejarme en mi cuarto. No había un beso de buenas noches, una historia antes de dormir ni un osito con el que acurrucarme. No había palabras y tampoco me mirabas a los ojos.

Con la ayuda de mi terapeuta me di cuenta que esta privación me había hecho sentir que yo no valía nada. Con el tiempo, mi dolor fue aumentando; sentía que no merecía ocupar espacio, existir. Los humanos somos resistentes, por lo que sobreviví, pero no salí ilesa. Continué teniendo la misma vergüenza que siente un niño cuando sabe que sus padres lo tratan sólo como merece ser tratado; porque los padres no se equivocan.

¡Te devuelvo tu vergüenza! No es mía, ¡llévatela!

Pero en terapia fuiste llevado al cuarto, te sentaron en una silla frente a mí y yo te devolví tu culpa. Mi terapeuta me hizo decir en voz alta: “¡Te devuelvo tu vergüenza! No es mía, ¡llévatela!”.

Lloré, saqué afuera toda la tristeza y liberé un diluvio de energía tóxica. Lentamente comencé a sentirme más liviana. Comencé a creer que tengo valor; me di cuenta que, a pesar de que tú nunca me veías, Dios sí lo hacía. Él me sostuvo durante todo este tiempo y experimenté una milagrosa supervivencia. Se encargó de que encontrara un increíble terapeuta para ayudarme y acompañarme en mi camino de auto descubrimiento.

Es tiempo de dejar ir. Es tiempo de sanar. Es tiempo de que mi corazón esté un poquito más entero. Es tiempo de experimentar la alegría. Es tiempo de secar mis lágrimas. Es tiempo de salir del aislamiento y elegir la vida.

Ya no me siento fragmentada y perdida. Tengo un Padre celestial que me ama y que me provee todo lo que necesito. Siempre me vio, me ve y nunca quitará sus ojos de mí.

A pesar de que nunca escucharás estas palabras, te lo digo hoy, en la víspera de Iom Kipur, con sinceridad y de todo corazón: Te perdono papá. Estoy libre de resentimiento. Entiendo que debe haber pasado algo terrible en tu infancia que te hizo enfermar, pero este ciclo tiene que tener un corte; el amor ha prevalecido. Tus sonrientes y alegres nietos son la prueba viviente.

Nunca te enviaré esta carta porque has demostrado en numerosas ocasiones que nunca reconocerás ni asumirás la responsabilidad por el rol que tuviste en mi dolorosa infancia. Debido a tu enfermedad mental no tienes la capacidad para entender, por lo que a pesar de estar dirigida a ti, estoy escribiendo esta carta para que se beneficien todos los que nunca han experimentado el amor de un padre. Estoy aquí para decirles que sé que es doloroso, para recordarles que nuestro verdadero Padre nunca nos ha abandonado. Siempre nos ha cuidado y siempre lo hará; sufre cuando sufrimos y sólo permite que haya pérdida y dolor para que Lo busquemos. Quiere que Le pidamos protección y que sepamos que tenemos derecho a protegernos a nosotros mismos. Y por sobre todo, quiere que entendamos la importancia vital de proteger a quienes nos rodean, a quienes necesitan nuestro amor y nuestro cuidado, a nuestros jóvenes, a nuestros ancianos y a los enfermos.

También te escribo esta carta a Ti, mi Padre Celestial. Con el corazón lleno de gratitud, te agradezco por traerme de vuelta a casa.

Tu amada hija.

Sara.