Para algunas personas, la navidad nunca cumple su promesa. Pero cuando yo era niña, la navidad nunca fallaba. Siempre era mágica, siempre un misterio, siempre el único día del año en el que podíamos confiar para unirnos como familia. En otras palabras, era la única celebración (aparte de la cena de Pesaj en la casa de Tía Sofía) que mi padre, Norman Cousins editor de la revista Saturday Review, no se perdería por nada.

Para él, un hijo de inmigrantes en la ciudad de Nueva York durante la depresión, las festividades judías eran una cosa nefasta. La observancia era impuesta por adultos con buenas intenciones quienes – en su propia aflicción, y en su ignorancia del judaísmo y de psicología infantil básica – imponían temor vestido de piedad. Aburridas horas en la sinagoga, pronunciar rezos interminables en una lengua antigua, recitar palabras cuyo significado nunca era explicado… mientras en ese mismo momento, afuera en la calle, identificarse a uno mismo como judío era involucrarse en violencia antisemita.

La única festividad que observábamos por completo era aquella que mi padre nunca había experimentado personalmente.

Como padre, el resolvió muy temprano que sus propias hijas serían perdonadas: nadie le diría a sus hijas tonterías supersticiosas a la fuerza. De hecho, la única festividad que observábamos por completo era aquella que mi padre nunca había experimentado personalmente – la única sin trasfondo religioso, y cuyas caprichosas tradiciones él y mi madre podían de alguna manera crear desde el comienzo, improvisando en el camino. Para él – por lo tanto para nosotras – no era más que entretención y una resplandeciente alegría, y el hecho de que pudiera conferirlo sin culpas a sus hijas representaba, para él, la maravillosa liberación americana de las ataduras del mundo antiguo de sus padres y del cautiverio tribal. Cuando llegaba el 24 de diciembre, ninguna reunión urgente en Washington, ninguna conferencia en Des Moines, ni siquiera un plazo editorial, podía alejarlo de nosotras en la nevada Connecticut.

 Festejo Familiar

Mi padre puede haber apuntado hacia la liberación del ritual, pero nuestra observancia de la navidad tenía varios rituales, y los cuidábamos celosamente, inflexiblemente. Desde finales de noviembre en adelante, el suspenso crecía deliciosamente día tras día. Regalos – algunos ya envueltos y con cinta – eran escondidos en el frío cobertizo donde estaba la mesa de ping-pong, esperando ociosamente por un clima más tibio, tambaleándose bajo su carga anual. Yo me asomaba ahí a veces para mirar un poquito, y la pila seguía aumentando. El árbol era decorado en la víspera de navidad, no antes, y sólo pequeñas luces blancas eran permitidas – no luces multicolores de mal gusto. Lo mismo para las ampolletas – nada más que plateadas y doradas. Cada año, cuatro ángeles de papel hechos a mano aparecían sobre el mantel, uno para cada hija. Yo era el más pequeño, último en la fila, en bata roja y con alas doradas.

Una vez (era a mediados de los años 50, y el Holocausto ya había tenido un rápido y temporal entierro sobre un grueso y profundo silencio), una de las amigas de mi hermana nos llevó al centro de la ciudad para el canto comunitario anual de villancicos en la víspera de navidad. Ahí, en el encantador parque municipal conocido como “El Pequeño Acre de Dios”, rodeadas por todos lados por las más blancas y adorables iglesias de la era colonial – congregacionalista, metodista y episcopal – nos sumamos a la concurrencia de nuestros ciudadanos mientras “noche de paz, noche de amor” se elevaba en sus felices y sonoras voces hacia el frío aire.

Antes del amanecer de la mañana siguiente, cuando abría mis ojos y veía que el esperado momento finalmente había llegado, saltaba de la cama a despertar a mis hermanas mayores (quienes siempre estaban unos cuantos pasos más adelante que yo con sofisticación displicente). Una misteriosa alegría lo animaba todo, y aquí en la cafetería de Jerusalem en donde escribo en mi computadora cuarenta años después, justo ahora, un fugaz recuerdo pasó a través de una enterrada región de mi cerebro (como una estrella fugaz, apenas apareció ya se había ido), un recuerdo del entusiasmo casi insoportable, paradas ahí esperando en la parte superior de las escaleras.

Luego, la magia – ¡la maravilla de ella! – cuando desde los escalones de abajo fijábamos nuestros ojos sobre las cuatro medias rojas colgadas sobre la chimenea, y el brillante árbol con su estrella en la punta, ¡y la pila de relucientes regalos bajo sus ramas! Botábamos nuestras medias al suelo para ver que habíamos recibido, y si alguna vez tuve la esperanza de que Santa Claus fuera real, las nueces y las naranjas me convencían de lo contrario. La comida sana era el sello inconfundible de mi madre. Sin grasa y restringiendo nuestro consumo de azúcar a un bastón de caramelo de rayas rojas y blancas por media.

No debíamos abrir nada más hasta que nuestros padres se levantaran, e incluso entonces, nadie podía meterse ahí egocéntricamente. Teníamos que hacerlo por turnos – abriendo los regalos de a uno a la vez, mientras todos los demás observaban – así que siempre tomaba toda la mañana, abriendo todos los regalos, todos juntos como familia. Luego venía el enorme desayuno familiar, la única vez en todo el año en que hacíamos una cosa como esa, tomar desayuno todos juntos, formalmente, en el comedor – con velas blancas sobre la mesa, y servilletas de tela, y el mantel escocés rojo guardado exclusivamente para este día. Incluso el menú era una tradición firmemente fijada: salchichas y huevos revueltos.

Luego, finalmente, la corona de gloria: mi padre aparecería en su disfraz anual de Santa Claus, que a medida que pasaban los años, se hizo más cómico y absurdo: Santa como una ancianita, Santa como un gorila, Santa con pequeñas campanitas y una lata colgada penosamente de su cola.

Mi montón de regalos de navidad siempre era grande, y satisfactorio. A pesar de que siempre había una cierta deflación y colapso hacia la nada al día siguiente – ¿eso es todo? – recuerdo haberme sentido celosa del regalo de alguien más solamente en una ocasión en esos años. En una tarde de 25 de diciembre, luego de que todos mis juguetes y ropa nueva habían sido guardados – y el mundo repentinamente privado de misterio, había colapsado en si mismo como un hoyo negro – estaba hablando por teléfono con Linda, una amiga de primaria. Estábamos hablando acerca de nuestro respectivo botín – entre otras cosas, yo había recibido una perinola musical y una chaqueta amarilla – cuando ella reportó un par de medias rojas, las cuales incitaron mi intensa envidia. Pero en la misma conversación, ella me dejó atónita con las noticias de que ella y sus hermanos se habían puesto a pelear por un regalo. Fue impactante. ¿En el día de navidad? Yo estaba horrorizada, y silenciosamente aliviada. La familia de Linda había permitido que este día – ¿este día? – fuera contaminado con la rutina. Medias rojas o no, yo era más afortunada después de todo.

Mis padres tuvieron tanto éxito en crear una maravillosa navidad para sus hijas, y para ellos mismos. ¿Cómo podrían haber sospechado que en algún lugar en mi interior, algo no encajaba?

Aquella víspera de navidad cuando nos aventuramos a compartir con una comunidad más grande y me paré ahí, en toda mi pequeñez, rodeada de altas y sonrientes personas en el parque municipal, estampando sus pies en el frío y riéndose y hablando, con todos los elegantes y blancos campanarios elevándose a nuestro alrededor en la estrellada noche… quizás esa fue la primera vez que tuve un presentimiento.

Sin importar cuan radiante, glorioso y encantador era todo… algo decadente y penoso estaba ocurriendo.

Todas estas personas estaban familiarizadas con el lugar. Ellos venían aquí todos los domingos. Nosotros no. Nunca veníamos a un lugar como este. ¿La resurrección? Incluso Santa Claus parecía más real. Y esa historia acerca del bebé en el pesebre: incluso los adultos parecían creerla. Para nosotros era solamente… una linda fiesta.

Algo era repentinamente muy obvio, y yo no quería verlo. Una niña judía cantando villancicos navideños era… un poco tonto. Me sentía como una inadaptada. Estaba haciendo el ridículo ante mis propios ojos. Toda esta ansia de pertenecer… de ser parte de la alegría de otros. Sin importar cuan radiante, glorioso, mágico y encantador era todo… sin importar cuan profundamente conmovida estaba por estas desconcertantes palabras que salían de mis propios labios… algo decadente y penoso estaba ocurriendo. Algo había estado oculto, o yo me estaba escondiendo de algo. Y toda la situación había generado algo así como… desprecio. ¿Hacia qué?

¿Hacia… mí?

Era inútil.

No entendía porque tenía que ser así, pero en mi corazón yo lo sabía. Ser una niña judía en navidad… era tener miedo de ser lo que yo era.

En el Coche

A los 22 años, comencé a anunciarle a mi familia que había descubierto mi identidad judía. Conseguí trabajo enseñando idioma en la sociedad más ortodoxa de la vieja escuela que pudiera encontrar – La jasídica Williamsburg – y mi primer día de trabajo fue justo un domingo, 25 de diciembre.

En el coche regresando a Connecticut unos días antes de la festividad, ahí estaba yo, en el asiento trasero y mis padres adelante, cuando hice el anuncio. No iba a estar con la familia este año para los festejos de la mañana de navidad. Tenía un trabajo. No solamente era un gran golpe en cuanto a la religión; era además la primera vez en mi vida en que iba a ganar dinero.

Recuerdo ahora (con pesar) como mi padre agarró el volante y dio vuelta su cabeza. “¡Sara!” fue como si lo hubieran golpeado. “¿A qué te refieres?”.

“Conseguí un trabajo enseñando idioma, y comienza el 25 de diciembre en la mañana”, expliqué orgullosamente.

“Pero Sara, ¡esta es una tradición familiar! Siempre estamos juntos en este día. ¡No puedes hacer eso!”. Mi madre tomó la mano de mi padre.

“Sí que puedo”, disparé de vuelta, alzando mi voz. “Navidad es una festividad cristiana, y nosotros no somos cristianos. ¡Soy judía y tú también lo eres!”.

“¡Nosotros no lo tomamos como una festividad religiosa! ¡No tiene nada que ver con la religión!” Su voz se quebró. “¡Para nosotros es una festividad nacional!”

Finalmente fui a mi primer día de trabajo, y todas las pequeñas niñas parecieron disfrutar de la clase, aunque el director me despidió muy correctamente cuando me presenté a la mañana siguiente. Evidentemente algunos de los padres se habían quejado de que la nueva maestra de idioma había hecho a sus hijas memorizar una extraña canción, que sonaba como de gentiles, acerca de una mujer llamada Alicia.

Alicia va en el coche, Carolín

Alicia va en el coche, Carolín

A ver a su papá

Carolín Ca Cao Leo Lao

Mis padres se hubieran unido rápidamente. Esa canción era una de nuestras tradiciones familiares, que databa de la infancia de mi madre. La había compartido con mis nuevas alumnas con placer, y todas sus dulces y vividas voces habían cantado:

Qué lindo pelo lleva, Carolín

Qué lindo pelo lleva, Carolín

Quién se lo peinará

Carolín Ca Cao Leo Lao

Poco sabía yo, viniendo de una familia cuyo árbol de navidad estaba en pie en ese momento con todo su esplendor en nuestro salón, que las pequeñas niñas llamadas Raizie, Feiga y Sorale, de antiguas familias jasídicas en Williamsburg nunca habían escuchado acerca de niñas llamadas Alicia. Y tampoco sabían nada acerca de andar en coche, y mucho menos que las jovencitas salían solas en coche con el pelo al viento.

Mi vergüenza fue gigante. Había perdido la navidad con mi padre, y también a los jasídicos de Brooklyn. Mi demostración de independencia había sido una farsa, y la judeidad que había afirmado como mía, no era mía para nada.

Entre la Luz y la Oscuridad

Mis propios hijos, y los hijos de mis hijos, no tuvieron que pasar por este particular tipo de confusión, esta división interna… esto de estar parado afuera mirando hacia adentro. Las pequeñas llamas que alumbran nuestra ventana durante Januca siempre se ven reflejadas en todas las ventanas del vecindario, y por todo Jerusalem, y alrededor del mundo.

Ellos no comparten mi persistente sensación de pérdida cuando llega el 25 de diciembre… no pérdida de la festividad cristiana que alguna vez celebré, sino de mi padre, que no sabía que no es la liberación de un ritual lo que una pequeña niña necesita, sino sus propios rituales. Las tradiciones religiosas que él abandonó – porque cuando él era niño, su significado nunca fue revelado – fueron las mismas que podían haber contenido a todos mis años de anhelar diferenciación en su firme abrazo. Solamente ellas podrían haber saciado mi anhelo infantil de belleza, drama, entusiasmo y orden, de autoestima engendrada por la autodisciplina, y por sobre todo, de inclusión – de sentir que pertenecía.

¿Qué necesitaba yo, como toda niña? Necesitaba saber que existe tal cosa como los milagros en el mundo – algo invisible y trascendente, más allá de lo mundano. ¿Mágico? Sí, pero más que mágico. Algo real. Porque lo ideal es real. Lehavdil bein kodesh lejol. Bendito eres Tú que distingues entre lo sagrado y lo profano, entre la luz y la oscuridad.

Todos alrededor de ese pequeño niño (que posteriormente se convirtió en mi padre) estaban en la oscuridad. Nadie pudo decirle: Tu pueblo celebra el milagro de la creación cada viernes por la noche. En ese día, cada semana, se reúnen padres e hijos – sin importar lo que ocurra, puedes contar con eso – con manteles especiales sobre la mesa y cantando, a la luz de las velas.