Al principio del Séder de Pésaj, señalamos a la matzá y decimos: “Este es el pan de nuestra aflicción”. Es el pan de la pobreza que comimos cuando éramos esclavos en Egipto. Y luego relatamos la historia del Éxodo.

Sin embargo, más adelante en el Séder, justo antes de que se sirva la cena, hacemos una pausa para destacar los tres alimentos que caracterizan el Séder: el sacrificio de Pésaj (que sólo comimos durante la época del Templo), la matzá y el maror (las hierbas amargas). Luego explicamos formalmente por qué está presente cada uno de ellos.

En el caso de la matzá, la respuesta debería ser obvia. Ya mencionamos que comemos matzá porque es el pan de la aflicción que comieron nuestros antepasados en Egipto. Pero no es lo que decimos en esta ocasión, sino que decimos que comemos matzá porque nuestra masa no tuvo tiempo para leudar antes de que Dios nos sacara rápidamente de Egipto. La matzá se transforma ante nuestros ojos del pan de la aflicción al pan de la salvación. ¡El símbolo de nuestra opresión y tristeza pasa a representar nuestro júbilo por ser liberados de la esclavitud egipcia!

¿Cómo manejamos este truco de transformación?

El viaje judío en el tiempo

Creo que la respuesta yace en el otro efecto de ciencia ficción de la noche: el viaje en el tiempo. En Pésaj, debemos vernos como si nosotros mismos estuviéramos abandonando Egipto. No sólo debemos recordar que nuestros antepasados dejaron Egipto, sino que debemos vernos a nosotros mismos como dejando Egipto. En el comienzo del Séder, debemos sentirnos como esclavos, mientras que para cuando se sirve la cena, debemos sentirnos como personas libres.

Vemos un ejemplo de esta forma de revivir la experiencia en la serie de Salmos conocida como Halel, que literalmente significa alabanza. En otras festividades, estos Salmos son dichos como Halel sólo durante el día, y usualmente en la sinagoga. La única excepción es la noche del Séder de Pésaj, en la que recitamos Halel en la noche, tanto en la sinagoga como en nuestro Séder.

La razón es obvia. Cuando recitamos el Halel en la sinagoga, recordamos el evento histórico, mientras que cuando recitamos Halel en el Séder estamos reviviendo nuestro propio Éxodo de Egipto.

Vive la historia

Al inicio del Séder decimos: “Fuimos esclavos en Egipto” en lugar de “Nuestros antepasados fueron esclavos en Egipto”. ¿Cuál es la diferencia? Una frase se refiere a una historia que le ocurrió a otra persona, mientras que la otra se refiere a un evento que le ocurre a uno mismo. Pésaj no es sólo un tiempo para recordar, sino para revivir. Así es como funciona nuestra máquina del tiempo.

Cuando nos tomamos el tiempo para revivir —más que repetir—, la Hagadá nos lleva de la esclavitud a la redención de tres formas separadas. Primero, relata la partida física: fuimos cautivos en Egipto y no podíamos salir. Segundo, recuerda la salvación espiritual: éramos idólatras en Egipto y Dios nos salvó y nos llevó en un camino de refinamiento espiritual. Y tercero está la madurez sicológica: hay expresiones de gratitud, donde cantamos canciones como Dayeinu que nos ayudan a desarrollar un sentimiento más profundo de gratitud, el cual es uno de los valores centrales del judaísmo pero sólo puede ser vivido por personas que son realmente libres.

En cada paso del camino, nuestra máquina del tiempo sólo funciona si desarrollamos nuestra conciencia personal de lo que estamos haciendo. Es muy fácil decir “los egipcios nos oprimieron”, sin grabarlo en nuestra memoria y alma. Pero cuando imaginamos las grandes dificultades de la vida en Egipto como una experiencia personal (una confesión: estoy seguro de que hubiera sobreactuado y un capataz egipcio me hubiera terminado matando, pero por el bien del Séder tengo que imaginarme viviendo hasta el final de la redención), cuando nos metemos en los eventos, entonces viajamos en el tiempo y —temporalmente— nos convertimos en esclavos a punto de ser liberados por primera vez. Y la matzá se trasforma del pan de la aflicción al pan de la salvación.

Así es como los judíos viajan en el tiempo en la noche del Séder. La matzá se transforma, pasando de ser un símbolo de opresión a un símbolo de libertad, acompañando nuestra evolución de esclavos a un pueblo libre.