Cuarta noche de Januca, mi esposo se tarda en encender las velas. Las menorot de arcilla de mis hijos están colocadas precariamente sobre el radiador, sin encender. Mi segunda hija, Ileana, tiene la mirada fija en el césped del vecino. La familia Healy cubrió su cedro con luces eléctricas azules.

 En la casa del lado, un venado está parado posando agraciadamente con una pezuña elevada, como si estuviese a punto de comenzar a dar brincos. En la cercanía, un muñeco de nieve inflable se balancea embriagadamente en el aire nocturno. Mi hija de seis años mastica la punta de su dreidel (perinola) de plástico. Una mirada triste se posa en su cara. “¿Por qué no podemos tener decoraciones como ésa?”, pregunta ella.

“¿Por qué no podemos tener decoraciones como ésa?”.

 Yo le recuerdo que hicimos eso en Sucot. Tenemos bellas luces decorativas, coloridos murales pintados en las paredes, frutas surtidas y adornos colgando de las vigas de nuestra sucá. Pero en Januca, le digo, la menorá es todo lo que tenemos.

 “¿No podemos tener algo grande?”, suplica ella. “Algo lindo, tal vez un cordero o una oveja”.

 Buenísimo, pienso yo: un cordero de Pesaj en nuestro pórtico. Pero esa es la fiesta equivocada. Yo contemplo nuestra exhibición desarticulada de menorot artesanales. Sé que no pueden competir con el árbol de navidad del señor Healy, las cuerdas de luces deslumbrantes, los bastones de caramelo y las coronas de flores colgadas de los postes de teléfono, por no mencionar al alegre Papá Noel y todos los regalos en su gran bolsa misteriosa. Supongo que mi hija quiere una festividad más ostentosa.

 Cruzando la calle, veo una familia en la ventana encendiendo su menorá con un fósforo. Miro mi reloj. Es hora de encender, pero mi marido no va a llegar a casa en otra larga media hora.

 “Vengan, chicos”, decido súbitamente. “Hagamos una cacería de menorot”.

 Los chicos quieren jugar. Nos metemos en nuestra minivan. “Cincuenta menorot”, digo. “Después de encontrar cincuenta menorot encendidas, vamos a casa a encender la nuestra”. De esta manera pasará el tiempo.

 Ellos aprietan sus caras contra la ventana. “Ahí hay una”, señala mi hija Ileana. Mi hijo encuentra otras dos con facilidad. “La veo, la veo”, alardea mi hijo menor, saludando a su primera. Los números suben rápidamente. Pero no es una sorpresa. Vivimos en un vecindario judío. Mi hijo acierta el gordo con cinco casas consecutivas con menorot.

 “Esto es demasiado fácil”, se burla. Yo creo que tiene razón, y doblo primero a la izquierda y luego a la derecha para llegar a un vecindario más lujoso, con menos judíos. Aquí, las luces eléctricas resplandecen desde todas las casas. Renos multicolores clavan sus pezuñas en el prolijo césped asiático. Hay duendes al acecho y cervatillos escondidos cerca de arbustos decorados, Papás Noel y trineos agrupados alrededor de rododendros. Hay exhibiciones inusuales de luz y sombra, algunas realmente artísticas. Mis hijos se quedan en silencio ante el esplendor festivo.

 “¿Dónde están las menorot?”, se pregunta mi hijo en voz alta.

 “Tantos Papás Noel”, observa Ileana. Me pregunto desde cuándo lo llama Papá Noel y no “el gran zeide rojo”.

 “Sigan buscando”, digo secamente. Giro a la izquierda, luego a la derecha.

 ¿No estoy provocando que los niños se desilusionen? La navidad está en todos lados. Están en una edad en la que comienzan a entender que somos muy pocos. Y de hecho, mi hija mayor dice: “¿Cómo es que hay tan pocos de nosotros?”.

 “Sí, somos pocos”, asiento. “¿Y qué? Januca celebra la victoria de los pocos sobre los muchos. Los pocos también son fuertes”.

 Pero mi hija, impregnada en educación judía, contraataca: “Dios dijo que seríamos muchos”, ‘Serán tan numerosos como las estrellas del cielo’”, cita ella.

 De repente, Ileana grita: “¡Veo una menorá!” Nuestras cabezas giran. “¿En dónde, en dónde?” y ella señala orgullosamente. Está realmente ahí, puesta en la ventana de lo que parece ser la cocina de alguien. Del otro lado de la casa hay una fantástica red de luces y trineos y una escena iluminada de la natividad. Y en el medio hay una pequeña pero noble menorá en el alféizar de una ventana judía. Sintiéndonos como los macabeos que encontraron ese último frasco de aceite para encender la menorá, todos gritamos de alegría y vitoreamos.

 Mientras volvíamos a casa, vimos otras dos menorot, cada una de ellas es una victoria. En nuestro propio vecindario, vimos con facilidad seis casas aquí, siete allá, sobrepasando las cincuenta para cuando llegamos a casa.

 Cuando entramos, mi marido está vertiendo aceite de oliva en vasos de vidrio. Las frágiles velas de colores han sido enroscadas en las menorot de arcilla de los niños. Decimos las bendiciones, cantamos un poco, bailamos un poco, y luego los chicos se dispersan. Yo me quedo frente a nuestra exhibición casera y luego recuerdo una costumbre. Los viejos maestros jasídicos acostumbraban sentarse y mirar las velas encendidas por media hora completa, y aún más. Ellos dicen que mirar las velas expande la visión de la persona; la manera en que los ojos ven el mundo, lo que los ojos consideran hermoso.

 Yo me siento ahora en el sofá y trato de mantener mi vista en las velas. Me resulta asombroso cómo perinolas, sufganiot y latkes de papa pueden mantener a mis hijos felizmente ocupados. Estoy tranquila acá, mirando. De todos modos, mientras las velas arden, se supone que las mujeres no deben trabajar, para honrar el rol extra que tuvieron las mujeres en el milagro de Januca. Yo dejo que mis ojos se llenen mientras mi marido fríe más latkes.

 Ileana deambula alrededor del radiador y observa las lujosas decoraciones festivas del vecino del otro lado de la calle.

 Yo le digo a ella con voz calmada: “Mira nuestras velas, observa detalladamente y dime lo que ves”.

El mundo trata de agarrarte con sus grandes luces lujosas. Pero la luz de la menorá es sutil, y te envuelve gradualmente.

Ella mira fijamente por un largo tiempo, con sus grandes ojos marrones serios, y finalmente me dice: “Las flamas tienen la forma de flechas, señalan hacia arriba, hay un azul oscuro en el centro, las flamas continúan moviéndose de un lado a otro pero son mantenidas en su lugar por el pabilo, son pequeñas y mirarlas es hermoso”. Luego agrega: “Las flamas son flechas apuntando hacia el cielo”.

La imagen me deleita, y ella parece complacida también, pero luego veo sus ojos volver a la ventana, hacia las lindas luces cruzando la calle.

Quiero decirle a mi hija cómo el mundo trata de agarrarte con sus grandes luces lujosas. Son poderosas, y seguramente te deslumbrarán. Pero la luz de la menorá es sutil, te envuelve gradualmente, y cuanto más la mires, su belleza interior se acercará sigilosamente y tomará tu alma por sorpresa. Eso es lo que quiero decirle, ¿pero por qué decir algo? Ella sólo tiene seis años.

Ella se dará cuenta. “El hecho es que, las luces de navidad son lindas”, digo en voz alta.

Ella asiente aceptando mis palabras, aliviada, porque estoy de acuerdo con ella.

A mi marido le gusta decir sobre los fuegos artificiales que sin importar la espectacularidad, no los puedes mirar por más de una hora. En cierto punto, los fuegos artificiales parecen chillones, como demasiado para los ojos. Pero nunca te cansas de observar las estrellas.

Mi hija bosteza y yo le doy palmaditas al sillón para que ella se siente a mi lado. Me doy cuenta que dejé que mis ojos se alejaran de las velas. “Ven acá, miremos a la menorá”, digo. Ella se acurruca a mi lado, sus ojos están cansados y un poco somnolientos, mientras mis propios ojos pestañean y se esfuerzan en ver lo que ella vio… pequeñas flechas de luz apuntando hacia el cielo.