En Pesaj contamos nuestra historia como nación judía. A lo largo de miles de mesas de Seder, las mismas palabras harán eco a medida que hablemos sobre la oscuridad de Egipto y sobre la luz de la libertad que surgió hace 3.300 años.

En el Seder también hablamos sobre nuestro origen. Sobre cómo Abraham nació en un hogar de idólatras y cómo casi fue asesinado mientras buscaba la verdad. También relatamos cómo él debió abandonar su lugar de nacimiento para ir a un destino desconocido.

Sin hogar ni mapa, Abraham tuvo que escribir su propia historia; y por medio de su coraje, nos enseñó a escribir las nuestras.

Todos atravesamos períodos de incertidumbre y confusión. La manera en que contamos nuestras historias es tan importante como las historias mismas. La terapia narrativa, desarrollada originalmente por Michael White, nos enseña que podemos replantear nuestra vida enfocándonos en lo que hicimos para superar los desafíos del pasado y usar esas mismas fortalezas para tomar las riendas de nuestro presente.

Relatar de nuevo la historia judía es lo que hacemos en el Seder de Pesaj. Nuestra historia tiene poder. Nuestra historia tiene belleza. Fíjate dónde comenzamos. Fíjate adónde hemos llegado. Y fíjate en dónde estamos en este momento: libertad de expresión, de culto y somos libres para cambiar nuestras historias en un abrir y cerrar de ojos.

Piensa en Dawn Loggins, una adolescente que creció en la extrema pobreza y cambió la historia de su vida. Se contó a sí misma una historia de triunfo cuando tranquilamente hubiese podido sucumbir ante el abatimiento y la desesperanza.

Como sus padres no podían pagar la cuenta de luz, Dawn estudiaba a la luz de las velas.

Dawn atravesó una infancia llena de desalojos de departamentos desvencijados y con el agudo terror de terminar en las calles sin un lugar al que ir. Incluso en los tiempos en que sus padres tenían un hogar, sus padres a menudo no podían pagar la cuenta de la electricidad por lo que ella estudiaba a la luz de las velas. Pasó años comiendo fideos en todas las comidas.

Durante toda la secundaria trabajó todos los días como portera de la escuela, comenzando a las 6 de la mañana durante dos horas antes del horario de entrada y continuando con dos horas después del horario de salida. Luego se quedaba despierta hasta la medianoche haciendo sus deberes y estudiando para recibir honores y clases para estudiantes avanzados.

Ni eso la preparó para la conmoción de volver a casa después de un programa de estudio de verano para estudiantes secundarios en Carolina del Norte y encontrar que sus padres y hermanas la habían abandonado. La familia no tenía teléfono, por lo que a Dawn le llevó meses enterarse que se habían mudado a Tennessee.

Durante ese tiempo, Dawn durmió en sofás en las casas de sus amigas hasta que un chofer de colectivo ofreció hospedarla. El jefe de Dawn en su trabajo de custodio también la ayudó, dejándola lavar su ropa en la escuela y proveyéndole comida. Otra madre de la comunidad ayudó a Dawn a llenar las aplicaciones para las universidades y el personal de la escuela juntó el dinero necesario para su visita a Harvard para aplicar allí esa primavera.

Ahora, Dawn está en su primer año en Harvard y se graduará en la clase del 2016.

A pesar de que Dawn tuvo que crecer con rapidez, nunca sintió lástima de sí misma. En cambio, ella se contó una historia diferente. En lugar de cerrarle una puerta a su pasado, lo está utilizando para iniciar una organización sin fines de lucro para ayudar a otros estudiantes pobres de su escuela secundaria. Les cuenta a ellos la historia de encontrar una salida a las limitaciones del pasado que conduce a Harvard e incluso más allá.

Un manantial burbujeante

El pueblo judío también ha carecido de un hogar durante miles de años. En cada generación, en los áticos y en los sótanos, nos hemos sentado a la luz de las velas susurrando nuestras historias para que nadie, más allá de nosotros mismos, pudiera oírlas. Como dice el Talmud: incluso aquel que está sentado solo en la mesa del Seder debe recitar la Hagadá en voz alta y hacer las preguntas: ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Puedo encontrar libertad en este exilio?

Cada año, mientras Pesaj se acerca, les cuento a mis hijos que cada uno de nosotros debe hacerse esas preguntas y pensar en nuestra historia personal.

El susurro de todas nuestras historias se fusiona creando un tapiz de milagros.

Yo les cuento partes de mi propia historia. Hablo de cuando mi marido y yo acabábamos de casarnos y estábamos viviendo en Israel. Mis abuelos vinieron desde Nueva York para estar con nosotros durante Pesaj. Yo estaba embarazada de ocho meses de nuestra primera hija y viajamos juntos a Ein Guedi. Cuando llegamos a la cima del recorrido y vimos las frescas aguas del manantial, nos sentamos sobre una antigua roca del desierto. Abuelos, nietos y un bisnieto escuchando desde el útero, todos escuchando el sonido de la vida misma ascendiendo burbujeante desde su fuente oculta. El suspiro de todas nuestras historias se fusionó creando un tapiz de milagros.

Les cuento a mis hijos que bebimos de esa agua y tomamos una foto. Sostuve la mano de mi abuela durante nuestro descenso con una mano y, con la otra, sostuve con cuidado a nuestra futura hija. En ese momento supe —con la claridad del agua que fluía de la roca—, que surgimos de milagros que surgieron de milagros, todos emanando de Una fuente pura.

También les cuento que, de niña, soñaba tener una familia como la nuestra.

Alrededor de todo el mundo nos reunimos a la mesa del Séder para contar nuestra historia; cómo, de alguna manera, llegamos a esta noche en la que nuestras vidas están unidas por el hilo invisible de una redención compartida. Buscamos las manos de nuestros abuelos mientras atesoramos historias que aún no han sido contadas. Avanzamos juntos, desde la falta de vivienda hasta la sensación de pertenencia, desde la esclavitud a la libertad, desde el silencio al habla. ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy?

Escribimos nuestras historias. Historias que nunca deben desvanecerse.