El anillo de diamantes que heredé de mi madre, de bendita memoria es –o debería decir era— mi posesión más hermosa. Mi padre, de bendita memoria, le había dado el anillo (una sortija de 16 diamantes perfectos) a mi madre poco después de su boda en 1944. Tan precioso para mí emocionalmente como materialmente, el anillo adornaba mi mano todos los Shabat. Cada vez que miraba su resplandeciente perfección, mi alegría remontaba vuelo.

Luego, sentada en la mesa de Shabat hace seis semanas, miré mi anillo y me horroricé al ver un enorme agujero negro. Una parte del enclave de oro blanco se había roto, y uno de los diamantes se había caído. Mi horror dio paso a una búsqueda frenética, con todos los miembros de la familia arrodillados buscando por los pisos de la cocina y del living, luego barriendo, y finalmente dándonos por vencidos. El diamante estaba perdido.

Mi hermoso anillo se había convertido en una vieja sin dientes.

Cada vez que miraba mi anillo, veía el enorme agujero negro, como una hermosa mujer revelando la falta de un diente frontal. Mi hermoso anillo se había convertido en una vieja sin dientes. Con tristeza, me lo quité y lo puse en su caja. No podía resistir mirarlo.

Reemplazar el diamante era un procedimiento caro y complicado, ya que el enclave mismo debía ser reparado, y simplemente no estábamos en posición de costearlo. El anillo permaneció en su lugar de exilio cada Shabat, y cuando sea que, por fuerza de la costumbre, lo tomaba para colocármelo, recordaba tristemente mi amarga pérdida.

Luego, un viernes hace dos semanas, extrañaba tanto el anillo que decidí sacarlo y utilizarlo. Después de todo, me recordaba a mí misma, todavía habían 15 diamantes perfectos para disfrutar. ¿Por qué enfocarme en lo que no había allí cuando podía elegir enfocarme en lo que sí había? Un anillo es un círculo, me decía, y cuando sea que el agujero negro mire hacia mí, todo lo que tengo que hacer es girarlo para revelar el otro lado que aún está perfecto.

Esto terminó siendo un potente ejercicio espiritual. Cuando sea que veía el feo agujero, me decía a mí misma: “Elegiré lo que miraré y lo que no miraré”, y giraba el anillo hasta que veía los perfectos diamantes brillantes.

Luego ocurrió algo extraño. En un momento, miré hacia abajo y vi el enorme agujero. En lugar de girar el anillo, elegí conscientemente mirar el diamante adyacente al agujero. Lo observé intencionalmente, advirtiendo su color claro, casi azul, su exquisito corte y su alegre brillo. Luego me di cuenta de golpe que en quince años que había tenido el anillo, mientras que amaba el anillo como un todo, nunca me molesté en mirar los diamantes individuales. Perder un diamante me hizo comenzar a apreciar la belleza de los diamantes que quedaban.

Dayeinu

Una de las partes favoritas del Seder de Pesaj es la canción “Dayeinu”. Los 15 versos de esta canción enumeran los varios actos de bondad que Dios le concedió a nuestro pueblo durante el Éxodo, como el hecho de sacarnos de Egipto, la partición del mar, el llevarnos por tierra seca, llevarnos al Monte Sinaí, darnos la Torá, etc. El estribillo, “dayeinu”, significa: “Hubiese sido suficiente para nosotros”.

Enfócate en cada bendición individual que recibes. Sin importar lo que vino antes o después de ella.

Quienquiera que se detiene a considerar la letra la encontrará enigmática. Después de todo, es absurdo proclamar que si Dios hubiese partido el mar para nosotros y no nos hubiese llevado por tierra seca “hubiese sido suficiente para nosotros”. Si Dios no nos hubiese llevado por tierra seca, hubiésemos sido todos asesinados por el ejército egipcio que nos estaba persiguiendo. ¿Y para qué nos hubiese servido ser llevados al Monte Sinaí y no recibir la Torá? ¿En qué forma es cualquiera de estos pasos individuales “suficiente para nosotros”?

La canción enseña la misma lección que mi “ya no tan perfecto” anillo de diamantes: Detente y advierte la grandeza de cada una de las partes. La partición del mar mismo fue un milagro tremendo. Aprécialo por lo que fue, sin importar el paso siguiente en la progresión.

La Torá nos ordena recordar el Éxodo de Egipto todos los días. Tal recordatorio conduce a la gratitud, la característica fundamental del pueblo judío. El mismo nombre “judío” deriva del nombre hebreo “Yehudá”, que significa “agradecer” o “reconocer”. En el medio del Seder, que es un proceso de elevación espiritual que consiste de 15 pasos, la canción “Dayeinu” nos enseña cómo alcanzar esa paradigmática virtud de gratitud: Enfócate, realmente enfócate, en cada bendición individual que recibes. Sin importar lo que vino antes o después de ella.

Cada bendición es un regalo único, al igual que cada diamante es un tesoro en sí mismo.