Tal vez no hay nada más frío y aterrador que una noche en pleno invierno. Hasta la luna, usualmente tranquila y acogedora, busca su refugio. Ella y sus estrellas subordinadas resplandecen con ira a lo lejos, y la luz blanca no ofrece descanso. Yo creo que es por la intensidad de la oscuridad que siempre he encontrado a las velas de Januca tan intrigantes. Sus pequeñas luces se enfrentan desvergonzadamente al amargo desafío de la noche, y victoriosamente, transforman el severo filo del miedo en una suave expresión de esperanza. Sumergida en el mágico revuelo de las velas victoriosas, las ocho noches de Januca siempre han sido un tiempo especial para mí.

Extrañamente, ninguna celebración ha sido más especial que la vez cuando yo era una interna en la sala de oncología. Era diciembre, llevaba seis meses de internado, estaba exhausta y ansiosa por la llegada de enero – mis vacaciones tan esperadas. Recuerdo haber pensado cómo en el mes más oscuro del año, tendría que ver a pacientes relacionándose con lo que probablemente sería el momento más deprimente de sus vida. Para aliviar el sentimiento de tristeza en la sala, el personal trato de imbuir un ambiente festivo – pero las luces fluorescentes del hospital opacaban desde la menorá de Januca hasta el árbol de navidad más brillante, y todo se teñía de un tono verde enfermizo.

Después de varias semanas de ver tantos casos trágicos, tanto sufrimiento, y ahora, completamente convencida de que todas las personas que conocía seguramente tenían algún tipo de cáncer que todavía no se les había diagnosticado, me había convertido en una mujer malhumorada y deprimida.

Hasta que conocí a Claire.

Una mujer de 57 años, que había sido admitida en el hospital para hacerse un tratamiento de dos semanas de quimioterapia. El cáncer tiene un feo hábito de visitar nuevamente a sus víctimas pasadas – muchas veces de una manera mucho más letal, y dos meses antes, a Claire le habían diagnosticado un cáncer en la sangre raro y agresivo, solo ocho años después de haberse tratado por cáncer a los huesos.

Estos crueles acontecimientos la definían médicamente, pero no describían el torbellino que ella era.

Cuando entré a su habitación, fui calurosamente recibida por una mujer de ojos brillantes, llevaba un turbante naranja, argollas inmensas en las orejas, y una sonrisa inmensa.

"¡Hola! ¡Mi doctora nueva!" ella exclamó y procedió a bombardearme con todos los detalles médicos que sabía que yo preguntaría. Claramente, había hecho esto antes.

"Pero ahora, cuéntame un poco sobre ti", sonrió.

Yo estaba sorprendida. Entendiblemente, otros pacientes en situaciones similares típicamente se encierran, y por necesidad se enfocan hacia adentro. Pero Claire no, ella irradiaba hacia afuera con tan genuino interés que comencé a hablar. Mientras lo hacía, observé las miles de fotos que habían comenzado a llenar su pared – fotos de personas mayores, de gente joven, pero siempre con Claire sonriendo ampliamente, iluminando el centro de las fotografías. De alguna manera, en muy poco tiempo, ella había transformado la habitación monótona y gris en un lugar acogedor y lleno de color.

Durante las siguientes semanas visité mucho su habitación. Conocí a su esposo con el cual llevaba 35 años de matrimonio. Un exitoso abogado, él era perfecto para ella – él era serio cuando ella era bromista y reservado cuando ella era efervescente – siempre era su contraparte. La devoción brillaba en sus ojos, y era obvio lo mucho que la necesitaba. Su mandíbula tensa solo se aflojaba cuando le hablaba a ella, sus tonos cariñosos estaban reservados sólo para ella.

Su numerosa familia y amigos también estaban muy involucrados. En especial me relacioné con sus dos hijos mayores – los dos con carreras profesionales emergentes, su hija con una familia de niños chicos al otro lado del país. Sus caras dejaban en claro lo agotados que estaban entre el peso de las responsabilidades y de sus corazones destrozados.

 

Me maravillé como incluso a través del dolor y del temor, Claire se aferraba a la vida apasionadamente. Ella iluminó su deprimente situación, y al hacerlo me desafió a que yo hiciera lo mismo con la mía.

 

Cuando decidí ser doctora, lo hice para dar. Creo que Claire fue la primera paciente que me hizo entender cuanto yo recibía, y también, cuanto me importaba. Me maravillé como incluso a través del dolor y del temor, Claire se aferraba a la vida apasionadamente. Ella iluminó su deprimente situación, y al hacerlo me desafió a que yo hiciera lo mismo con la mía. Su fuerza, su sabiduría, su compostura, y desde ella en adelante, muchas otras personas más, me han transformado para siempre y me han hecho más humilde frente al increíble resplandor del espíritu humano.

Nunca olvidaré mi última noche de trabajo ese mes – resultó ser la primera noche de Januca. Cuando fui a visitar a Claire, ella estaba sentada a oscuras, paralizada frente a los focos de plástico de la estéril menorá del hospital, apoyada en el marco de la ventana. "Que imitación tan patética", pensé yo mientras miraba la menorá.

Pero Claire estaba encantada. "A mí siempre me han encantado las velas de Januca. Son tan esperanzadoras".

Solo ahí me di cuenta como se reflejaban las luces en la ventana y como parecían brillar a lo lejos, junto con las luces de la ciudad. Ella continuó en voz baja, "tú sabes, se supone que yo no debería haber sobrevivido la vez pasada..."

Yo sabía eso. Su oncólogo me dijo que había sido prácticamente un milagro que ella hubiera sobrevivido su primer cáncer, y que estaba sorprendido como estaba respondiendo a este tratamiento. "Estos últimos ocho años han sido un regalo increíble. Hemos viajado... conocí a dos nietos...", su voz titubeó un poco. "Yo lo voy a lograr nuevamente, yo lo sé".

Se me hizo un nudo en la garganta, y lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza.

"Ven a ver estas fotos nuevas", se animó mientras las recogía de su velador. "¿Puedes creerlo? Mi esposo planeó una fiesta para nuestros 35 años de matrimonio, le compró estas pelucas a los invitados para que yo no fuera la única con peluca".

 

"Un grupo de personas mayores, todos con estas chistosas pelucas... ¡Fue tan ridículo! Pero, uy, como bailamos..."

 

Observé y reconocí a mucha gente – todos sonriendo y usando pelucas de payasos. "Un grupo de personas mayores, todos con estas chistosas pelucas... ¡Bailamos hasta el amanecer!". Claire sacudió su cabeza, lágrimas brillaban en sus ojos. "¡Fue tan ridículo! Pero, uy, como bailamos...", dijo ella alegremente.

Y ahí nos sentamos, a lo largo de la noche, mirando las fotos de los payasos bailando, iluminadas por la extraña luz naranja de una menorá de plástico.

Al día siguiente era el comienzo de mis vacaciones. Estaba programado que Claire saliera del hospital a penas subiera su nivel de glóbulos blancos que combaten las infecciones.

Cuatro semanas más tarde, después de mis vacaciones, entré a cuidados intensivos para comenzar mi turno. Me puse pálida cuando vi que el nombre de Claire no aparecía en el tablero.

Con terror, miré en su ficha médica – mi temor más grande se había cumplido. Sus glóbulos blancos nunca se recuperaron, y quedó susceptible, contrajo la peor infección: neumonía atípica. Estuvo en cuidados intensivos por tres semanas y media, y en coma las últimas dos, y ahora estaba conectada para poder sobrevivir. Tenía líquido en los pulmones, sus riñones habían fallado, y su hígado se empezaba a deteriorar.

Me asomé en su cuarto y vi a su esposo, acurrucado en la entrada de la puerta. Su mandíbula apretada y su cara gris hacían evidente el horror que había atravesado el último mes, mientras la observaba, se mordía el labio. Cuando fui a su habitación, él apenas levantó su cabeza e hizo un gesto. Cuando me asomé, hasta yo quedé pasmada. Su habitación que una vez reverberaba con risas y luz ahora estaba intensamente silenciosa, excepto por el sonido del ventilador. Hinchada, calva y pálida, estaba totalmente quieta, excepto por la ventilación artificial. Tragué fuerte cuando mis ojos vieron el poquito de color que quedaba en la habitación – una foto de los sonrientes payasos con pelucas de colores.

Su esposo susurró, "No está funcionando... la próxima vez que su corazón se detenga, no la vamos a resucitar. Ha llegado... ha llegado la hora"

Yo sabía que con las fallas en múltiples órganos que ella tenía, no demoraría mucho, y no demoró. Al día siguiente su corazón comenzó a fallar. Cuando el corazón está en problemas, manda señales eléctricas de aflicción y el monitor del corazón que una vez dependía de los latidos ahora se mueve inciertamente. Luego de ver eso en la pantalla, fui a decirle a la familia lo que estaba ocurriendo, pero ellos ya sabían y se reunieron alrededor de la cama para decirle lo mucho que la amaban. Regresé a revisar al monitor. Como doctora, no hay nada más surrealista que mirar el monitor mientras se muere un paciente. Es completamente distante pero a la vez intensamente personal. Mientras más se fatiga el corazón, la línea del monitor tiembla cada vez más, hasta, que el corazón dice adiós, las líneas se agitan furiosamente y después nada... la línea recta y se acabó.

Fui a su cuarto a diagnosticar su muerte. Antes de poner mi estetoscopio en su pecho silencioso y sentir su muñeca fría sin pulso, ya sabía que su espíritu había salido de su cuerpo. Sin embargo, tirité cuando me di cuenta que aún podía sentir su dulce esencia entre nosotros.

Abracé a la familia y me fui.

Aún ahora, después de diez años, en la primera noche de Januca, después de que se comen los latkes y se abren los regalos, me siento en una habitación oscura y veo como se consumen las velas. Me preocupo de escuchar como suena un pequeño "sss" mientras la última columna de humo llena el aire con su dulce aroma. La mejor parte, sin embargo, es justo cuando ya se están apagando las velas pero todavía queda un poco. Me asombra el hecho de que al enfrentarse a la oscuridad que se aproxima, y quizás sea precisamente por esa razón, ellas siguen brillando con intensidad. Y aún cuando están acercándose al punto final, ellas siguen bailando. Y, uy, como bailan.