Mis recuerdos de los Sedarim de mi niñez incluyen la versión clásica de la Hagadá de esa época, el vino más común, y el deseo apasionado de transmitir algo de quienes somos sin saber quiénes somos en realidad. Comimos matzá y tomamos vino tan espeso que quizás podría haber quedado parado verticalmente gracias a su propio contenido de azúcar.

Más que nada, recuerdo una sensación de que estaba ocurriendo algo de gran importancia y significancia, pero no estábamos seguros de lo que era. Sólo unos pocos años después, cuando comencé a asistir al colegio judío, me di cuenta de que el Seder es la dramática culminación del proceso que debería haber comenzado semanas antes. Era como ser arrojados en el Palacio de Buckingham con nuestros sucios uniformes escolares, en el medio de un paseo, y recibir una invitación para una entrevista con la Reina diez minutos más tarde.

Al igual que todas las ocasiones importantes, el Seder requiere preparación interna tanto como externa. La preparación para Pesaj es bedikat jametz: revisar la casa en profundidad para asegurarnos de que no hay comida leudada o migajas. Hoy en día, yo comienzo a limpiar un mes antes de la festividad. Toda la casa es revisada, todo cajón, ropero y rincón. Para quien no tiene experiencia, pareciera que soy una lunática obsesiva compulsiva medicada atrapada en un ritual de limpieza anual.

Sin embargo, por dentro siento una euforia creciente, porque mi limpieza física no es nada menos que un ataque a mi ego, que es el impedimento principal en mi relación con Dios.

¿Cómo puede la vigorosa persecución de migajas eliminar el ego? La respuesta requiere una perspectiva espiritual del Éxodo. La esclavitud y la liberación de nuestros ancestros es el prototipo espiritual de todos los exilios y las redenciones, no sólo del pueblo judío colectivamente, sino también de cada individuo.

Estamos comprometidos en la lucha por la redención a diario. Todos tenemos conflictos en nuestro interior. Batallamos con la bajeza, con el negativismo, con el deseo, con el egoísmo que nos impide convertirnos en quienes podemos ser. La palabra hebrea para Egipto es Mitzraim, y su raíz significa “angosto”. Lo que sea que nos angosta – que nos hace insignificantes espiritual y emocionalmente, es nuestro Egipto personal.

Cuando nos preguntamos por qué no somos liberados, a menudo señalamos limitaciones externas. Deseamos que nuestros padres nos hubieran amado incondicionalmente, que nuestra educación nos hubiera provisto las herramientas para enfrentarnos a la vida real, que nuestros empleadores, nuestra pareja y nuestros amigos abrieran las puertas en lugar de cerrarlas.

Sin embargo, cuando examinamos nuestra realidad interna con más honestidad, reconocemos que los factores externos no pueden cargar con la culpa por nuestro potencial no materializado. Todos conocemos personas que han expandido sus mundos internos en contra de enormes desventajas. El verdadero opresor que estrangula nuestro potencial de crecimiento es el ego. La limpieza de Pesaj es un antídoto para la opresión del ego.

Para que el pan leude debe haber fermentación, catalizada por la levadura. Ocurre una oxidación, y se desarrollan burbujas de aire. Nada es agregado a la masa, pero ésta se agranda, hinchada por el aire caliente.

La fuerza del ego es comparada a la levadura en la masa. El ego nos persuade a creer que las cosas y los incidentes de poco valor son inmensamente significativos. Una fiesta a la que nos somos invitados, una broma a costa nuestra, el último artefacto electrónico que nuestro amigo tiene pero nosotros no podemos darnos el lujo de comprar – todo es agobiante en nuestra consciencia.

La razón por la que somos ofendidos con tanta facilidad es que nuestro sentido de suficiencia es tan insustancial como lo es el aire caliente en el pan. Buscamos llenar nuestros espacios vacíos con objetos, títulos, y con imágenes transitorias de juventud y elegancia. Una sustancia tan efímera se desinfla con facilidad a medida que las vicisitudes de la vida colisionan con nuestro ego, al igual que las tortas horneándose cuando nuestras madres nos advierten: “No vengan a la cocina”. Adoptamos posturas y hacemos compras para satisfacer el hambre de nuestro ego insaciable. Nos esclavizamos a nosotros mismos.

En Pesaj comemos matzá, que es llamada “el pan de la libertad”. La matzá está hecha con una mezcla de harina y agua que no ha leudado. Esto simboliza la sustancia real y el espíritu que nos hace humanos: el alma eterna e invulnerable que no ha sido corrompida por el ego. Esta es nuestra definición de verdadera identidad.

Antes de Pesaj, ¿cómo nos deshacemos de nuestro jametz, de nuestra identidad inflada? En lugar de alcanzar este objetivo sólo mediante introspección (lo que a menudo nos hace estar aún más absorbidos en nosotros mismos), también atacamos las manifestaciones físicas del jametz.

La auto-transformación en el judaísmo está basada en el principio de que los seres humanos cambian desde afuera hacia adentro. Lo que hacemos, en lugar de lo que pensamos, define quienes somos. Así, podemos estar llenos de pensamientos, aspiraciones, e intenciones de ser generosos, pero sólo cuando ponemos dinero en la mano del mendigo comenzamos a ser personas generosas. Es por eso que la mayoría de los mandamientos de la Torá son físicos. La mano programa a la mente y al corazón con más efectividad que de manera inversa.

Nuestra eliminación de jametz previa a Pesaj afecta a nuestro espacio interior mucho más permanentemente que a nuestro espacio exterior. Pesaj nos puede llevar mucho más allá del vino, de la matzá y de la calidez familiar. Puede liberarnos de nuestro enemigo más subversivo – nuestro frágil ego.