Si quisiéramos resumir el Éxodo en una sola palabra, habrían muchos términos que probablemente se nos vendrían a la mente: milagroso, espectacular, impresionante.

Pero una palabra que no se nos vendría a la mente es ‘inesperado’, ya que incluso antes de que el pueblo judío comenzara a existir, Dios ya le había advertido a Abraham que “tus hijos serán extraños en una tierra extraña. Los esclavizarán y oprimirán durante 400 años. Y yo juzgaré a la nación que los esclavizará; luego saldrán con mucha riqueza” (Génesis 15:13-14). La experiencia en Egipto estaba predestinada; no sólo la esclavitud, sino también la redención que le seguiría.

De la misma forma, la Torá se refiere a la noche del Éxodo como “una noche de vigilia” (Éxodo 12:42). Fue un día esperado con gran ansiedad tanto por Dios como por los judíos, y desde entonces, ha sido conmemorado año tras año.

Sin embargo hay algo que no encaja. Cuando Dios apareció en el episodio de la zarza ardiente, le instruyó a Moshé que fuera donde Paró y le dijera: “El Dios de los hebreos se ha encontrado [casualmente] con nosotros” (en hebreo ‘nikrá aleinu’; Éxodo 3:18). ¿Casualmente? ¿Acaso Dios se encontró con ellos casualmente, como si Dios hubiese estado por ahí, ocupado con sus propios asuntos, cuando de repente se encontró casualmente con Moshé (y subsecuentemente le ordenó que redimiera a la nación de Israel)? ¿Cómo puede usar la Torá una terminología que parece ser tan inapropiada? ¿Acaso el Éxodo fue precipitado por un encuentro casual?

Los esfuerzos diplomáticos iniciales de Moshé fueron un rotundo fracaso.

Pero hay algo más curioso aún sobre la historia del Éxodo. Cuando Dios envió a Moshé y a Aharón por primera vez a pedirle a Paró que dejara salir al pueblo judío a un retiro de tres días en el desierto, su esfuerzo inicial de hacer lo que hoy llamaríamos un “viaje diplomático” fue un rotundo fracaso. Paró no sólo se negó a su pedido, sino que también concluyó que los esclavos hebreos probablemente tenían demasiado tiempo libre y que eso provocó que se les ocurrieran ideas tan alocadas. Como resultado, ordenó que la esclavitud se intensificara: Egipto ya no les proveería la paja, pero los israelitas deberían producir la misma cantidad de ladrillos.

Está de más decir que la moral del pueblo, que en un principio aceptaba las alentadoras palabras proféticas de Moshé, cayó estrepitosamente. Lo único que querían era que los dejaran servir tranquilos a Paró. No hagas problemas. No incites a los antisemitas, dándoles una excusa para tomar “una espada en sus manos para matarnos” (Éxodo 5:21).

Incluso Moshé mismo se quejó: “Mi Señor, ¿por qué has hecho mal a este pueblo? ¿Por qué me has enviado? Desde que vine donde Paró para hablar en Tu nombre, él ha hecho mal a este pueblo y Tú no has salvado a Tu nación” (Éxodo 5:22-23).

¿Por qué Dios hizo que Israel pasara por todo esto? ¿Por qué hizo que la esclavitud se volviera aún más opresiva justo cuando estaban a punto de ser redimidos? Si había llegado el momento de la redención, ¡entonces deberían haber sido redimidos de inmediato! Y si aún no era el momento, ¿por qué no esperar un mes más antes de enviar a Moshé? ¿Por qué enviarlo antes de tiempo, causando que no logre nada positivo y que incluso empeore las cosas, para sólo entonces revertir la situación y redimirlos?

Dos niveles

Rav Tzadok HaKohén de Lublin, el grandioso maestro jasídico del siglo XIX, explica que hay dos niveles de providencia Divina, dos formas mediante las cuales pueden ocurrir los eventos en este mundo.

La primera forma es cuando los eventos resultan más o menos en la manera esperada. Por ejemplo, imagina que planeas un viaje a Europa. Compras los pasajes con meses de anticipación, haces las reservas en los hoteles y organizas el itinerario, repasas el lenguaje, recuerdas tu cepillo de dientes y haces todo lo posible para evitar las sorpresas. Ahora bien, para que el viaje salga como esperas claramente hace falta providencia Divina; Dios podría frustrar tus planes de muchas formas. Pero nosotros nos referiríamos a esto como una providencia Divina que va de acuerdo al plan, que hace que los eventos ocurran tal cual nosotros esperamos.

Sin embargo hay otro nivel de providencia Divina, uno completamente diferente, en el cual los eventos ocurren de una forma que jamás hubieras imaginado. Te despiertas una mañana, te ocupas de tu rutina, y de repente, te encuentras con un pariente que no ves casi nunca, el cual te ofrece un trabajo en el otro extremo del país, por lo que terminas volando hacia un destino completamente inesperado que cambia tu vida por completo.

Cuando Dios orquesta los eventos en formas tan inesperadas, Él nos está enviando un mensaje inequívoco: Yo estoy al mando de las cosas. Esta es Mi obra y tus esfuerzos son en realidad completamente irrelevantes, tanto si son a favor como si son en contra de lo que Yo deseo.

Cuando Dios orquesta los eventos en formas tan inesperadas, Él está enviando un mensaje inequívoco: Yo estoy al mando de las cosas.

Gran parte de lo que ocurre en nuestra vida se da de acuerdo a la forma más baja de providencia; todo ocurre dentro de lo normal y la vida se da en general de acuerdo al plan, con una pequeña cantidad de sorpresas. Sin embargo, hay veces en las que la providencia más elevada de Dios asume el control. Vemos a Dios asumir el control de nuestra vida y dirigirnos hacia donde sólo Él sabe que debemos ir.

La redención siempre ocurre en el nivel más elevado.

Por lo tanto, en cierto sentido, el Éxodo sí fue inesperado. Dios hizo que ocurriese en contra de todos los pronósticos. Convirtió a la esclavitud en algo completamente desesperanzador, más opresiva que nunca, y sólo entonces dio un giro a las cosas y nos salvó.

Desde todos los puntos de vista (demográfico, sociológico, cultural), era imposible que el pueblo judío sobreviviera en Egipto. Ellos eran una abatida minoría que no tenía ningún derecho ni estatus social. En el mejor de los casos deberían haber desaparecido lentamente, siendo absorbidos tanto física como culturalmente por la nación egipcia. Sin embargo, como atestigua la Torá, no sólo mantuvieron su identidad, sino que prosperaron y se multiplicaron.

Nuestra existencia es absolutamente milagrosa. Según la lógica no deberíamos estar aquí hoy en día. No deberíamos haber sobrevivido en Egipto y menos aún haber salido de allí en masa. Existimos exclusivamente gracias a la mano de Dios que nos guía. Somos un pueblo sobrenatural; no somos producto del mundo físico ni estamos limitados por él.

Luego de la redención de Egipto jamás podremos volver a vernos como un pueblo “normal”. No somos una nación como cualquier otra que casualmente fue bendecida con una porción extra de mandamientos, más bien somos un pueblo que en principio no tiene derecho a existir, y existimos sólo gracias a la mano de Dios que nos guía. Somos un pueblo especial, tenemos una misión Divina única que requiere una intervención Divina también única. Este es el mensaje eterno del Éxodo.

(Algunas ideas están basadas en una clase de Rav Berel Wein).