Hemos pulido las menorot de plata hasta dejarlas brillantes. La menorá de mi marido es alta y majestuosa, los brazos salen de un tronco de plata y los receptáculos están llenos de aceite dorado. Las menorot de los niños son artesanales, de arcilla y azulejos con velas de colores. Colgamos los dibujos en crayón de trompos y latkes, y también ponemos monedas doradas. Colocamos todo esto orgullosamente en la ventana del frente, desde donde podrá ser observado. Mis hijos sonríen con orgullo y expectativa.

Pero incluso así la escena no parece ser muy grandiosa. Tienes que buscarla para saber que está allí. ¿Y quién la buscará? Esta temporada es tan ajetreada allá afuera, tan exagerada y abarcadora. Su fiesta tiene música y dulces, y también tiene hombres parados afuera de las tiendas haciendo sonar campanitas. Tienen emails y catálogos, y también tienen pijamas a rayas.

Y nosotros tenemos estas pequeñas luminarias de plata.

Pienso en esto mientras evito tararear en el auto canciones que no son las mías. Pienso en cómo debe ser visto por nuestros hijos. Cómo es visto incluso por mí. Me pregunto cómo nuestra festividad ha sido hecha parecer tan pequeña, insignificante, un apartado momentáneo en la brillante y falsa alegría de este espectáculo publicitario. Cómo hemos sido marginados a nuestros hogares.

La noche se acerca y preparo las luces, llenando y rellenando, quitando las mechas viejas mientras pienso de nuevo en la privacidad de nuestra canción y nuestra celebración. Y de repente me doy cuenta de que está bien. ¿No es eso, en realidad, de lo que trató la historia? Hubo muchos y hubo pocos. Su cultura era seductora y acogedora. Deseaba engullir al pequeño remanente del judaísmo para hacerlo parte de un gran todo, hacerlo ser lo mismo que todo lo demás. Pero esa pequeña banda de judíos, esos necios macabeos, se rehusaron. Enfrentados por una vida de dificultad, ocultamiento y privación, ellos siguieron insistiendo. No queremos lo que tienen. Preferimos vivir en cavernas, en guerra, huyendo, antes que aceptar la monotonía que nos ofrecen. Sólo queremos ser lo que somos, lo que siempre hemos sido. Separados, diferentes, otros.

Su cultura deseaba engullir al pequeño remanente del judaísmo. Pero esos necios macabeos se rehusaron.

Era ridículo. Una lastimosa banda de guerrilleros sin entrenamiento haciéndole la guerra a una superpotencia. Era imposible que tuviesen éxito, y ellos lo sabían. A cualquier persona lógica le hubiera parecido que era en realidad un deseo suicida. Pero no era un deseo de muerte, y no estaban siendo lógicos. Estaban siendo fieles. Estaban probando con acciones su apasionada creencia de que Dios no los dejaría fracasar. Que los judíos debemos ser lo que Él nos dijo: "Sean santos y puros como Yo soy santo". Creyeron con la fe ciega de los rectos que si Le mostraban su deseo, Él estaría con ellos. Y con Dios de su lado, sabían que pocos podían superar a muchos, que los débiles podían superar a los fuertes.

Y entonces, gracias a su fe, el pueblo judío sobrevivió. Nuestra cultura, nuestro orgullo y nuestra necedad sobrevivieron. Y, después de tantos años, nosotros, sus descendientes, encontramos la fe para desafiar a lo que nos rodea. No es para nosotros el glamoroso resplandor de las guirnaldas, no es para nosotros el gran hombre de rojo. Nuestras menorot son pequeñas pero hermosas, nuestras pequeñas llamas iluminan la oscuridad de esta larga y solitaria noche.

Alejándome de la mesa, pienso en nuestra insistencia en mantener costumbres que deben parecer anticuadas; nuestra forma de vestir, los nombres judíos que les damos a nuestros hijos, nuestra cuidadosa observancia de Shabat. Pienso en nuestra negación a asimilarnos, en nuestra insistencia en mantener la pureza de nuestra línea, nuestro orgullo por nuestras diferencias. Pienso que quizás nuestras diminutas luces puedan ser una señal para alguien que ha perdido su camino en la oscuridad de este exilio, para alguien que necesita saber dónde queda casa.

Pienso en todo esto mientras lleno las velas, mientras rallo las papas, mientras me preparo para la noche, preparando la escena para que mis hijos puedan ver y aprender lo que los judíos hemos sabido siempre.

Que las luces son como nosotros, pequeñas pero puras. Y que aunque tengas que buscarlas, quizás descubras que ellas también te están buscando a ti.