Hay algunos aspectos de Januca que siempre me han molestado y nunca he podido entender.

Primero está la obligación fundamental de encender una menorá en la casa, algo que el Talmud describe como Ner ish uveitó, ‘una vela para cada uno en su hogar’. Sin embargo, el evento que conmemoramos en Januca es la recaptura del Templo Sagrado de Jerusalem y el reencendido de la menorá. ¿Por qué la forma principal de conmemoración es encendiendo velas en las casas?

En contraste, las conmemoraciones de Purim son mayoritariamente en público: la lectura de la Meguilá en la sinagoga, dar regalos a los vecinos, dar caridad a los pobres. Januca no tiene ese aspecto comunal, no hay una observancia pública central.

Segundo, el Talmud declara que el lugar ideal para encender la menorá es la entrada de la casa, a la izquierda del portal, “para que la mezuzá esté a la derecha y la vela de Januca a la izquierda”.

¿En qué aspecto se parecen las velas de Januca a una mezuzá?

Las velas de Januca son descritas como paralelas a la mezuzá, tanto física como simbólicamente. ¿Por qué? ¿En qué aspecto se parecen las velas de Januca a una mezuzá? ¿Qué significa esta yuxtaposición?

Finalmente, el Talmud declara una regla que hoy en día generalmente no aplica. Si el hogar tiene dos entradas que dan a direcciones diferentes, uno debe encender las velas de Januca en ambas, no sea que un transeúnte llegue a sospechar que uno no ha encendido velas en absoluto. ¡Qué requisito tan extraño! ¿No deberíamos juzgar para bien y asumir que si no vemos velas en un lado de la casa entonces seguramente el dueño ha encendido del otro lado?

Similarmente, la ley exige que las velas de Januca sean encendidas al anochecer y que continúen encendidas “hasta que no quede nadie en el mercado”. Al menos una opinión interpreta que esto significa que si la vela se apaga cuando aún hay gente en la calle, uno debe reencenderla. Acá también pareciera como que quisiéramos evitar la posibilidad de que pase alguien, no vea las velas encendidas y asuma que no las encendimos del todo. ¿A qué se debe esta obsesión por disipar toda sospecha posible?

Manifestación pública

Quisiera ofrecer una teoría original que, con absoluta simpleza, puede explicar los fenómenos mencionados.

La clave es la mezuzá. La mezuzá conmemora el Éxodo de Egipto, período en que los israelitas recibieron la orden de embardunar los marcos de sus puertas con la sangre de un cordero pascual (Éxodo 12:7). La sangre en el marco era una señal identificadora pública para la nación y para Dios; una declaración visible por todos de que este hogar contenía descarados partidarios de la rebelión de los esclavos.

Y precisamente este fue el origen de las velas de Januca. Los rebeldes hasmoneos, una pequeña banda de valientes guerreros, habían ganado una sorprendente batalla en contra de los ocupantes sirio-griegos. En contra de todos los pronósticos y con el apoyo abierto de tan sólo una pequeña fracción del público judío, recapturaron el Templo, reinauguraron su altar y reencendieron su menorá. Pero, contrario a la creencia popular, la guerra estaba lejos de terminar. El enfrentamiento se mantendría por los siguientes 20 años.

El público judío estaba dividido en su apoyo a la rebelión. Algunos, especialmente la elite política, se aliaban abiertamente con los sirio-griegos y adoptaron su cultura y su religión. Otros apoyaban a los rebeldes, unos más que otros. Naturalmente la mayoría de las personas no quería tomar partido; sólo querían estar tranquilas, mantener el perfil bajo y vivir su vida tan pacíficamente como fuera posible.

Para continuar cosechando victorias después de la recaptura del Templo, los rebeldes necesitaban obtener tanto apoyo del público como fuera posible. Necesitaban conquistar los corazones y mentes de la gente, debían persuadir a los ciudadanos comunes para que tomaran públicamente una posición. La victoria del Templo podía favorecer la obtención de éxitos futuros si lograban utilizarla para demostrar que la guerra podía ser ganada.

Quizás sea esa la razón por la que nuestros Sabios decretaron al año siguiente que todos los hogares judíos debían encender las velas de Januca en conmemoración a los milagros. Todo hogar que tuviera velas de Januca significaba otro partidario de la rebelión. Cuantas más velas encendidas viera la gente, más envalentonados se sentirían para encender las propias, declarando así abiertamente su simpatía y quizás incluso uniéndose en la batalla. Un hogar sin velas estaba bajo sospecha; quizás continuaba siendo leal a la fuerza ocupante, o al menos no deseaba levantarse en su contra. Puede que en las áreas en donde los rebeldes eran fuertes, los hogares que se negaban a encender las velas hayan encontrado, como ocurrió en Egipto, que sus vidas estaban en peligro.

Las llamas de la menorá del Templo se esparcieron —figurativamente— de hogar en hogar, hasta que los judíos de todos lados encendieron las velas en solidaridad, al igual que hoy en día nuestra llama se esparce cada noche de vela en vela hasta que las ocho velas arden con orgullo y gloria.

El curso de la historia

Como es sabido, en Januca se celebra la victoria de los pocos sobre los muchos, de los débiles sobre los fuertes. Pero más importante que eso, esta es la historia de cómo unos pocos rebeldes pudieron derrotar a un gran y poderoso ejército. Ellos tuvieron que esconderse en cuevas y túneles, acumular armamento y entrenar a sus guerreros en secreto. Y no sólo eso, sino que tuvieron que obtener el apoyo público para su causa. Tuvieron que difundir sus ideas. Y cuando obtuvieron una crucial pero limitada victoria, tuvieron que reencender la esperanza del pueblo, inspirarlos a declarar su lealtad en público, darles el coraje para unirse a la batalla… y exponer a quienes se rehusaban a sumarse.

Januca trata sobre el poder inspirador de las ideas y el coraje para luchar por ellas; trata sobre la crucial importancia de que cada familia defienda nuestra causa nacional. Trata sobre cómo un pequeño y simbólico acto de desafío en público, repetido miles de veces en todos los hogares, puede cambiar el curso de la historia.

Las velas no sólo fueron un recordatorio de la victoria en el Templo, sino que también fueron el vehículo para ganar el resto de la larga guerra. Lo mismo sucede hoy en día; todo el que enciende las velas de Januca es un valiente e indispensable participante de la tradición macabea.