Todo milagro tiene un mensaje especial. Y dado que Dios puede hacer absolutamente todo, el modo particular que Él elige para darse a conocer siempre tiene un significado profundo.

Es por esto que el milagro de Januca siempre me intrigó. Aquí estaban los judíos, que acababan de lograr una victoria militar increíble. Ellos vencieron a los greco-sirios y retomaron el control sobre el Templo Sagrado. Ahora podían servir a Dios como lo hacían antes. Estaban listos para encender la menorá pero, como todos sabemos, no tenían a mano suficiente aceite para que durara los ocho días necesarios hasta que pudieran preparar más aceite.

Encontraron un pequeño cántaro con aceite, sellado con la estampa del Sumo Sacerdote para atestiguar su pureza - pero sólo alcanzaba para un día. Igualmente, encendieron la menorá con la esperanza de que al menos Dios estuviera contento con el esfuerzo. ¡Quién lo diría!, fueron recompensados con el milagro que le dio a la fiesta su sello característico, el pequeño cántaro que, de acuerdo a la ley natural, sólo ardería por un día, milagrosamente continuó dando luz durante ocho días.

Dios resolvió el problema. La ley de la naturaleza dio un paso al costado para darle lugar a la intervención Divina. En esta ocasión, el aceite tomó propiedades físicas que las reglas científicas hubieran considerado imposibles.

Pero, ¿por qué Dios no hizo las cosas más simples? Sin ningún esfuerzo, podría haber sacado de su bodega celestial un cántaro más grande con aceite para ocho días, evitando la violación de la ley de la naturaleza.

Por alguna razón, una parte importante del milagro fue precisamente que el aceite que encontraron tenía decretado divinamente arder más allá de su capacidad innata.

Y esto es lo que hace del milagro de Januca una réplica exacta del milagro que Dios eligió para demostrarle a Moisés que había sido designado líder del pueblo judío.

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Y no se consumía...

Conocemos muy bien la escena. Moisés estaba pastoreando sus ovejas en el desierto cuando fue sorprendido por una visión que estaba claramente por encima de las leyes de la naturaleza. Había un arbusto ardiendo, y a pesar de eso, el arbusto no se consumía. Y siguió ardiendo, sólo porque Dios le ordenó hacerlo.

Sí, parte del propósito era demostrar el Poder Divino, para hacerle saber a Moisés que un Ser sobrenatural se estaba dirigiendo a él, un Ser que tenía el poder de realizar una acción milagrosa. Pero hay muchas otras maneras en las que Dios pudo haber probado Su omnipotencia. De seguro, mantener la llama de un arbusto quemándose, más allá de su tiempo previsto de expiración, no es el acto mágico más grande que Dios podría sacar de su repertorio infinito.

¿Por qué lo más relevante que Dios le transmitió a Moisés en su primer encuentro estuvo simbolizado por un arbusto que ardía pero que no se consumía?

La fatiga es el desafío más grande que enfrenta una persona que tiene una tarea abrumadora.

Quizás podemos entenderlo mediante una conocida metáfora. Moisés estaba por comenzar su travesía de liderazgo que duraría muchos años, y que le demandaría muchísima dedicación, trabajo duro y compromiso. No sería fácil. La mayor dificultad para una persona que tiene una tarea que con el tiempo puede transformarse en abrumadora, es el desafío de la fatiga. Día tras día, año tras año, verse obligado a enfrentar las interminables pruebas de su rol como rabino, maestro y legislador del pueblo judío, era un compromiso que superaba los límites de la imaginación. Parecía estar más allá de la resistencia humana. Moisés pudo haber sido consumido por su misión.

Esta es la gran verdad que Dios le reveló a Moisés con el símbolo del arbusto ardiendo. En el reino de lo espiritual, de lo santo, no hay fatiga. Cuando el arbusto cumple el deseo de Dios, no es consumido. En el reino de lo divino, la ley de la naturaleza ya no aplica.

Como Moisés estaba a punto de comenzar su carrera en nombre de Dios, su primera visión le aseguró que el desaliento y la depresión de la fatiga no estarían en su destino; tener un propósito santo para su existencia garantizaría que sus sueños se mantendrían frescos y vibrantes, continuamente vivos.

En mi vida he visto muchos casos de fatiga profesional y personal – pero invariablemente giran en torno a compromisos seculares más que a sagrados.

Quienes tienen carreras centradas en hacer más y más dinero a menudo se cansan de la rutina y se deprimen por el monótono escenario de la vida diaria. Ellos pierden el foco y se hastían, se consumen y se marchitan. Pero aquellos que tienen un propósito y buscan la santidad se fortalecen día tras día, trayendo luz a sus vidas y a las vidas de otros más allá de lo que podría ser considerado natural.

He visto muchas parejas que comenzaron su vida matrimonial con grandes esperanzas y terminaron sufriendo fatiga marital. Sus uniones comenzaron con gran fuego y pasión. Pero si su amor carecía de la chispa de los valores compartidos y el compromiso con objetivos espirituales, la fatiga venía trágicamente después.

Mis padres me mostraron cómo el amor basado en una vida de santidad reemplaza el desgaste con un compromiso cada vez más grande y apasionado. Es una característica del matrimonio que me esfuerzo mucho para emular.

Januca y el propósito

Januca es la historia del primer encuentro importante del judaísmo con el secularismo. Los greco-sirios buscaron seducir al pueblo judío con una cultura cuyo énfasis estaba en la santidad de la belleza. Los judíos necesitaban reafirmar la doctrina que los hacía únicos en el mundo enseñando la belleza de la santidad.

Infundiendo propósito y santidad en cada área de la vida nunca nos apagaremos.

La parte de la historia de Januca que no nos gusta abordar es la tragedia de los judíos que se asimilaron. Los helenistas eligieron rechazar la Torá ante el resplandor de una llama que parecía brillar aún más que sus hermosas tradiciones.

El intercambio les dio un fuego que consume; lo profano nunca puede impedir el desgaste.

Cuán bello es que el símbolo que elegimos para conmemorar la festividad gira en torno al milagro que Dios realizó para aquellos que se mantuvieron fieles a las enseñanzas de Moisés.

La luz de la menorá ardiendo más allá de lo que permitirían las leyes de la naturaleza, sirve como un eterno recordatorio de que al infundir cada área de la vida con propósito y santidad nunca nos apagaremos.