Eric Clapton escribió en su autobiografía algo hermoso sobre su peor momento:

Anduve a los tropezones durante mi mes en tratamiento, al igual que la primera vez, contando los días, esperando que algo cambiara en mí sin que yo tuviera que hacer mucho al respecto.

Entonces, un día, cuando mi tratamiento estaba llegando a su fin, entré en pánico porque advertí que nada había cambiado en mí y que volvería al mundo de nuevo completamente desprotegido… Estaba absolutamente aterrorizado. En ese momento, casi por voluntad propia, mis piernas se debilitaron y caí sobre mis rodillas. En la privacidad de mi cuarto recé por ayuda. No tenía idea a quién le estaba hablando, sólo sabía que no podía más, que no me quedaba nada con lo que luchar.

Luego recordé lo que había oído sobre darse por vencido, algo que creí que nunca haría, que mi orgullo no me lo permitiría, pero sabía que por mi propia cuenta no lo iba a lograr, así que pedí ayuda. En pocos días me di cuenta de que algo había ocurrido.

Quizás un ateo diría que fue sólo un cambio de actitud, y en cierto sentido es cierto, pero fue mucho más que eso. Había encontrado un lugar seguro al cual volver, un lugar que siempre supe que existía pero que nunca había anhelado, necesitado ni creído en él. Desde ese día nunca dejé de rezar.

Algunos pasamos por Rosh HaShaná, Iom Kipur, Sucot e incluso los primeros días de Januca esperando que algo cambiara en nosotros sin ningún esfuerzo. Pero ya estamos en los últimos días de Januca, ¿y qué cambió? Vamos a volver a nuestro mundo completamente desprotegidos; es aterrorizador.

El último día de Januca es llamado Zot Januca, por el versículo de la Torá que se lee en este día: “Zot janucat ha-Mizbéaj” (“Esta es la inauguración del altar”). De acuerdo al misticismo judío, este es el día en que Dios sella nuestro juicio de Iom Kipur y es una oportunidad para arrepentirnos y reconectarnos con Él, sólo que esta vez por amor. Esta vez con una entrega absoluta. Esta vez accediendo a ese lugar que siempre supimos que existía pero que nunca anhelamos, necesitamos o creímos en él.

Nuestros sabios nos dicen que incluso después de que todos los constructores y artistas involucrados en fabricar las partes del mishkán —el Tabernáculo del pueblo judío en el desierto— finalizaron su labor, ellos no fueron capaces de armarlo. El último paso estaba en manos de Dios, porque el sello final de una transformación siempre es un milagro compasivo.

Este es el momento en que entendemos que no podemos lograrlo solos. En la octava noche de Januca, Dios se acerca para ayudarnos. Trae al mundo una luz pura y perfecta de otro mundo. ¿Cómo accedemos a esta luz? ¿Cómo encontramos el lugar que siempre supimos que estaba ahí esperándonos? ¿Cómo podemos conectarnos con Dios en este último día de Januca?

Podemos comenzar deshaciéndonos de los siguientes cinco mitos que bloquean nuestro acceso a la luz compasiva de Dios:

  1. No tienes que hacer nada. Esto simplemente no es verdad. Construir una conexión con Dios requiere esfuerzo, no es un proceso pasivo. Tenemos que prepararnos para los milagros si queremos recibirlos. Es infinitamente más difícil conectarse con Dios sin estudiar Su Torá y Sus atributos. Alinearse espiritualmente es un camino proactivo.

  1. Tienes que ser religioso. No necesariamente. Conectarse con Dios no requiere que estés avanzado en tu observancia religiosa. Sólo necesitas el deseo de conectarte y de ir más allá de ti mismo. Y la voluntad para recibir inspiración a través de Su luz.

  1. Necesitas mucho tiempo. Incorrecto. Para aprender a rezar y entender la Torá de Dios no necesitas una gran cantidad de tiempo. Sólo necesitas pequeños momentos de estudio diario. Necesitas momentos frecuentes en los que te dirijas a Él durante el día, por más cortos que sean.

  1. Necesitas una fe perfecta. No necesariamente. Para conectarte con Dios no tienes que estar libre de dudas. Él acepta tus preguntas y tus luchas. Quiere que te esfuerces en tus creencias. Él sabe lo difícil que es abrirse camino en la oscuridad.

  1. Tienes que privarte del placer. El judaísmo no quiere que neguemos los placeres de este mundo. Dios quiere que tengamos placer. Quiere que usemos y apreciemos todo lo que Él creó. Quiere que seamos felices.

Dios nos da el octavo día de Januca como una oportunidad para encontrar ese lugar en nuestro interior en donde la luz no se ha apagado, en donde todo tiene sentido, en donde nos sentimos a salvo y conectados. Es una vela más, pero es mucho más que eso. Es la oportunidad para transformar todas las luces de la janukiá y todos los pasos que hemos dado en un lugar infinito en nuestro interior.