El día antes de mi cumpleaños, tuve una furiosa pelea con mi esposo Leib. En realidad, casi no discutimos, gracias a su calmada y paciente disposición. Leib es tan tranquilo como yo soy volátil, tan dulce como yo soy irritable. Ese día sin embargo, al darme cuenta que nuestro creciente sobregiro bancario no permitía que extraigamos dinero para que él me llevara a cenar por mi cumpleaños, me encontré culpándolo por nuestros problemas financieros. Lancé dolorosas acusaciones que nunca quise pronunciar. Estaba fuera de control.

Me tomo una hora de trabajo conmigo misma el lograr calmarme, cambiar la cinta interna, darme cuenta del daño que había inflingido en la persona que más amo, y pedir perdón. Leib me perdonó de buena gana. Nos abrazamos e hicimos las paces, pero la distancia que yo había creado con mis insultos quedó entre nosotros como un repugnante olor. A pesar de la amorosa tarjeta de cumpleaños que me dio Leib, junto con un regalo hecho en casa, fue una velada miserable.

Al día siguiente, como todos los años, planeamos celebrar mi cumpleaños con una excursión familiar a ver las flores silvestres. Este año planeábamos manejar una hora y media cruzando Israel, hacia una colina cerca de Rishon LeTzion donde el raro lirio púrpura estaba en pleno florecimiento. Como un privilegio especial de cumpleaños le pedí a Leib y a mi hija adolescente Pliyah que preparasen el picnic del almuerzo, para tener tiempo extra para rezar mis rezos matutinos en el kotel (el Muro Occidental).

Aún estaba desanimada por mi arranque del día anterior. Me sentía atrapada en un lugar donde no quería estar y al mismo tiempo sin posibilidad de liberarme. La Teshuvá (arrepentimiento) en el judaísmo implica cinco pasos, uno de los cuales es tomar para uno mismo el compromiso de no repetir el pecado. ¿Pero como podía decidir no explotar así nuevamente, cuando mis hirientes palabras habían salido desordenadas, sin mi elección conciente, casi más allá de mi control?

Mientras estaba parada rezando en el santo muro, se me ocurrió una idea. De ahora en adelante, cada vez que esté a punto de decir algo acusador a mi marido, tomaré el anillo que ocupo en mi mano derecha, lo cambiaré a mi mano izquierda y luego lo regresaré a mi mano derecha. Durante el tiempo que me tomará hacer esto, me preguntaré a mi misma: ¿Lo que voy a decir, me acercará o me distanciará de mi marido? Como nunca quiero estar distante de mi amado esposo, si la respuesta es "distancia" voy a elegir no decirlo...incluso si es verdad, incluso si es justificado. Simplemente voy a elegir la cercanía.

Revitalizada y feliz con esta nueva táctica, dejé el kotel y me subí al auto mientras Leib y los niños pasaban por allí. Estábamos en camino a ver las flores silvestres.

Ya que no había comido nada de desayuno, estaba hambrienta. "¿Qué comida empacaron?" les pregunté.

"No lo se", respondió Leib. "Tú le pediste a Pliyah que empacara el almuerzo".

Pliyah se desconcertó. "Yo sólo empaque sándwiches de atún. Pensé que Abba tenia que empacar todo lo demás – la fruta, las papas fritas y las galletas".

"Bueno, nadie me dijo nada sobre comida", Leib contestó.

Yo estaba a punto de decir: "¿Qué? Yo sí te dije de la comida. Incluso te dije donde podías encontrar las papas fritas. ¿Por qué nunca me escuchas? ¿Qué vamos a hacer ahora con la mitad del almuerzo y sin dinero para comprar algo? ¡Nos vamos a poner todos hambrientos y malhumorados!"

 

Mientras estaba ahí sentada en mi silencio auto-elegido, experimenté un sentimiento de exaltación y libertad

 

Eso era lo que quería decir. En su lugar, cambié mi anillo de mi mano derecha a mi mano izquierda y luego de regreso a la derecha, mientras me preguntaba, "¿Decir esto me distanciará de mi marido o nos acercará?" Claramente nos distanciaría, ya que las recriminaciones mutuas abrirían paso a culpas, y defensas, y amplias condenas. Así que mantuve mi boca cerrada.

Ahí fue cuando ocurrió. Mientras estaba ahí sentada en mi silencio auto elegido, experimenté un sentimiento de exaltación y libertad. ¡Pude hacerlo! Pude elegir que curso quería seguir, en concordancia con el donde yo quería que las cosas terminaran. Estaba en control. Era libre.

¿Qué es la Libertad?

En Pesaj, cada judío está obligado a verse a sí mismo como si el o ella salieron personalmente de Egipto. Esto implica un esfuerzo para los poderes imaginativos de incluso el más imaginativo de nosotros. Trabajos forzados, pesados ladrillos, el sonido del látigo del capataz egipcio, las humillaciones y torturas de la esclavitud son todos ellos tan remotos de nuestra experiencia cotidiana que, por más que intentemos, la sensación empírica de ser esclavos nos es lejana. ¿Cómo podemos entonces, cada uno de nosotros experimentar personalmente la liberación de la esclavitud? Si ponemos atención al relato de la Torá sobre el Éxodo, vemos que la esclavitud al Faraón está asociada al servicio de Dios. Para dar uno de muchos ejemplos: "Dios le dice a Moisés: `Ve donde el Faraón y dile, "Así dice Dios, el Señor de los Hebreos: `Deja salir a mi pueblo para que puedan servirme'". [Éxodo 9:1].

El opuesto a la esclavitud egipcia no era el libertinaje. El objetivo y culminación del Éxodo era la entrega de la Torá en el Monte Sinai. Dios deja esto bien en claro la primera vez que Se revela a Moisés a través de la zarza ardiente. "Cuando saques al pueblo de Egipto, servirán a Dios en esta montaña". [Éxodo 3:12].

La conexión esencial entre libertad y servicio Divino es evidente en el calendario hebreo. Desde el segundo día de Pesaj, los judíos comienzan a contar 49 días hasta Shavuot, la festividad que conmemora la entrega de la Torá en el Monte Sinai. Shavuot es considerada la culminación de Pesaj. La máxima libertad es, según la definición de la Torá, servir a Dios.

Esto es sorprendente. Los 613 mandamientos de la Torá son vistos desde el exterior como 613 restricciones. ¿Cómo pueden ellos ser sinónimos de libertad?

Dos Voces

De acuerdo a la psicología cognitiva, todas las acciones humanas son en respuesta a una "cinta interna" que está tocando sin parar en el cerebro humano. Esta cinta es grabada, la mayoría de las veces, por herencia y el ambiente. Nos dice que hacer y como autómatas nosotros obedecemos: "Esa persona acaba de insultarte. ¡Insúltalo de vuelta!" "Ese chofer te está cobrando de más. ¡Enójate!".

Esta es la definición de esclavitud de la Torá. Esa es la voz del Faraón; no tolera la desobediencia, ni se nos ocurre a nosotros desobedecer. No existe un mal esclavo, porque un esclavo no tiene opciones. Durante la mayoría de nuestras horas de trabajo, no se nos ocurre desobedecer o cambiar nuestra cinta interna.

En un mundo manejado por el instinto de supervivencia y el principio de placer, la Torá decretó una forma alternativa de vida comandada por la santidad y los valores espirituales. La ética de la Torá ha empapado tanto a la sociedad occidental que puede ser que no notemos cuan radical era la alternativa que ofreció al hombre antiguo – y nos continúa ofreciendo hoy. Como el historiador Paul Johnson menciona:

La mayoría de los códigos legales del antiguo Cercano Oriente están orientados hacia la propiedad, siendo también las personas mismas formas de propiedad cuyo valor puede ser estimado. El código Mosaico está orientado a Dios...en la teología Mosaica, el hombre es creado a imagen de Dios, y por ende su vida no es solo valiosa, es sagrada...Mientras que otros códigos aplicaban la pena de muerte por ofensas contra la propiedad, como saqueos durante un incendio, entrar a una casa..., en la ley Mosaica ninguna ofensa de propiedad tiene pena capital. La vida humana es demasiado sagrada cuando se trata solamente de la violación de derechos de propiedad...

Las leyes Mosaicas eran muy estrictas en cuando a materias de sexualidad. Por ejemplo, las leyes Ugaríticas, reveladas en las tablas de Ras Shamra, permitían la fornicación, el adulterio, la bestialidad y el incesto en ciertas circunstancias. Los hititas permitían ciertas formas de bestialidad (pero no el incesto). Los egipcios descartaron la consanguinidad como algo sin importancia. Los israelitas, en contraste, prohibieron todas las formas irregulares de sexo, y tenían una lista de los grados prohibidos de matrimonio, incluyendo parentesco y consanguinidad. [A History of the Jews, pp. 33-36].

Con la entrega de la Torá, el ser humano dejó de ser un esclavo de sus deseos sexuales. Una segunda voz – la voz Divina – comandó algo diferente, un curso de acción sagrado. El ser humano estaba libre para elegir. El ejercicio de la elección misma es la libertad.

Que la libertad implica opción es obvio cuando observamos las elecciones políticas llevadas a cabo en países gobernados por dictadores. Todos los adornos de elecciones libres están presentes, como cabinas de votación y papeletas secretas. Pero si solamente un candidato se está presentando la elección claramente no es "libre". La libertad requiere elección.

Cuando Dios le entregó la Torá al pueblo judío, nos entregó 613 opciones. Observar el Shabat o no. Amar a tu vecino o no. Chismear o no. A diferencia del Faraón, Dios, como puedes haberte dado cuenta, tolera un alto grado de desobediencia. Por eso es que a una persona que viola uno de los mandamientos Divinos no le pega un rayo en la cabeza. El castigo inmediato limitaría nuestra libertad de elección. La habilidad de realizar elecciones morales es un regalo Divino. Es la única libertad verdadera que tienen los humanos.

La frase clave aquí es "elección moral". Tu decisión de si ir al cine o al ballet, o comer helado de vainilla o de chocolate no es ejercitar tu libre albedrío. Ya que no hay ningún elemento moral presente, son meras preferencias, no elecciones.

 

El acto mismo de elegir entre tu instinto primordial y el imperativo Divino de ser amable es la libertad)

 

Sólo en el terreno de lo moral tienes libre albedrío. Cuando tu cinta interna te dice que pagues con la misma moneda, responder un insulto con un comentario aún más letal, tú tienes el poder de cambiar la cinta. Tú tienes el poder de preguntarte, "¿Es esta la persona que quiero ser?". El acto mismo de elegir entre tu instinto primordial y el imperativo Divino de ser amable es la libertad.

Cada uno de nosotros en todo momento está prestando atención a la voz del Faraón o la voz de Dios. La voz del Faraón nos comanda hacer lo que nos es instintivo, automático, un reflejo. "Hacer lo que sale natural" es la máxima esclavitud porque no ejercitamos nuestro poder de elección.

La voz de Dios, en cambio, ofrece una alternativa al instinto. Por ejemplo, al ordenarnos que no tomemos venganza [Levítico 19:18], Dios está diciendo: "Tu instinto es herir a aquellos que te hieren. Al ordenarte actuar de forma diferente, Te estoy ofreciendo la habilidad de elegir un curso de acción distinto".

El ejercicio de la elección es la esencia de la libertad. Olvídate del látigo del capataz y de los pesados ladrillos. Cada uno de nosotros es esclavizado cada vez que actúa en piloto automático; cada vez que reaccionamos de acuerdo a nuestra programación instintiva.

Para experimentar la liberación en este Pesaj, sólo tenemos que romper las ataduras del instinto, aprender a reflexionar y decidir que debemos hacer o que debemos decir, basados en quienes queremos ser – un esclavo del Faraón o un sirviente de Dios.