Cuando estaba en cuarto grado, los miércoles eran mi día favorito de la semana. Los miércoles mi madre tenía un programa semanal que le impedía estar en casa a la hora del almuerzo, lo que significaba que por lo menos un día a la semana yo evitaba ser la única niña que tomaba el bus a casa, y en lugar de eso podía comer el almuerzo en la cafetería con el resto de mis amigas y compañeras de clase.

Para el final de ese mismo año yo odiaba los miércoles.

Un miércoles en particular, cuando sonó la campana tomé mi bolsa de papel con mi almuerzo y me dirigí a la cafetería. Comencé a desempacar mi almuerzo, con mi cabello lacio castaño suelto sobre mi cara. Saqué mi sándwich – mantequilla de maní y jalea en pan blanco – y me sorprendí al encontrar algo más en la bolsa: sonreí mientras sacaba un yogurt de frutilla y una cuchara.

Lo abrí y comencé a mezclar la dulce fruta del fondo con el blanco y cremoso yogurt. Una vez que alcancé la perfecta y deliciosa consistencia, sumergí mi cuchara de nuevo y me preparé para tomar el primer bocado. En ese momento alguien me golpeó fuertemente en la espalda, y mi yogurt – en lugar de entrar en mi boca – se esparció por mi remera y mi cabello.

Todos rieron.

“Hey, es por eso que su cabello luce así. ¡Se lo lava con yogurt!”, gritó Celeste.

Se escucharon más risas mientras saltaba de mi silla y corría al baño para limpiarme. Celeste lo había hecho de nuevo, como lo seguiría haciendo por los cinco o seis años siguientes.

En un momento, cuando ya estábamos en la secundaria, Celeste trató de recrear las bromas del pasado. Le di una mirada de desaprobación y me alejé; para ese entonces yo ya era una persona diferente, y sus palabras ya no me lastimaban como cuando tenía 10 años.

Liberación Emocional

Pesaj es el tiempo de la redención judía, cuando conmemoramos nuestra liberación de la esclavitud egipcia. Pero también es el tiempo para dejar atrás nuestra mochila, esa que nos está impidiendo alcanzar nuestro propio éxodo personal.

Esclavitud es mucho más que trabajos forzados. En el mundo de hoy somos esclavos de toda clase de cosas.

Un niño pequeño está esclavizado por un bravucón. Se siente atrapado por el constante sufrimiento y maltrato. Pero en algún momento, estará físicamente libre. Ya sea por la edad, la distancia o cualquier otra circunstancia que lo saque de la situación intimidante, el chico estará experimentando su éxodo personal. Sin embargo, si se aferra a la esclavitud mental, el amo continuará controlándolo.

La Torá dice que la salida de Egipto fue una liberación física, pero psicológicamente los judíos seguían sintiéndose esclavos, ligados emocionalmente a sus opresores egipcios. Fue recién cuando vieron con sus propios ojos cómo los egipcios se ahogaban en el Mar Rojo que los judíos se sintieron libres realmente.

Celeste Otra Vez

Una vez leí un artículo donde una mujer se sintió culpable por la forma en que había tratado a otra chica en la escuela. Se animó a buscarla y a pedirle perdón. Me pregunto cómo reaccionaría si Celeste o una de las otras chicas de mi infancia me encontraran e hicieran lo mismo.

Cuando Facebook entró en escena, abrí una cuenta e ingresé toda la información de mi educación. Estaba emocionada de reconectarme con mis amigas de la infancia y ver si sus vidas habían resultado diferentes de lo que esperaban, así como ocurrió con la mía. Cuando presioné el botón “siguiente” recibí una lista de “personas que quizás conozcas”. La primera foto de perfil me dio escalofríos: De repente tenía 10 años de nuevo y estaba mirando la cara de Celeste con mis ojos empapados en lágrimas. Después de todo, quizás no quería explorar tan profundamente en mi pasado.

¿O sí?

Mirando hacia atrás, percibo las cosas de manera muy diferente. El cabello de Celeste era tan castaño y lacio como el mío. Venía de un hogar de clase social media baja, con una vida familiar cuestionable. Sus aptitudes académicas estaban por debajo del promedio, y ni siquiera logró terminar la escuela secundaria con el resto de nosotras. Su autoestima dependía de la capacidad de denigrar a otros. Cuando hice clic en su perfil de Facebook, descubrí que su vida distaba mucho de la mía – y era mucho menos exitosa. ¿Esta es la chica que yo envidiaba y que permití que controlara mi vida social por tantos años?

¿Esta es la chica que permití que controlara mi vida social por tantos años?

La verdad es que yo ya había perdonado a Celeste y al resto de su pandilla. Lo que me hicieron no fue por un problema conmigo, sino con ellas mismas. Celeste tenía un problema y su única forma de solucionarlo era hacer que otra persona se viera más tonta que ella. E incluso si ese no hubiese sido el caso – incluso si la persona que me hubiera acosado hubiese sido la capitana de las porristas y una estudiante sobresaliente – ¿acaso eso significaría que yo tendría más culpa en el asunto? Para nada.

Y si – por ser la víctima – yo tuviera ira y resentimiento, ¿a quién lastimaría eso? Sólo a mí misma. La Torá enseña: “No odiarás a tu hermano en tu corazón” (Levítico 19:12) ¿Por qué no? Si es en mi corazón, la otra persona no lo sabrá; no la estoy agrediendo ni verbal ni físicamente. Sólo estoy cargando rencor. ¿Y qué?

El problema es cómo eso me afecta a mí. Como una herida sin curar, el rencor supura e infecta, haciendo que todo el cuerpo se enferme.

¿Cómo pudieron esas chicas tener semejante control sobre mí? Porque yo lo permití. Yo medía mi autoestima en base a lo que ellas opinaban de mí. Sin importar cuánto tratara de agradarles, nunca era suficiente. Les permití decidir quien era yo, en lugar de hacerlo por mí misma. Y así como descubrí en la escuela secundaria, la única reacción que las detendría era no reaccionar en absoluto.

Al dejarlo pasar y perdonarlas por las cosas tontas que ocurrieron cuando tenía 10 años, me permití curarme. Me hice cargo de decidir quién era y en quién me convertiría. ¿Necesitaron pedirme perdón? Hubiera sido bueno para ellas sentir arrepentimiento, pero eso no debería afectar mis acciones. Si continuara acarreando rencor, Celeste seguiría adelante con su vida y yo continuaría teniendo 10 años.

Al dejar de poner el foco en “pobrecita de mí” pude perdonar, olvidar y seguir adelante.