Era el mes de diciembre, justo después de que cumplí nueve años. Había una menorá en el estante, arriba de la consola del televisor. Del otro lado de la habitación, las luces titilaban en el árbol cambiando de rojo a verde y a azul. Yo estaba al lado de mi madre y ella sostenía una vela en la mano. Mi padre no estaba allí. Él no participaba de esas cosas.

Mi madre encendió una vela, dando comienzo a la primera noche de Janucá. Ella no recitó ninguna bendición, no las conocía. Recuerdo observar cómo se encendía la mecha y comenzaba a brillar y haberme preguntado a mí mismo: “¿Y ahora qué?”.

“Encendemos las velas ocho noches porque el aceite ardió durante ocho días”, me había dicho mi madre. ¿Qué aceite?, me pregunté. Pero algo en su breve explicación me convenció de no preguntar nada más. Quizás ella tampoco lo sabía.

Por mi sugerencia, la menorá había desaparecido y sólo quedaba el árbol de Navidad.

Uno o dos años más tarde, por mi sugerencia, la menorá había desaparecido y sólo quedaba el árbol de Navidad. Esperar la mañana del 25 de diciembre, cuando se podían abrir todos los regalos de una vez, parecía mucho más dramático que diluir la experiencia a lo largo de una semana, especialmente cuando todas esas cajas envueltas aparecían bajo el árbol día tras día a lo largo de todo un mes. Janucá no tenía ninguna posibilidad de competir.

Sólo dos décadas más tarde llegué a entender cómo mi propia experiencia en verdad había sido una historia de Janucá.

En busca de la espiritualidad Zen

Cuando me fui a estudiar a la universidad, dejé atrás al árbol junto con la menorá. El 25 de diciembre se volvió tan irrelevante como Santa Claus y prefería recibir un sobre con un cheque antes que regalos envueltos que probablemente serían devueltos a cambio de un monto de dinero. Adopté con entusiasmo el agnosticismo de muchos de mis pares, celebrando los fines de semana en el dormitorio de la universidad tomando cerveza, antes que observar los rituales vacíos de las comercializadas festividades anuales.

En algún momento, hacia el final de mi carrera universitaria, me sentí atraído hacia la filosofía Zen. No en el estilo tradicional, con sus prácticas de disciplina y dominio personal, sino la variedad espiritual pop que se aprende de El Zen y el arte del mantenimiento de las motocicletas, y otras escrituras modernas similares.

Mi objetivo se volvió alinearme con la energía espiritual del universo. Quería elegir el bien por encima del mal, porque en definitiva eso traía un buen karma y satisfacción espiritual. Sin duda, ese era el camino a la verdad.

Pero todos sabemos qué camino está pavimentado con buenas intenciones. Tan sincera como pudo haber sido mi aspiración a viajar por el camino de la verdad, descubrí que con molesta frecuencia cuando mi deseo de hacer el bien chocaba con mi deseo de ser indulgente con el mal, el bien arrojaba la toalla por lo menos dos de cada tres veces. Forzado a hacer una revisión personal, tuve que aceptar que a pesar de todos esos ideales que parecían ser tan elevados, una disciplina espiritual que no producía ninguna disciplina moral, no valía ni uno de sus mantras.

Demasiado tarde para los hippies

Tampoco había desarrollado demasiada disciplina en mi vida académica. Mis calificaciones eran suficientemente elevadas, pero cuatro años de estudio de literatura inglesa y escritura no me habían llevado a encontrar un empleo decente ni a tener una dirección vocacional. Era 1983, una década demasiado tarde para unirme a los hippies, pero eso no me impidió cargar sobre mis hombros una mochila y recorrer el país haciendo autostop. Si no había encontrado la verdad en la torre de marfil, quizás podía llegar a encontrarla viajando.

Seis meses de peregrinajes no me acercaron en absoluto a la verdad, pero encendieron mi espíritu aventurero y poco después subí a un avión para cruzar el Atlántico y continuar mi travesía por Europa. De allí mi horizonte se extendió a África, Asia y Australia.

El medio año en Europa culminó con un breve viaje cruzando el Mediterráneo para llegar a Israel, donde busqué la clásica experiencia judía de ser voluntario en un kibutz para recolectar naranjas. Pero era el mes de diciembre, había poco trabajo agrícola y además el dólar estaba fuerte, lo que provocó que hubiera más de 9 millones de turistas norteamericanos por Europa, y muchos de ellos se pasaban a Israel cuando comenzaba el invierno. Descubrí que la oficina de distribución de kibutzim estaba bloqueada por una fila de jóvenes veinteañeros que acampaban como si estuvieran esperando para comprar entradas para un recital de los Rolling Stones, ignorando por completo los carteles que decían: "NO HAY LUGARES ANTES DE ENERO".

Desesperado por obtener un descanso del estrés de viajar con mínimos recursos económicos, empecé a buscar alguna manera de imponer una rutina en mi vida antes de partir hacia África, y de alguna manera alguien me invitó a asistir a una Ieshivá.

¿Una Ieshivá? La palabra me era desconocida, pero la oferta de una cama, comidas calientes y un cronograma diario de clases resultó ser irresistible. Faltaban dos semanas para Janucá y finalmente aprendería los secretos de la menorá y del milagro del aceite.

Un choque cultural

Cuando Alejandro Magno conquistó Israel, hubo un período de coexistencia pacífica, pero poco después de que Alejandro muriera los griegos comenzaron a sentirse primero incómodos y después amenazados por sus súbditos judíos y el judaísmo que practicaban. La filosofía griega reconocía al hombre como el pináculo de la creación, perfecto en sus logros, sin tener que responder a nadie más que a sí mismo. La mitología griega aceptaba un panteón de dioses caracterizados por sus caprichos y egoísmo, por la lujuria y la venganza, y en consecuencia permitían un comportamiento similar entre los seres humanos. Los griegos sin duda se sintieron muy ofendidos de que la sociedad judía se dedicara al perfeccionamiento personal a través de la sumisión a un código divino de conducta moral.

Cuando ya no pudieron tolerar la amenaza judía a sus ideales, los griegos decidieron destruir la ideología judía. Mientras que sus predecesores, los babilonios y los persas, emplearon la opresión violenta, los griegos se movieron de una forma mucho más sutil: en vez de la violencia física o de prohibir la observancia de la Torá, ellos prohibieron sólo tres cosas: el Shabat, el Brit milá (circuncisión) y Rosh jódesh, la santificación del nuevo mes.

El Shabat da testimonio de la naturaleza divina del universo. Sin este recordatorio semanal, fácilmente podríamos perder el contacto y olvidar nuestra relación con nuestro Creador. El Brit milá es el signo de nuestra vocación más elevada, recordándonos que podemos controlar nuestros impulsos físicos en vez de dejar que ellos nos controlen; que cada uno es una obra en progreso con el objetivo de lograr perfeccionarnos. Rosh jódesh es la ceremonia que fija el calendario e imbuye a las festividades judías con una santidad intrínseca. Sin Rosh jódesh, la celebración de las festividades sería arbitraria y perdería todo el significado, tal como las fiestas patrias perdieron toda substancia.

Los judíos se negaron a subyugarse y finalmente los griegos acudieron a la violencia. Pero su plan era muy inteligente: de haber logrado impedir que nos adhiriéramos a estos tres preceptos, hubieran logrado reducir la observancia de la Torá a un ritual vacío, algo que podría haber continuado durante generaciones, pero que rápidamente hubiese perdido todo su significado espiritual. Por esta razón, la observancia de Janucá siempre incluye un Shabat, siempre tiene un Rosh jódesh y dura ocho días, en recuerdo del brit, del pacto entre el judío y su Creador.

Janucá celebra la victoria no sólo sobre nuestros opresores griegos, sino también sobre los helenistas, esos judíos que promovieron un nuevo sincronismo del judaísmo, en el que esperaban unir las prácticas judías con lo que les resultaba atractivo de la cultura griega. Los macabeos reconocieron la incompatibilidad entre la ideología griega y la filosofía judía, y que en definitiva una tenía que prevalecer sobre la otra. Sin valientes defensores que lucharan por la identidad judía, las luces del judaísmo inevitablemente se hubieran extinguido y sólo habría quedado el árbol de la cultura foránea.

Iluminar a las generaciones

A pesar de la victoria de los macabeos, los griegos no desaparecieron. Hasta el día de hoy, ellos mantienen su asalto cultural contra los valores de la tradición judía. El niño de nueve años en los Estados Unidos, en Gran Bretaña, en América Latina e incluso en Israel, que mira las velas de Janucá y se pregunta qué es lo que ellas significan, que no ve ninguna diferencia entre las llamas de la menorá y las luces titilantes del árbol, eso da testimonio de la victoria de los griegos.

Pero no todos los niños olvidaron esta luz. Al encender la menorá cada año, recordamos que la antorcha de la tradición judía continúa iluminando generación tras generación y aleja la oscuridad de la apatía y de la asimilación. No importa cuánto se esfuercen los descendientes ideológicos de los griegos para extinguir esa luz, la llama eterna que brilla dentro del alma del pueblo judío sigue brillando.

En mi propia observancia de Janucá, me alegra que mi hija de nueve años y sus hermanos crezcan no sólo con las luces de la menorá, sino entendiendo lo que ellas significan. Me siento agradecido de poder darles lo que mis padres fueron incapaces de brindarme: conocimiento sobre su propia esencia, la mayor arma contra la extinción cultural. Ellos ya saben que un árbol al lado de la chimenea en el mes de diciembre no forma parte de su mundo. Cuando crezcan comprenderán por qué no y por qué una menorá si es parte de su realidad.

A través de las generaciones y en todo el mundo, nuestro pueblo tuvo éxito en adaptarse a vivir como huéspedes entre sociedades diversas. Pero sólo si mantenemos un fuerte sentido de nuestra historia, de los valores de nuestra herencia y conocemos nuestra cultura, podremos mantener vivo y vibrante nuestro sentido de identidad. Si cedemos a esto, el judío junto con su judaísmo sin duda desaparecerá. Si los preservamos, garantizamos que la victoria de los jashmonaim sobre los griegos se renueve en cada generación como una victoria del pueblo judío sobre la asimilación.