¿Por qué el judaísmo le da tanta importancia al Éxodo? Por supuesto que en Pesaj merece estar en primer plano, pero en cada Shabat y fiesta, en el medio del kidush, sin relación a nada, el Éxodo de Egipto está ahí presente. Cada día al recitar el Shemá, recordamos el Éxodo. Incluso uno de los 613 mandamientos de la Torá es recordar el Éxodo todos los días.

La historia judía no carece de grandes episodios históricos: el sacrificio de Itzjak, la revelación en el Monte Sinai, el cruce a la Tierra Prometida. ¿Por qué el Éxodo debe recibir más atención?

El entendimiento judío de Dios tiene dos bases: 1) Dios creó el mundo y 2) Dios interviene en los asuntos humanos. Shabat es testimonio de la primera premisa; el Éxodo es testimonio de la segunda.

A pesar de que el concepto de Dios como creador fue ampliamente aceptado en el mundo occidental, desde el momento que los judíos lo introdujeron hasta la llegada de Darwin, la segunda premisa siempre traía un aprieto: Si Dios está íntimamente involucrado en los asuntos humanos, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?

Este interrogante motivó a que los filósofos desarrollaran teorías que daban crédito a Dios por crear el mundo, pero en efecto descartaban su participación en el largo trayecto del día a día. Como resultado de esto nació la Teoría del Relojero: Así como el relojero hace el reloj y pone sus mecanismos en marcha, punto en el que su trabajo ha terminado, de la misma manera Dios puso la leyes de la naturaleza en marcha, después de lo cual, Sus servicios ya son requeridos.

En otras palabras, las leyes de la naturaleza de Dios trabajan independientemente de Él, y por lo tanto producen efectos aleatorios – tales como niños con enfermedades terminales – ante los cuales Dios no puede intervenir. Él le ha dado las llaves del auto a la naturaleza, y sin importar cuán imprudentemente la naturaleza maneje, Dios está limitado al asiento trasero.

Una consecuencia de esta teoría es que Dios no sabe, ni le importa, lo que sucede en la vida de los individuos. (Porque si supiera o le importase, obviamente todos serían sanos, ricos y sabios).

Este concepto es un anatema para el judaísmo. El judaísmo proclama que nada sucede en el cosmos – ningún electrón orbita un núcleo atómico, ninguna célula se divide, ninguna estrella nace o muere – sin intención Divina estimulándola cada nanosegundo. Como dice la bendición antes de tomar agua: "Todo existe por Tu palabra". Traducción: Si Dios no quisiese que ese vaso estuviera lleno de moléculas de H2O en este momento, ¡puf! Simplemente no existiría.

Este es el verdadero significado de la unidad de Dios, en la cual el judaísmo se fundamenta: no hay fuerzas de ningún tipo independientes de Dios. Punto. Dios no sólo hizo el reloj, sino que Su voluntad lo mantiene funcionando, Su energía anima sus átomos y moléculas, y Él decide quien será su dueño y por cuanto tiempo.

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Ahí es donde el Éxodo cobra su importancia. Los hijos de Israel eran esclavos de la más poderosa dinastía en la tierra. Como dice el Midrash, ningún esclavo escapó alguna vez de Egipto, ya que estaba rodeado por grandes fortificaciones y desalentadores desiertos. Según las leyes de la naturaleza, no había ninguna posibilidad de que los esclavos israelitas obtuviesen la libertad.

Todo el punto del Éxodo era que el pueblo judío viera, de una vez por todas, que Dios maneja el espectáculo, desde el más diminuto detalle hasta la más grande maravilla. Con la máxima preocupación. Con la máxima participación. Así lo dice Dios: "Por lo tanto sabrás que Yo soy Dios" (Éxodo 7:17).

Cada componente del Éxodo tiene la intención de revelar otra faceta de cómo Dios esta involucrado en el mundo. Por lo tanto, la plaga de piojos, las criaturas más pequeñas que son perceptibles a simple vista, tenía la intención de demostrar que la supervisión de Dios penetra a las más pequeñas unidades existentes. La plaga de ranas, en la que los anfibios amantes del agua saltaron a los calientes hornos de Egipto, mostró que la voluntad de Dios, y no el instinto bruto, reina en el mundo animal.

Es por eso que el Éxodo mencionamos y recordamos continuamente al Éxodo. El Éxodo demostró el amor que tiene Dios por la humanidad y cómo Él interviene en el destino por el bien de la redención, tanto colectiva como individual.

Sólo en una inmadura e inestable relación requiere la esposa que el marido pruebe su amor y confianza una y otra vez. Si cada vez que un judío sufre una desgracia, él o ella duda del amor o cercanía de Dios, eso es un signo seguro que el Éxodo ha sido olvidado

Esto nos deja, sin embargo, con el problema del sufrimiento, un asunto que hemos estado tratando de resolver por milenios, como atestigua el libro bíblico de Job. La respuesta judía para la interrogante del sufrimiento está servida en la mesa del Seder.

En esta fiesta de inmensa alegría por nuestra redención, hay símbolos de sufrimiento: las hierbas amargas, el agua salada recordando las lágrimas, el jaróset representando el cemento de nuestro duro trabajo. Sin embargo, los símbolos de la redención y los símbolos del sufrimiento están confusamente tejidos juntos. El jaróset, representando cemento y esclavitud, es dulce. El karpás, representando una nueva vida, es untado en el agua con sal. Las hierbas amargas son cubiertas en jaróset dulce antes de comerlas.

Esta es la lección de la recóndita historia de la Hagadá sobre los cinco sabios tomando parte de un seder en Bnei Brak. Rabi Elazar dice que nunca entendió por qué el seder tenía que ser de noche hasta que otro sabio le explicó que sólo la totalidad del día y la noche, alegría y sufrimiento pueden producir la redención.

El Éxodo fue nuestra presentación nacional a Dios, quién es Él y cómo actúa, siempre con amor supremo y preocupación por nuestro máximo bienestar. De la manera más profunda, aquellos que participan en el seder experimentan la realidad de que sufrir es una confusa parte del proceso de redención – nacional e individual.